Capítulo 31: liberación parte 2

1713 Words
Cuando llegó una mujer a la puerta de la prisión improvisada, uno de mis guerreros me contactó por el enlace mental. “Alfa, una mujer llamada Lily dice ser la que sabe usar las pistolas.” Me giré de inmediato, pero al hacerlo me percaté de que aún estaba desnudo. Afuera me esperaba una desconocida, así que apurado busqué algo que ponerme. Vi unos pantalones desgarrados dentro de la jaula donde antes estuvo uno de los humanos y, sin pensarlo, los tomé y me los puse rápidamente. Al salir, me encontré con ella: una mujer de cabello castaño claro, piel dorada por el sol, y ojos marrón claro que brillaban con inteligencia. Era bella, con esa fuerza tranquila que sólo dan las cicatrices bien cargadas… pero ninguna mujer en este mundo podría compararse con mi Mónica. Su ausencia me pesaba como cadenas en el pecho. Mi corazón se comprimía con la imagen de ella sola, creyéndose olvidada, mientras yo luchaba por prepararnos para la guerra que se avecinaba. Reuniendo la calma, me acerqué y le hablé con respeto: —¿Eres Lily? Ella asintió y me sonrió con suavidad, reconociendo mi tono lleno de dolor contenido. —Sí, Alfa. Soy yo. He venido a ayudarte, como prometí. Mi esposo y yo ayudamos a crear las armas que están usando… pero no sabíamos a quién iban destinadas al principio. Mientras hablábamos, me explicó cómo había aprendido a manejar las pistolas sin perder los dedos o las manos. Me mostró unos guantes reforzados con piel de cocodrilo, especialmente tratados para resistir el calor, la presión y el retroceso. Su esposo, me dijo, había diseñado la parte mecánica de las armas, pero ahora se encontraba prisionero en un campamento bajo el control de los humanos aliados de Philip. —Mi esposo puede fabricar nuevas armas, mejores… incluso adaptadas para lobos, Alfa. Pero necesito tu ayuda para rescatarlo. Si caemos, ellos seguirán mejorando… hasta que ningún lobo quede libre. Su convicción me tocó. Por primera vez en días sentí una brizna de esperanza real. Lily no solo era valiente: también era clave para que nuestra manada no volviera a ser cazada como animales. El rescate tomaría al menos cuatro días en forma humana, o dos corriendo como lobos por la espesura, y aún no podía ausentarme. Necesitaba primero reforzar la seguridad de la mansión, reconstruir lo destruido y asegurar el bienestar de los míos. Pero no tardaría. Lily me ofreció una idea más inmediata: —Alfa, los campos de concentración cercanos tienen muchos arsenales. Si los tomamos y recogemos las armas, podemos empezar a armar a los nuestros de inmediato. No esperes a rescatar a mi esposo para defender a tu manada. La determinación en sus palabras me electrizó. No era solo una mujer desesperada por salvar a su pareja: era una estratega. Y tenía razón. Le respondí con un gruñido de aprobación, y de inmediato envié un enlace a todos mis guerreros en los alrededores: “Ataquen los campos humanos. Recojan todas las armas que encuentren y traigan los cuerpos de los caídos. Cada bala será devuelta. Cada arma, nuestra ventaja. Quiero esas manos llenas antes del amanecer.” Apenas corté el enlace, miré a Lily de nuevo. Ella entendió sin que yo dijera nada: la guerra había comenzado de verdad, y ya no lucharíamos con dientes y garras solamente… sino también con fuego humano adaptado a la fuerza del lobo. Y esta vez, venceríamos. — Lily, si te puedo preguntar con prudencia… —mi voz salió baja, casi quebrada por dentro—. ¿Deseas ser parte de mi manada? Ella se detuvo por un segundo, y sus ojos, llenos de una melancolía contenida, brillaron con una emoción profunda. Luego me regaló una sonrisa que fue más sincera que cualquier palabra, mientras una lágrima solitaria descendía por su mejilla. — Alfa… —me respondió con voz temblorosa, pero firme— si aceptas a mi mate, entonces me aceptas a mí. Nosotros somos uno. Donde va él, voy yo. Donde pertenezca yo, pertenecerá él también. Sus palabras me atravesaron como una lanza. Un hoyo se abrió en mi pecho, uno que ya venía arrastrando desde que me alejé de mi Luna. Porque eso mismo sentía yo. Lo que ella describía era exactamente lo que significaba Mónica para mí. Éramos uno. Y estar sin ella era como andar mutilado por dentro, como si faltara el aire en mis pulmones y el corazón en mi pecho. Miré a Lily en silencio, asintiendo despacio mientras tragaba el nudo que se formaba en mi garganta. —Te entiendo por completo… —musité, sin poder ocultar el dolor que me marcaba—. Mi Luna… no está aquí. No puedo traerla aún… no con nuestro cachorro creciendo en su vientre. Pero deseo… más que nada en este mundo… recuperarla. Traerla de vuelta a mi lado. Que ella vuelva a caminar entre los nuestros. Lily bajó la mirada y luego la alzó otra vez, con un rostro que reflejaba el mismo pesar que sentía yo. Como si entendiera con cada parte de su alma lo que era estar separada de aquel al que el destino te había unido. —Debe doler mucho, Alfa… —susurró con suavidad—. Saber que la madre de tu manada no está contigo… y que el pueblo también la extraña. Sus palabras me calaron hondo. Porque era verdad. No era solo mi corazón el que la echaba de menos. Era el alma entera de nuestra manada. Aunque no la an conocido. Había un vacío en cada rincón, una ausencia que se notaba en la forma en que las mujeres cantaban, en cómo los niños jugaban, en el silencio de los mayores al recordar. Mi Luna no estaba… y su falta dolía como una herida abierta. Respiré hondo, sintiendo una mezcla de culpa, anhelo y determinación. —Pero juro por mi vida, por la sangre que corre por mis venas, que lucharé hasta tenerla de nuevo. Hasta que nuestros hijos crezcan rodeados de paz… y ella vuelva a reinar a mi lado. Lily asintió con fuerza, y en ese momento supe que no estaba solo. Nos regresamos a la mansión, donde ya todos estaban cumpliendo con lo que les había pedido. Las mujeres que estaban despiertas limpiaban las armas, organizaban municiones y revisaban cada herramienta que necesitábamos para sobrevivir esta guerra. Pero al mirar a mi alrededor, algo me perturbó: no todos estaban presentes. Muchos aún descansaban o estaban fuera cumpliendo otras tareas, y aunque lo entendía, necesitaba que toda la manada escuchara lo que se avecinaba. Lo que estábamos por emprender no era solo una misión, era un grito de rebelión, una declaración de guerra al mundo que intentó destruirnos. —Al terminar esto, informen a los demás que deben presentarse aquí en la mansión para una reunión —dije con firmeza, dejando que mi voz resonara entre los que sí estaban presentes—. Una reunión como la familia que somos. Como la manada que todavía late en este suelo. Mi mirada se posó sobre Pablo, que abrazaba con ternura a su compañera Carla. Era un momento íntimo entre ellos, pero no podía esperar. Necesitaba que nos sentáramos a definir el último tramo de este plan antes de convocar al resto. —Lily, Pablo y Carla —continué con tono más suave—, por favor vengan a mi oficina. Tenemos que revisar los últimos detalles antes de que todos lleguen. Los tres asintieron con respeto, y me siguieron hasta el último piso de la mansión. Entramos en mi oficina, un espacio que había perdido su antigua serenidad. Ahora era un centro de estrategia, marcado por mapas, notas, armas sobre la mesa y el aroma persistente de pólvora y furia contenida. Pablo se sentó frente a mí con un suspiro largo, y con un tono cargado de realismo —mezcla de resignación y cansancio— dijo después de ser informado de mis decisiones: —En otras palabras, Alfa… tenemos una respuesta, sí. El estado de vivienda se restaurará en dos semanas. Luego partiremos durante dos días para rescatar al compañero de Lily, y después… después intentaremos ganar una guerra en contra del Rey Philip para traer de vuelta a nuestra Luna. ¿Se me olvida algo? Su voz era dura, seca, como si al pronunciarlo todo en voz alta se volviera más imposible de alcanzar. Pero yo sabía que era posible. Teníamos que hacer que lo fuera. No solo por mí. Por todos. —Si —le respondí con seriedad—. Si se te olvida algo. Lily entrenará a la manada de edad propia como usar estas armas y con muchas de las mujeres ayudarán a crear la armaduras necesarias para que los guardias, tales mujeres como hombres usen. Y cuanto más tardemos, más alianzas logrará Philip… más cadenas pondrá sobre nuestros hermanos y hermanas en otros palacios. El tiempo no está a nuestro favor. Carla bajó la mirada, su rostro bañado en un velo de tristeza. Pero lejos de rendirse, levantó el rostro con decisión y añadió: —Alfa… ¿y si nosotros también expandimos nuestra manada? —su voz era firme—. ¿Y si enviamos mensajeros con guerreros a los palacios que Philip aún controla? ¿A sus alianzas? Podríamos salvar a los lobos que aún viven oprimidos. Los que todavía creen que nadie vendrá por ellos. Sus palabras me hicieron detenerme. Esa idea… me gustó. Me estremeció. Era más audaz de lo que imaginé… y más justa. Pero había un problema. ¿Quién sería lo suficientemente fuerte, leal y hábil para llevar esa misión? ¿Quién podría caminar entre enemigos y traer de vuelta a los que fueron olvidados? Pensé en Carlos. Carlos, que seguía en el palacio, vigilando por nosotros. Un guerrero con mente fría y sangre ardiente cuando se trataba de su manada. Rowan se quedará con Mónica, estarán a salvos. —¿Crees que Carlos pueda hacer ese trabajo? —pregunté con el corazón acelerado, no de miedo, sino de esperanza. La mirada de Carla cambió. Sus ojos brillaron con esa calma que solo tienen las mujeres que han visto demasiado, pero aún creen en el mañana. Su respuesta fue suave… y poderosa: —Sí, Alfa. Si alguien puede hacerlo, es él. Carlos no te fallará.
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