Aquella mañana, Beatriz despertó un tanto inquieta, por la mala calidad de sueño que tuvo, no descifraba exactamente en qué vivienda se encontraba. Se percató que había dormido en la habitación de Uriel. Como en aquella residencia las tres habitaciones del dormitorio, la sala y la cocina estaban juntas, apenas diferenciadas por unos sofás estratégicamente colocados, Beatriz dirigió la vista a Clara; y Agustín, padre de Uriel, en una habitación contigua a la suya.
No quiso levantar sospechas de que estaba despierta, así que fingió estar dormida. Ellos ignoraban que ella se encontrara allí.
Clara estaba encima de su marido, moviéndose -de cuclillas- hacia arriba y hacia abajo y hacia los lados, mientras Agustín permanecía tumbado boca arriba, observando su desnudo cuerpo femenino. Beatriz percibía el jadear de ambos y experimentó mucha vergüenza. Se deslizó por el suelo, arrástrandose, para evitar ser escuchada.
Como un gato sigiloso, huyó silenciosamente. Como los gemidos de Clara se incrementaron, apenas se escuchó el ruido de la puerta al ser cerrada. Ella apreció los cuerpos desnudos desde la ventana de afuera y sintió una mezcla de perturbación, miedo, curiosidad y vergüenza.
El aire de la residencia físicamente se percibía viciado, denso. A lo mejor, por esa razón los progenitores de Uriel decidieron tener intimidad, para liberar energía acumulada.
igualmente se sentía Beatriz, como si llevara el peso de las preocupaciones y memorias de Uriel sobre las espaldas, de ahí dedujo que no volvería a dormir en el cuarto del desaparecido.
El padre de Uriel, aún con todas las pistas reunidas por los detectives de la
desaparición de su hijo, no localizaron ni tan siquiera la isla misteriosa donde se radicó aquel único día. Su consuelo -durante este período- fue pasar largas horas de caminata apreciando el mar. Este espectáculo parecía traspasar sus emociones. Así como su primogénito, advertía que el mar lo purificaba. En varias ocasiones, amedrentado por las mareas, clamaba al mar que le devolviera a su hijo.
Una vez, el mar se mostró tan majestuoso y omnipotente, que consideró que, si el mar había engullido y ahogado a su joven hijo, lo respetaría. Reclamarle era como pedirle motivos a los agujeros negros¹ por devorar estrellas, o exigirle al sol su derecho a brillar. Un día intentó suicidarse dejándose arrastrar por la marea, pero un rescatista cercano lo socorrió enseguida.
—No sirvo ni para irme de esta vida—Dijo entre sollozos. Esto, antes que pena, le dió mucha gracia al rescatista, que había empleado una considerable cantidad de energía para rescatar a alguien que apenas valoraba su existencia.
Después de este suceso, Clara lo obligó a
quedarse en casa de Uriel, y no salir ni para realizar labores cotidianas como hacer compras o realizar retiros bancarios. Era un veterano de guerra soviético que recibía pensiones del gobierno.
—Eres un maldito egoísta ¿y yo? inconsciente, piensa— le dijo su esposa.
Las palabras de Clara eran tan iracundas, que Agustín le dijo que prefería haberse ahogado antes que escuchar sus gritos.
La madre de Uriel abofeteó tan precipitadamente su rostro, que por poco se fractura la muñeca.
Agustín sólo permaneció en silencio.
—¿Que piensas mi amor? ¿Todavía estás enfadado conmigo?—Preguntó luego la mamá de Uriel, como una cría que necesita ser regañada por su conducta, algo exagerada.
—No me sucede nada negra.
Como su mirada denotaba evocar recuerdos, le preguntó Clara:
—¿La miseria por la pérdida de nuestro hijo excede las consecuencias psicológicas de la guerra?
Después de demorarse como un minuto y medio para bajar al plano de la realidad, Agustín contestó:
—No hay punto de comparación, entiende esto; los prisioneros de guerra éramos especialmente despreciados y deshumanizados, fue bárbaro, bastante más allá del trato dado a los judíos en general—Al mencionar esto, Agustín rememoraba el grado de b********d vivido durante la Segunda Guerra Mundial—No sabría explicarte en que medida me afecta lo que se vivió...Fue vivir el infierno en la tierra
Clara le dijo:
—Nuestro hijo, según escasos testimonios que recopilé, fue un héroe, algo de tí heredó. Pero buena parte de la multitud lo detestaba y lo condenaban por haber perpetrado un g*******o.
—Otra gran lección que asimilé durante el conflicto bélico es que los nominados héroes durante la guerra, en ocasiones son monstruos. Algo parecido pasa con este pueblo, basta con que se enuncie lo contrario a lo que la gente cree, para que nuestro primogénito sea considerado inocente, sino mira el caso de Jesucristo, en su época lo crucificaron ¡y ahora medio mundo lo adora, como si fuera Dios!
—Nuestro hijo, si llega a aparecer, es preciso que lo llevemos -a larga distancia- de este odioso pueblo, porque no estoy segura de si será bien recibido.
—Aún asumiendo que sea inocente.
—¿¡Que dices!? ¿¡Acaso dudas que nuestro hijo sea inocente!?—Exclamó Clara algo alterada por la frialdad que tenía su marido para expresarse de su hijo.
—Negra, todo depende de quien cuenta la historia. Si somos objetivos, en aquella guerra pasada, tanto judíos como soviéticos o estadounidenses eran, conjuntamente, vencedores y vencidos, porque en la guerra nadie gana y nadie pierde. Todos los bandos realizan actos abominables, y en todos se pierden vidas.
En el transcurso de esta difícil prueba, ambos se volvieron más cercanos. Ocasionalmente, Clara era despertada por un canto de ballena misterioso, o soñaba encontrarse en un ecosistema acuático.
Aún teniendo Agustín la magia delante de
sus narices², no daba por cierto nada asociado con lo místico.
—Oye, Agustín el incrédulo, tu solo
crees si ves³. Estoy segura que tu nombre no corresponde con tu manera de ser.
— ¿Por qué dices eso?—Pregunto admirado su esposo.
—Pues el Agustín histórico⁴ fue un gran doctor de la iglesia, y para nada alguien descreído como tú.
— Mi amor, deseo creerte, pero mi desconfianza aventaja a mi fé.
Clara escuchó estas palabras y se compadeció de su cónyuge, se movió a pensar que el vivía sin esperanzas para enfrentarse a la vida. Al menos para ella, la fé era una receta escencial para la vida.
Ella reclinó el rostro de Agustín hacia su pecho y, posteriormente elevó su rostro y besó su frente. Aquí advirtió a su esposo indefenso. Su vista de cazador, su dominancia, se habían atenuado.
Al apapacharlo, bajaba la cabeza como siendo incapaz de soportar su agonía, lloraba como una criatura. Se encogía y estremecía. Era el efecto postraumático generado por la guerra, que ahora resurgía por la pérdida de su hijo.
—¿Qué te pasa mi amor? ¿Qué tienes? Dime—Preguntaba Clara muy impactada, debido a que sólo había visto comportarse a su esposo de esa manera al poco tiempo de haberse conocido, y eso aconteció apenas 12 años pasada La Segunda Guerra Mundial. Agustín la besó apasionadamente, como no lo hizo ni durante su noviazgo. Clara lo frenó, por su proceder, veía a su esposo como a un niño antes que como a un hombre.
Entró al baño y se encerró. Al notar Agustín este comportamiento, no le dijo nada, se mantuvo en la sala y se quedó dormido.
Clara, hablando sola y encerrada, decía:
—¿Qué tengo Padre? Dímelo. Desde niña siento que me llaman las sombras, presiento que le debo algo a las fuerzas de oscuridad y ahora, con la pérdida de mi retoño, siento que realmente tengo algo malo Padre, algo maldito.⁵