Ese día sábado, Fred y George se levantaron muy temprano, tan temprano que aún estaba oscuro. Más temprano que sus compañeros de habitación. Bajaron a la sala común y no había casi nadie. Salvo una persona. Percy.
- ¿Qué haces aquí?- preguntó Fred, pero con un tono más alegre que el habitual de desafío que siempre empleaba con su hermano.
- Bueno pues, los estaba esperando- respondió Percy poniéndose de pie- este día ustedes siempre se levantan temprano, y esta vez quería ser yo, para variar, el primero que los viera despiertos y los saludara.
- ¿En serio? Me sorprendes Percy- dijo George asombrado- generalmente nos evitas...
- Para que vean...- dijo Percy- bueno pues... feliz cumpleaños Fred, George.
Y les dirigió una sonrisa, que viniendo de Percy era como decir "los quiero mucho"
- Gracias hermano- dijeron los gemelos con exagerada emoción y corrieron a abrazarlo, pero Percy se los sacó de encima de inmediato. No aprobaba esas muestras efusivas de cariño, y los gemelos lo sabían.
- Ah, y tomen, aquí están los regalos de la familia... mamá no estaba segura de enviarles algo, después de lo del bosque...- explicó Percy pasándoles unos paquetes-, pero como no se ha enterado de algo malo que hayan hecho últimamente- y les lanzó una mirada suspicaz-, decidió que sí.
Fred y George tomaron los regalos y las cartas que les pasaba su hermano y empezaron a abrirlos. El sol ya despuntaba en el horizonte y alumbraba poco a poco la sala común.
Los gemelos Weasley bajaron a desayunar mientras la sala común se iba llenando poco a poco de alumnos. Era día de salida a Hogsmeade.
- Lo que nos envió Bill no está nada mal- dijo Fred desenvolviendo un par de guantes de piel de dragón completamente nuevos. Eran muy prácticos, ya que los de ellos (que eran de segunda o tercera mano) estaban muy gastados, sucios y se les estaban haciendo algunos agujeros en los dedos.
- Y mira el regalo de mamá- dijo George mostrándole una caja mediana de Grageas de todos los sabores.
- Creo que aún no nos perdona del todo el que hayamos entrado al bosque- comentó Fred tomando una pastilla de color verde picante - generalmente nos regala una torta deliciosa o ranas de chocolate. No unos embelecos de sabores dudosos. Espero que sea menta...
Y se metió el dulce a la boca, pero lo escupió casi al instante poniendo cara de asco.
- Sabía a moco- dijo mirando a George que ya había tomado una gragea color amarillo fuerte y se la disponía a echársela a la boca, pero se detuvo a medio camino, la miró con desconfianza y la devolvió al paquete.
-Mejor no arriesgarse- murmuró.
- Eso no fue lo que le dijiste a Lee al entrar al bosque p*******o.
- Ah, bueno, es que ese era un riesgo que valía la pena.
Al llegar al comedor se dirigieron a la mesa de su casa y empezaron a desayunar. A los diez minutos entró Lee y se sentó junto a ellos.
- Feliz cumpleaños amigos- les dijo pasándole unas especies de hebras doradas a cada uno.
- ¿Qué es esto?- preguntaron a un tiempo los gemelos
- Es nuestro pasaporte al éxito- respondió Lee muy ufano.
Fred y George siguieron mirándolo con incertidumbre mientras se pasaban por los dedos aquellas hebras.
- No entiendo- dijo finalmente George.
- Esto amigos, es pelo de unicornio- explicó Lee- estuve investigando un poco. ¿Recuerdan cuando fuimos al bosque...
- Como olvidarlo- murmuraron los gemelos a un tiempo.
- ... y allí encontré unos cuantos pelos de unicornio?, bueno, un chico de tercero me vio con ellos un día y me contó que pagaban muy bien por estos cabellos dorados. Unos diez galleones cada uno.
- ¡Dios! Eso es mucho dinero- exclamó George.
- Aquí ya tenemos treinta galleons cada uno- dijo Fred- pero, ¿a quien se los vendemos?
- Allí está el problema- dijo Lee- solamente lo compran en lugares como el callejón diagon o el pueblo de Hogsmeade...
En ese momento su hermano Charlie se acercó y se sentó junto a ellos.
- Feliz cumpleaños chicos- les deseó entregándoles un paquete de bengalas del doctor Filibuster a cada uno- espero que lo pasen bien hoy. Bueno, me voy a Hogsmeade.
Y se puso de pie y salió junto a sus amigos.
- Claro que lo pasaremos bien- dijo Fred con una mirada maliciosa- muy bien...
Los gemelos se miraron con la misma mirada de anhelo. Tenían que volver a ir al pueblo. Era ahora o nunca.
Subieron rápidamente a la sala común. Ya no quedaba casi nadie en ella. Solo los alumnos de primero y segundo y algunos otros de sexto y séptimo. Los tres amigos subieron a su habitación y sacaron el mapa del merodeador del baúl de Fred.
- Lee, ¿te animas?- preguntó Fred.
- No, gracias, no quiero mermar su aventura- dijo el chico sonriéndoles- bueno, que les vaya bien.
- Gracias- respondieron los gemelos y salieron de la habitación.
Miraron el mapa y vieron que había siete pasadizos para salir del castillo. Decidieron elegir uno que estaba detrás de un espejo en el cuarto piso. Caminaron hasta llegar frente al espejo y esperaron a que no hubiera nadie y empujaron el espejo para abrirlo. No pasó nada.
- ¿Pero que demonios?- dijo Fred enojado.
- Tal vez está malo- sugirió George.
Fred volvió a mirar el mapa y vio que las manchitas que decían sus nombres tenían un letrerito al lado que decía "passuserum". Miró con extrañeza el mapa. Nunca habían visto que mostrara letreros. George fue más perspicaz y sacó la varita del bolsillo y tocando el espejo dijo "passuserum". Algo muy extraño pasó. El espejo dejó de reflejar en forma clara y ahora parecía agua movida por el viento. Los gemelos miraron el espejo con incertidumbre y Fred estiró la mano para tocar el vidrio... pero no había virio. Era como agua fría que no mojaba, y la mano pasó de largo al otro lado del espejo.
Fred pasó también el brazo y luego el resto del cuerpo. La sensación era como si le cayera un balde de agua fría. Era la misma sensación de cuando los fantasmas del castillo accidentalmente te atravesaban. George pasó inmediatamente después de su hermano y se sacudió al otro lado.
- Que pasadizo más curioso- comentó George mirando a sus espaldas y ver que el espejo volvía a hacerse corpóreo, pero se podía ver a través de él, como si fuera simple vidrio.
- Quizás hasta que parte del pueblo nos lleve- dijo Fred mirando hacia el frente, a unas escaleras oscuras que bajaban hacia la oscuridad.
Caminaron unos cuarenta y cinco minutos hasta que llegaron al final del pasadizo. Allí había una pequeña puerta. La cruzaron y llegaron a un cobertizo lleno de bolsas de las cuales salía un peculiar aroma. Al salir del cobertizo abrieron lentamente la puerta y cuando no hubo nadie que los notara salieron del mostrador. Era un emporio de lechuzas.
- Mira George, tus alados amigos- dijo Fred alegremente a su gemelo, que le sonrió sarcásticamente.
- Vamos a ver donde podemos vender estos pelos de unicornio mejor- susurró George y salieron del emporio y se encaminaron por Hogsmeade.
Llegaron al final del pueblo y entraron en un bar llamado "cabeza de puerco". Era un lugar muy lúgubre, con unas cuantas personas bastante tétricas. Había un hombre cubierto con una capucha negra bebiendo de un vaso un líquido rojo. Había otra bruja comiendo hígado crudo y un par de personas hablando en secreto en un rincón.
Los gemelos se acercaron tímidamente al mostrador para hablar con el tabernero.
- Buenos días- dijo Fred- ehh... venimos a vender... unos cabellos de unicornio.
El tabernero los miró con sospecha y luego llamó a la bruja que estaba comiendo el hígado crudo.
- Señorita, estos jóvenes tienen algo que podría interesarle- dijo el tabernero.
La bruja miró a los gemelos y ellos le mostraron los cabellos. La mujer se acercó y sonrió. Tenía los dientes horriblemente amarillos y desiguales. Tomó los seis cabellos, les pasó una bolsa de cuero y se fue del local. Todo pasó tan rápido que los chicos apenas si alcanzaron a reaccionar. Luego ellos también salieron de allí y abrieron la bolsa. Había más monedas de oro de las que jamás hubieran visto. George guardó la bolsa y se encaminaron a Zonco, pero al asomarse a la vitrina vieron que Charlie estaba allí, a si que no les quedó mas remedio que devolverse al castillo.
Eran ya las tres de la tarde cuando llegaron a la sala común y le contaron a Lee lo sucedido. Mientras estaban junto al fuego imaginándose en que podrían gastar esos galleons, llegó Angelina.
- Feliz cumpleaños Fred- dijo poniéndose muy colorada y al instante subió a su habitación.
Fred y Lee la miraron con extrañeza y George con tristeza.
- ¿Por qué te saludó solo a ti?- inquirió George dolido.
- Tal vez no se acordó que también era tu cumpleaños.- lo consoló Fred.
- Pero como no se va a acordar... ¡si es igual que el tuyo!
- Bueno... ehh...- Fred no sabía que decir.
George se encogió de hombros y se quedó mirando el fuego con una extraña expresión en la cara.