Ya había pasado una semana desde el inicio de las clases, y los gemelos junto a Lee ya conocían a todos los profesores y se habían familiarizado con todas las clases, no eran tan terribles ni difíciles como habían escuchado decir a sus hermanos. Lo malo era que tenían que aprenderse un montón de cosas relacionadas con magia, pero las cuales no incluían utilizar la varita haciendo magia. “Es un timo”- había dicho uno de los gemelos- “¿cómo vamos a aprender magia? ¡Si no nos dejan hacer magia!”
Pero aparte de eso todas las clases eran pasables. Todas menos pociones.
- Es un viejo amargado- dijo Fred al salir de la clase, luego de que Snape, el profesor de pociones, le hubiese castigado un mes y le hubiese quitado cinco puntos a Gryffindor por haber tirado "accidentalmente" una cabeza de escarabajo a un chico de Slytherin que lo estaba molestando.
- No te preocupes, ya veremos la manera de vengarnos- lo consoló su hermano.
- Hoy también se van a quedar en la biblioteca ¿no?- les preguntó Lee.
- Sí, tenemos tanto que aprender- respondió Fred con un suspiro.
Y es que en esos días los gemelos iban a la biblioteca a buscar libros de hechizos más o menos fáciles para aprenderlos y poder recorrer el castillo de noche sin temer que los descubrieran o perderse en la oscuridad. Ya habían avanzado bastante más que sus otros compañeros, y sabían unos cuantos hechizos infalibles a la hora de romper las reglas (como "lumos", para encender las varitas, "nox" para apagarlas, "wingardium leviosa" para hacer volar objetos, y "alohomora" para abrir puertas). No era tan difícil para ellos hacer propios esos hechizos ya que, al vivir en una casa de magos, ya estaban acostumbrados a esas palabras y a la magia en general.
- Pero ya han aprendido algo ¿no?- volvió a inquirir Lee.
- Oh, lo suficiente para salir este sábado en la noche- respondió George guiñándole un ojo.
- Si quieres, puedes venir con nosotros amigo- le dijo Fred, pero Lee negó con la cabeza. Y es que el muchacho era travieso, pero no tanto para romper tantas reglas de colegio temiendo que lo pudieran expulsar.
- Está bien, tú te lo pierdes- respondieron los hermanos a un tiempo. Y siguieron caminando hacia la clase de defensa contra las artes oscuras.
Ese sábado, Fred y George se fueron temprano a acostar para no levantar muchas sospechas, pero no se pusieron los pijamas y se acostaron vestidos fingiendo dormir.
Ya a la media noche, Fred abrió los ojos y miró a su hermano, que estaba igual de despierto que él. Con mucho cuidado salieron de sus camas, intentando no hacer ningún ruido que despertara a sus compañeros. Bajaron la escalera y vieron, con alegría, que la sala común estaba vacía, continuaron caminando despacio con sus varitas en mano y salieron por el retrato hacia el oscuro colegio. La dama gorda apenas se despertó para dejarlos pasar, pero no hizo ninguna pregunta y volvió a cerrar los ojos.
- Lumos - dijo Fred y de su varita salió una pequeña luz. Los gemelos estaban animados, ya era hora de la acción. Se aventuraron a recorrer el pasillo, y bajaron un par de escaleras y doblaron por otro pasillo, vieron un montón de lugares que nunca habían pisado, y seguían bajando pisos, y a la sexta escalera que bajaron se le ocurrió moverse. Fred se afirmó de la baranda, pero George perdió el equilibrio y rodó escaleras abajo, y al llegar al suelo se puso a temblar. Su hermano se asustó mucho y bajó corriendo las escaleras cuando estas dejaron de moverse, pero al llegar junto a George vio que temblaba pues se estaba aguantando la risa. Fred se tranquilizó y se rió junto a él, pero al momento tuvieron que callarse pues sus carcajadas rebotaban por todo el pasillo haciendo mucho eco, y así los podrían descubrir fácilmente. Fred le tendió la mano a George para ayudarlo a ponerse de pie y vieron el lugar donde habían caído.
- Mira, ¿y esa estatua?- dijo Fred en voz baja señalando una de un hombre jorobado.
- No lo sé. Acerquémonos- contestó George. Y al acercarse vieron que debajo de ésta decía "Gregory el jorobado"
- ¿Gregory el jorobado? ¿No es ese de quien nos estuvo hablando Binns ayer por la tarde?- dijo Fred y su hermano lo miró arqueando las cejas
- ¿Estabas prestando atención? Dios, no queremos otro Percy en la familia...- le dijo George burlescamente.
- Oh vamos, no es que estuviera estudiando, pero, ya sabes, a veces se me va la onda y, bueno, escucho... cosas -trató de disculparse Fred, pero se le enredó la lengua.
- Sí, claro
- Bueno, Binns decía que era cosquilloso o algo así. Veamos si a esta estatua le pasa algo.
- ¿Haciéndole cosquillas? Bueno, si el estudioso lo dice...
Y George se acercó y empezó a hacerle cosquillas a la estatua. Esta se rió y se movió a un costado, dando pie a un pasadizo. Los gemelos se miraron, asintieron con la cabeza y con el corazón palpitándoles muy fuerte, bajaron por el agujero mientras la estatua se cerraba tras ellos. Caminaron un buen tiempo, y luego de una media hora salieron por un agujero que había tras un espejo, en un sótano. Al subir se dieron cuenta que estaban en una especie de tienda, muy lejos del colegio, pero con la oscuridad no veían muy bien. Sin embargo algo les llamó la atención. Frente el vidrio del mostrador, en la tienda de enfrente, había todo lo que habían deseado en sus más alocados sueños: fuegos artificiales, bromas, cosas que brillaban o saltaban. Se quedaron allí un buen rato admirando con las manos pegadas al vidrio, pero tuvieron que volver.
Al llegar nuevamente al colegio, consideraron que la noche aún era joven para seguir investigando algo más de su colegio, y caminaron hasta llegar a la escalera de mármol que daba al vestíbulo. Al final de la escalera doblaron a la izquierda. Luego siguieron por otro tramo de la escalera que desembocaba a un amplio corredor de piedra. Lleno de antorchas que, por ser de noche, ya estaban apagadas.
- Snape podría tener su mazmorra aquí- dijo Fred- es menos sombrío.
- Ja, pero si estuviera aquí se podría derretir- dijo George- aunque eso sería fascinante.
Al dirigir su varita a las paredes Fred vio que estaba decorado con alegres pinturas, siendo la mayoría de ellas de deliciosos alimentos.
- Cielos, mira que cuadro tan enorme- dijo Fred deteniéndose a mirar uno de un frutero de plata. George se acercó y se dio cuenta que estaba un poco sucia.
- Mira, tiene como algo pegado- Le dijo a su hermano mientras rascaba con el dedo sobre el dibujo de la pera. Al instante oyeron risas contenidas y se dieron cuenta de que venía de la pera. Los gemelos se sonrieron y George comenzó a hacerle cosquillas a la pera y esta se retorció para luego convertirse en una manija verde. Los hermanos se miraron y Fred estiró temblorosamente el brazo, accionó la manija y la puerta se abrió.
-Guau- dijeron a un tiempo. Era una sala enorme con el techo muy alto, tan grande como el gran salón que había encima, llena de ollas y sartenes por todos lados. También había cuatro largas mesas donde, en el gran salón estaban las mesas de las casas. Pero lo que más les impresionó fue ver a unas cien pequeñas criaturas que dirigían a ellos sus enormes ojos. Eran elfos domésticos.
- Er... hola, yo soy Fred Weasley y este es mi hermano George- dijo Fred- y somos de Gryffindor.
Los elfos empezaron a hacer reverencias, lo cual era una suerte pues los gemelos no sabían cómo enfrentarse a tantas criaturas mágicas y en sus mentes se habían preparado para salir arrancando, porque pelear estaba fuera de sus posibilidades.
- ¿Desean los señores Weasley una taza de té?- dijo uno de los elfos que tenían más cerca.
- Bueno- dijeron al unísono y unos siete elfos llegaron prácticamente al instante, trayendo una bandeja grande con dos tazas, una tetera, una lecherita y un plato de galletas. Los gemelos estaban sin habla de la emoción, y aceptaron sonrientes lo que les ofrecían.
- No tenía idea de que aquí hubiese tantos de ustedes- dijo George a un elfo mientras comía una deliciosa galleta de limón.
- Hacer el trabajo sin ser notados. Eso diferencia a un buen elfo doméstico- le respondió el elfo con su voz chillona.
Los gemelos se miraron y se rieron. Después de terminar el té con leche y las galletas, los elfos insistían en darles más comida. Fred le preguntó si les podían dar algo para el camino y los elfos hicieron otra reverencia y le llenaron los brazos de pastelillos y dulces.
- Muchas gracias, hemos tenido un excelente servicio- dijo George a los elfos cuando ya salía por la puerta. Los elfos sonrieron abiertamente y les dedicaron exageradas reverencias.
Cuando salieron de las cocinas, se despidieron de los elfos domésticos diciéndoles que volverían a visitarlos alguna otra noche.
La primera inspección de los gemelos al castillo había sido excelente. Quizás cuantas cosas más podían descubrir si seguían recorriendo Hogwarts por las noches.
- ¿Te fijaste que los dos lugares que descubrimos entramos porque las cosas se reían?- decía alegremente George comiendo galletas.
Al salir nuevamente al pasillo Fred vio que ya eran las tres de la madrugada. George encendió su varita. Ya tenían los ojos cansados y les costaba enfocar bien las cosas. Tardaron un buen rato en recordar cómo llegar a su sala común. El castillo era realmente grande y a esa hora, medio adormilados y con todo a oscuras, era difícil orientarse. Ya les faltaban solo tres pisos y oyeron unos pasos que se acercaban. Los gemelos se miraron. George apagó su varita y se escondieron tras una armadura, agachados y bien callados vieron que Snape pasaba frente a ellos. Fred tuvo la tentación de tirarle un pastelillo pero su hermano le sujetó el brazo y lo miró enojado a los ojos. No querían meterse en líos. No por lo menos la primera semana. El profesor pasó de largo, aparentemente sin darse cuenta que dos alumnos estaban fuera de sus camas en un horario no apto. Esperaron a que sus pasos se dejaran de oír y los gemelos salieron de su escondite.
- Uy, por poco- susurró George- pero que estaba haciendo Snape a esta hora.
- Oh, ya sabes- le respondió Fred- cosas malignas.
Se rieron silenciosamente y se encaminaron a la sala común. Al llegar frente al retrato, la dama gorda estaba dormida y eso era un problema que los gemelos no habían tomado en cuenta. ¿Qué tal si al despertarla se enojara tanto que no los dejara pasar? ¿O si los acusaba con el director? Era un dilema.
Se quedaron pensando un rato hasta que Fred decidió despertarla, ya asumirían las consecuencias. Acercó la varita de su hermano a la cara de la mujer y esta despertó perezosamente.
- Contraseña- dijo adormilada.
- Accidentes- dijo George con temor, pero la dama gorda los dejó pasar, dando un gran bostezo y volviendo a cerrar los ojos. Ni se dio cuenta de quien pasaba a esas horas por el retrato.
Los gemelos se miraron alegremente no pudiendo creer la suerte que habían tenido esa noche. Subieron a su dormitorio y dejaron los dulces sobre la cama de George y muy silenciosamente fueron a despertar a Lee.
-¿Eh, qué pasa? –dijo su amigo abriendo los ojos y enfocando la mirada.
-Mira todo lo que hemos traído –dijo George mostrándole toda la comida. Lee despertó por completo y se saboreó viendo tan deliciosos dules.
-¿De dónde los sacaron? –preguntó el chico tomando uno de los bollos rellenos de crema.
-Nos los dieron los elfos domésticos- respondió Fred.
Lee los miró con asombro mientras los gemelos se rieron por lo bajo.
No podían esperar a contarle sus aventuras de aquella noche.