Las clases fueron poco a poco siendo más entretenidas a partir de octubre, pues, por lo menos ahora ya no tenían que escribir tanta teoría y podían usar las varitas para ensayar sus primeros hechizos. En encantamientos ya les habían hecho aprender el “wingardium leviosa”, y los gemelos lograron levantar la pluma correspondiente tan solo en el primer intento, haciendo que el pequeño profesor Flitwick casi se ahogara de la emoción (por supuesto, él no sabía que los gemelos habían estado practicando ese encantamiento desde hacía semanas).
En transformaciones, la profesora McGonagall, luego de haberles hecho anotar un montón de fórmulas durante septiembre, ahora les pasaba pequeños objetos para que los transformaran según lo que habían aprendido. Historia de la Magia era la asignatura más aburrida de todas. El profesor Binns (que era un fantasma), era tan monótono en sus clases que hasta las más sangrientas peleas de duendes eran como oír la narración de un juego de ajedrez especialmente poco emocionante. Y aunque en todas las asignaturas les daban muchos deberes, Fred y George siempre se daban alguna noche del fin de semana para hacer sus expediciones nocturnas.
Solo una vez los encontró Filch, el celador, quien los llevó a su oficina sermoneándolos y amenazándolos con el habitual castigo de descuartización, que supuestamente se hacía en Hogwarts en tiempos antiguos. Al llegar a la oficina, los gemelos vieron un archivo que decía “confiscado y altamente peligroso”, y no aguantaron la tentación de saber lo que había allí, porque probablemente sería algo realmente emocionante. Estuvieron pensando todo el mes como poder entrar en la oficina y sacar lo que sea que hubiese allí sin ser descubiertos.
-Tendrían que dejar que los castigaran para llegar allí- les comentó Lee la mañana de Halloween mientras estaban sentados en la sala común.
- Sí bueno, la cuestión es cómo nos quitamos a Filch de encima en su oficina. Nos vigila ¿sabes?, no nos deja estar a solas con los objetos peligrosos- dijo George haciendo una mueca.
- Si tan solo pudiéramos distraerlo con algo… si tuviéramos bombas de olor o algo así- continuó Fred, y al instante se le iluminó la cara- bombas de olor- repitió, se paró de la butaca y salió corriendo a los dormitorios.
- Pero ¿qué dem…?- empezó a decir George, que no alcanzó a terminar la frase cuando comprendió y salió tras su hermano dejando solo a su desconcertado amigo. Luego de unos pocos minutos los gemelos bajaron riendo por lo bajo.
- ¿Qué van a hacer ahora?- les preguntó Lee, que ya los conocía demasiado para saber que algo tramaban los hermanos.
- Vamos a bajar por la estatua camino a Hogsmeade- del susurró Fred, pues habían oído a un chico de cuarto hablar de una tienda de bromas en ese lugar, y comprendieron que era allí donde los había llevado el túnel.
- ¿Y si Filch los atrapa?- dijo Lee también en susurro, realmente preocupado por la loca idea de sus amigos.
- Bueno, todo tiene su riesgo ¿no? Así es más divertido- contestó George- vamos Lee, es ahora o nunca. Tenemos que aprovechar la salida de los mayores. Como hoy se fueron al pueblo…
- Así que, joven Jordan – dijo Fred imitando admirablemente a Percy- tú nos cubrirás las espaldas.
- Está bien- respondió el chico de mala gana- ¡pero me traen algo!- dijo pasándoles unas monedas a escondidas.
- Claro compañero- respondieron los gemelos y salieron por el retrato. A penas habían caminado unos cuantos pasos cuando en el pasillo se encontraron a Percy.
- ¿Qué hacen?- les preguntó su hermano mayor, conociendo esas sonrisas malvadas.
- Nada, pasear por aquí- respondió inocentemente Fred.
- Si los pillan da nuevo mamá los castigará- los amenazó Percy.
- ¿Qué crees que somos? ¿Delincuentes acaso?- dijo George desafiante.
- No, solo les advierto…
- Está bien Percy, ya nos lo dijiste- lo cortó Fred dándole palmaditas en el hombro- además, si hiciéramos algo, ¿en qué te afectaría?
A Percy se le colocaron las orejas rojas y, farfullando cosas inaudibles, se fue dejando a sus hermanos riendo a sus espaldas.
- Bueno, ahora, a lo nuestro- dijo Fred a su gemelo- no perdamos tiempo.
Y los dos chicos bajaron corriendo las escaleras, esquivando a Peeves el polstergeit que estaba lanzándoles bombitas de agua a los incautos alumnos que pasaban por allí, mojándolos de pies a cabeza. Por suerte no había muchos alumnos ese día ya que los de tercero en adelante habían salido a visitar el pueblo de Hogsmeade.
Al llegar junto a la estatua, se encontraron frente a frente con la señora Norris, la gata de Filch. Ella los miró con sus amarillos ojos y salió corriendo. Los muchachos se miraron alarmados, ya que sabían que tenían poco tiempo para pasar por la estatua. Le hicieron cosquillas a Gregory, que comenzó a reírse hasta dejar abierto el pasadizo por el cual los gemelos pasaron y que se cerró justo cuando ya empezaban a oír los pasos del celador acercándose al lugar. Encendieron sus varitas y comenzaron a caminar.
-Uff, por poco –susurró George.
-Esa gata me molesta casi tanto como el mismo Filch –se quejó Fred- podría ser más discreta o como un gato normal. Pero no, actúa como una alarma la muy…
-¿Y qué compraremos en la tienda? –lo interrumpió George.
-Bueno, bombas de olor, obviamente. Quizás algunos fuegos artificiales.
-Oh, sería genial.
-De todas formas, debe haber tantas cosas que ni siquiera nos imaginamos.
Luego de más o menos una hora caminando, salieron por el orificio del espejo y llegaron al sótano. Se dieron cuenta de que era un bar abarrotado de gente, y frente a ellos estaba la maravillosa tienda de artículos para travesura. Esperaron a que nadie se fijara en ellos, salieron y cruzaron la calle con las cabezas gachas. La tienda de chascos se llamaba “Zonco”.
Los gemelos entraron a la tienda y se quedaron extasiados ante tanta maravilla. Lo que habían visto en el mostrador en su primera semana no era nada comparado con la tienda por dentro. Había de todo lo imaginable, y también lo inimaginable.
- Esto es… maravilloso- comentó George.
- Si el cielo fuera así, me moriría ahora mismo- dijo Fred mirando todo con ojos brillantes.
Había muchos alumnos de Hogwarts, pero por suerte, nadie reparó en ellos, aunque gracias a sus cabellos rojos no pasaban para nada desapercibidos. George sacó de su túnica un par de gorros. SU gemelo lo miró sorprendido. No se le había ocurrido esconderse con algo tan simple con un gorro, así que lo recibió y se lo colocó, tapando toda su cabellera. Fred y George recorrieron hasta el más recóndito rincón de la tienda devorándolo todo con los ojos. Finalmente fueron al mostrador.
- Buenos días- dijo cordialmente el mago que atendía- en qué puedo ayudarlos.
- Queremos comprar tres bombas de olor y… cuatro bengalas del doctor Filibuster- dijo Fred sin poder aguantar la tentación.
- Aquí tienen, son seis galleons- dijo el mago pasándoles los artículos. Fred y George se miraron, le dieron la espalda y comenzaron a contar el dinero. Afortunadamente les alcanzaba y hasta les sobraban un par de knuts.
- Aquí tiene- dijo Fred pasándole las monedas. El vendedor los miró y puso atención por primera vez en ellos. Los miró de arriba abajo y puso cara de extrañeza.
- ¿Ustedes son de tercero?- preguntó suspicaz.
- Oh, como cree, claro que sí- respondió George.
- Si no, no estaríamos aquí- continuó Fred.
- Bueno, es que son algo pequeños ¿no? Se ven mucho más jóvenes- exclamó el vendedor.
- Sí, siempre nos molestan por eso- dijo Fred tomando las cosas compradas- bueno, adiós.
- Y gracias- agregó George. Y salieron rápidamente de la tienda sin mirar atrás.
- Uy, por poco- dijo Fred aliviado.
Sin embargo, al llegar a la calle se encontraron con un peligro que no habían considerado. Era el día de salida de todos los alumnos de tercero para arriba, y Percy estaba junto a Charlie, que parecía que los había divisado. Los gemelos palidecieron. Una cosa era quebrantar las reglas del colegio pero otra muy diferente era ya directamente salir del colegio. Y si Percy los veía…sería una pesadilla.
- Vamos, rápido, entremos al bar- dijo Fred apuntando a Las tres escobas, donde estaba el pasadizo secreto a Hogwarts. Entraron sigilosamente esperando que sus hermanos no los viera. Afortunadamente Percy y Charlie pasaron de largo sin siquiera asomarse por el bar. Los gemelos lanzaron un suspiro de alivio.
- De la que nos salvamos- dijo Fred.
- Mejor vámonos rápido antes de que alguien más nos vea- dijo George, pero al asomarse por la puerta vieron acercarse a McGonagall, la jefa de la casa de Gryffindor junto a Dumbledore, el director.
- Esto es una pesadilla- murmuró Fred. Y se escondieron bajo una mesa junto a un par de alumnos que estaban mirándose tan embelesadamente que ni siquiera sintieron su presencia.
Los profesores pasaron, pero los pies de McGonagall se detuvieron y se giraron justo donde estaban ellos. Iban a sentarse en esa mesa. El alma se les cayó a los pies.
- Profesora, aquí hay un mejor lugar- oyeron que decía Dumbledore y los pies de McGonagall se alejaron. Los gemelos se asomaron por debajo de la mesa y vieron que ambos profesores estaban de espalda, y salieron apresuradamente antes de que alguien pudiera reconocerlos. Entraron rápidamente al sótano, corrieron el espejo (cerciorándose de que no hubiese nadie mirándolos) y atravesaron el pasadizo.
***
- Mira lo que hemos comprado- le dijeron los gemelos a Lee mostrándole las bombas de olor y las bengalas cuando al fin llegaron sanos y salvos a la sala común.
- Guau, realmente salieron, ¿y cómo les fue?- quiso saber su amigo.
- Oh, no muy mal…
- Bueno, tuvimos algunos problemas…
- Nos encontramos a Percy…
- Y a McGonagall…
-¡No!- exclamó Lee
- Y también a Dumbledore- agregó Fred- pero aparte de eso, estuvo bien tranquilo.
Y los tres chicos se rieron.