Capitulo XIV

813 Words
Al día siguiente, Teresa percibía todo muy cambiado, tanto interna cómo externamente. Sus heridas estaban casi recuperadas totalmente. Al librarse de las amplias hojas, sentía que volvía a nacer, como si saliera del vientre de su madre; una energía curativa fluía a través de las hojas, mismas que le ayudaron a restablecerse de un modo más inmediato. Vagó por la apartada isla y no halló a Uriel. Cerca del anochecer Teresa temió por su vida, puesto que la temperatura del ambiente era muy baja; pero corrió con suerte, dado que Uriel se manifestó montado en la gran ballena. —Vamos, súbete antes de que la temperatura descienda aún más—Teresa estaba maravillada, Uriel aparentaba usar las redes -atadas a la ballena- para guiár el movimiento y equilibrio del animal. —Pero ¿A dónde iremos? estoy segura que a ese pueblo sanguinario no aspiras regresar—Dijo la chica bastante indecisa. —Entonces partamos juntos a donde nadie nos conozca. —Y nosotros no conocer a nadie—Añadió Teresa. —Si Teresita. Teresa trepó sobre la espalda del gran cetáceo. El mar estaba muy agitado, como si se avecinara una gran tormenta. Cerca de las 7:17 horas, la ballena fue embestida por una manada de orcas, que exhibían comportamientos agresivos y autodestructivos como ataques, mordiscos y empujones. —¡No puede ser! un ataque mortífero de las orcas o un desacierto de la ballena nos va a costar la vida, si no sucumbimos por sus violentos arremetimientos, se provocará un naufragio en el que moriremos de hipotermia—Dijo Uriel muy alarmado, dado que la temperatura del aire estimaba unos 4.1 °C—Lo que sé es que la temperatura del agua suele ser inferior a la del viento, de modo que ruega a La Providencia por nuestras vidas. Teresa no expresó nada acerca de una pesadilla que tuvo antes de que Uriel reapareciera en la isla. En el sueño, unos demonios se mofaban de ella sacándole la lengua, le mostraron que en el mar moraban numerosas entidades oscuras y misteriosas. Los humanos siempre habían desestimado las señales que manifestaban estos seres, como comportamientos anómalos. Dado que dichas señales son más evidentes para personas psíquicas, videntes o para los mismos cetáceos. Las orcas proseguían embistiendo al mamífero marino, mordían y sujetan sus aletas y su cola para reducir su movilidad y velocidad. La gran ballena se desplazaba empleando el extremo de su capacidad, aunque las orcas eran más ágiles. —¿Que ocurre gran ballena? ¿Por que, si los seres cetáceos son tan evolucionados, nos atosigan de esta manera? La ballena no expresaba nada, después de un momento respondió: —¿Que significa esto? Esos seres no son las orcas comunes que yo conozco—La ballena, por medio de su visión interna percibía el alma impurificada de las orcas. Uriel ejecutó maniobras con las redes de pesca, que obligó a la ballena a impulsar la mitad de su cuerpo fuera del agua, que destripó a un gran número de orcas. Pero las orcas incrementaron su velocidad, en comparación con el misticeto, que había agotado la mayoría de sus fuerzas. La ballena ejecutó más saltos, aún con la gran cantidad de energía requerida, pero las orcas rápidamente aprendieron del truco y eludieron sus ataques. —Uriel ¡baja de una buena vez!—Le gritó una orca, su voz tenía un tinte maligno, al menos así lo percibió Uriel. La comunicación entre los seres cetáceos sólo era escuchada por Uriel, Teresa no percibía nada. —Esto es personal, Uriel, ellos vienen por ti—Dijo sobresaltada la gran ballena. —Escucha, no nos dejarán en paz hasta conseguir su cometido. Sospecho que la ballena no llegará a suelo firme si los ataques prosiguen—Le dijo Uriel a Teresa. —¿Que hacemos Uriel? —Voy a ofrecerme como carnada. —No hagas eso por favor—Dijo angustiada Teresa. —Es a mí a quién quieren, entiéndelo—Le explicó Uriel y, antes de que le diera -a ella- tiempo de reaccionar, se precipitó sobre el agua. La generalidad de orcas se dirigieron hacia el cuerpo del muchacho, dándo el mismo grandes gritos de desesperación, como si se lo estuvieran comiendo. —¡Nooo! Regresa, ¡vamos, dá la vuelta! repito: ¡dá la vuelta!—Le ordenó Teresa al gran cetáceo. Al maniobrar las redes adheridas a las extremidades de la ballena, la hizo nadar en dirección a donde se arrojó su compañero, mas no lo halló. Las orcas se habían zambullido junto con él. Teresa radicaba encima del animal, en exceso lacerado. Teresa estimó que, con total seguridad, le restaban escasos minutos de vida a la ballena, por causa de los mortales ataques de las orcas. También intuyó que los odontocetos querían apoderarse de Uriel, porque una vez lo atraparon, la manada de orcas se esfumó.
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