Eva
Cerré mi boca, las palabras tan insensibles de este hombre me dejaron completamente anonadada. Le di una sonrisa, una que lo hiciera sentir ¿satisfecho?
—¿Usted cree que voy a aceptar? Tengo mi novio afuera y usted cree que voy a decirle sí y saldré y le diré lo siento, me casaré con el hombre que está dentro del carro, porque es un maldito degenerado que solo busco una esposa a la fuerza —dije con fuerza, él me miraba fijamente, esa mirada que podría hacer dudar a cualquiera… pero afortunadamente yo no soy cualquiera.
Puedo notar como su rostro se tensa, pero se mantiene firme. Él bebe un poco de su copa y luego la deja allí.
—Le gusta jugar con la suerte señorita Robert... No debería hacerlo, porque después que la pierde es muy probable que no pueda volver a encontrarla.
—¿Usted se autoproclamó como el dueño de mi suerte? no me haga reir. Simplemente creo que casarme con un desgraciado, arrogante no está en mis planes con todo respeto, sin ánimos de ofender.
—Perfecto, entonces no voy a perder más mi tiempo. Salga de mi carro, no quiero que venga a pedirme algún favor porque cuando lo haga, tendrá que suplicarme porque de lo contrario seguiré firme con mi decisión.
—¿Quiere que llore señor Thompson? —espeté.
Él rompió la distancia entre nosotros y puso uno de sus brazos a mi lado, dejándome prisionera de su cuerpo fuerte… grande.
—Alguien debería enseñarle buenos modales —él susurra y su aliento a licor mezclado con el aroma que emanaba su cuerpo, entraron por mis fosas nasales.
—¿Y ese alguien es usted? No sea tan patético, ni usted, ni su presencia me aterran. Podrá ser muy imponente para los suyos, pero conmigo no. —Él pasa su dedo pulgar por mi boca, dejándome helada.
—¿Imponente? yo usaría otro término y, sobre si ese alguien soy yo… sí, ese alguien soy yo. Tengo la capacidad de hacer comprender —lo interrumpí dándole una bofetada… una que tenía ganas de darle desde hace mucho. Él puso una sonrisa forzada en su perfecto rostro.
—No se crea tan importante, bájele dos rayitas. No necesito que usted me enseñe buenos modales, en especial si usted no los conoce. En su vida se vuelve a acercar a mí o a poner una de sus asquerosas manos sobre mí. Porque puede que no sepa “buenos modales”, pero le puedo asegurar que tengo pleno conocimiento en artes marciales y con un solo golpe puedo destruir su perfecta cara.
—Baje de mi carro Eva Robert.
—Ahh, ¿ya no soy señorita? —dije con ironía.
—No creo que esa palabra la describa, es más creo que eso es mucho para usted. Baje de mi carro o llamo a seguridad —él asevera haciéndome poner seria.
—Tranquilo que ni en mis sueños o pesadillas está usted y no le haría nada. Es más, le subiré un poco el ego: usted no me genera ni un mal pensamiento.
Él no para de observarme a los ojos fijamente, parece que lo hace de manera desafiante. Él suelta una risa sútil y revisa su reloj.
—Baje de mi carro, no pienso seguir perdiendo el tiempo con usted.
Moví mi cabeza ignorandolo y baje del carro, allí Benjamin tenía su rostro completamente impaciente. Al verme no disimuló un poco en mirar al señor arrogante Thompson.
El carro de ese hombre se fue, haciendo que sus llantas rechinaran. Benjamín me sujetó las manos haciendo que lo mirara.
—¿Para qué te quería ver allí? —él habla con tranquilidad.
—Nada nuevo, que él se ofrecía para ayudar, pero le deje claro que no.
—Hiciste muy bien, no necesitas que alguien venga a salvarte cuando me tienes a tu lado. —Le dí una sonrisa, mientras que sentía un sabor amargo en mi boca.
Subimos y nos quedamos en las sillas, mi papá pasaría la noche con ella, pero no podía irme a la casa hasta no saber que ella estaba mejor.
Benjamín se quedó dormido cuidandome, no pude evitar mirarlo, era perfecto para mí, nos entendíamos muy bien, nos comprendiamos a la perfección y era eso que tanto necesitaba en mi vida. No podía dejarlo, no podía hacerlo y menos por casarme con alguien que no me ama, y que mucho menos yo amo.
Cerré mis ojos, pero los abrí abruptamente cuando sentí como alguien me movía. Mi papá estaba alfrente, lo suficientemente preocupado haciendome imaginar lo peor.
—¿Qué sucedió? ¿mi mamá está bien? —él parece tomar aire y me señala que lo acompañe un poco a la izquierda, alejandonos de Ben que aún estaba dormido—. Papá ¿qué sucede?
—¿Qué fue lo que le dijiste a mi jefe? —me quedé en silencio— contesta Eva.
—Nada, no le dije nada. Tan solo... —mi papá se soba la sien—. ¿Qué pasó?
—Me despidió, me dijo que ya no necesita mis servicios. Que me descontaría de la líquidación la deuda, pero que no vuelva a trabajar mañana porque no me quiere ver en su oficina.
—¿¡Se atrevió a despedirte!? }
—Eva... es que no entiendes que a mi edad ya no me contratan. Ese trabajo era todo para mí, era todo para nosotros. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Papá si ese es el problema, yo trabajo.
—Eva, no. No vas a trabajar, estás estudiando para no ser como nosotros. No puedo perder mi trabajo así, ¿no te das cuenta lo que eso significa con tu mamá enferma? ¿Qué fue lo que hiciste?
—Papá... es mi libertad, no puedo acceder ante sus chantajes.
—¿Crees que son solo simple chantajes? no solo es tu libertad como bien lo dices, es la salud de tu madre, nuestras finanzas, nuestra tranquilidad... Eva, arruinaste todo.
Abrí mis ojos, no esperaba esas palabras, mucho menos esperaba que él fuera a hacer eso... no puedo ser la culpable del sufrimiento de mis padres, no después de que ellos me han hecho tan feliz.