Eros conocía perfectamente su gusto por el helado, sobre todo el de fresa, y cómo un simple alimento congelado solía contentarla. Por ello, no dudó en detenerse en una conocida heladería que estaba camino a la casa de los Meyer, aunque él no fuera el causante de su enfado. Victoria lo siguió con la mirada desde que descendió del auto y pasó por el frente de él hacia una llamativa heladería de color rosa pastel en medio de los imponentes edificios empresariales en el centro de la ciudad. Sosteniendo su queda sonrisa, observó a Eros a lo lejos pedir amablemente el helado para ella. La distancia no era lo suficientemente grande como para que le impidiera detallarlo, por lo que sus ojos volvieron una vez más a la camisa ajustada de Eros, bajando hasta los pantalones, a su trasero marcado. «

