LIAM La puerta se cerró con un golpe seco. El café goteaba sobre el borde del escritorio, oscureciendo lentamente la madera como una mancha que no se iría fácil. Me quedé inmóvil, mirando el desastre. Y no hablo solo del café. Sentí la rabia subir desde el estómago, caliente, cruda, irracional. Y al mismo tiempo, sí… había algo más. Una chispa maldita que no debía estar ahí. Excitación. Maldita mujer. Estaba por levantarme para ir tras ella, exigirle una disculpa o tal vez lanzarle algo igual de hiriente, cuando mi teléfono vibró con insistencia. El nombre de Lorena apareció en la pantalla. —¿Qué? —respondí, aún con el eco de la confrontación en el pecho. —Baja a Recursos Humanos. Ahora. El equipo técnico acaba de declararse en huelga. Sentí cómo se me apretaba la mandíbula. —Mierd

