El aire en la oficina está cargado de tensión, y a pesar de los intentos de concentrarme en mi trabajo, todo lo que hago parece girar en torno a él. Eduardo. El hombre que, sin quererlo, ha capturado cada rincón de mis pensamientos. La conexión entre nosotros es tan intensa que no puedo dejar de sentirla, aunque trato de ignorarla. La razón me dice que debo mantener mi distancia, pero mi cuerpo, mi corazón… ellos no escuchan. Es una tarde gris y lluviosa cuando me llama a su oficina. No es una reunión programada, ni una cita laboral urgente. Es simplemente una excusa para que nuestros destinos se crucen una vez más. Al entrar, la puerta se cierra suavemente detrás de mí, y el silencio que se instala entre nosotros es tan palpable que siento como si estuviéramos suspendidos en el tiempo.

