Capítulo 11.

2162 Words
—Si hubieses querido asesinarme lo habrías hecho mientras dormía —dijo confiado de que así pudo haber sido. —No sería nada divertido —termina con la presa de pollo y desecha el hueso lejos incorporándolo al bosque que había detrás de ambos. Los dos se encontraban justo en el patio de aquella posada, un poco antes de lo que se notaba como un pequeño bosque que se creaba de unos árboles no muy grandes que se extendían a unos ciertos metros más allá del final de los terrenos de la posada. El cielo los alumbra con gentileza, y el sol que recae en las espadas que Exo lleva en su espalda las hace ver tan brillantes como los diamantes en bruto de las minerías de Zalador. —Si es otra prueba creo que ya no estoy para estas cosas cuando hay trabajo por hacer —intenta voltearse para devolver su andar a la posada, pero Exo no iba a aceptar tal falta de respeto. —¡No me ignores! —exclamó furioso y arremetió contra Alsius quien pudo esquivarlo con facilidad antes de ser desmenuzado por las dos espadas del hombre cuya habilidad parece ser algo descabellada. No había momentos para descansar, Alsius sabía que debía responder ferozmente a la solicitud de Exo o no habría más escape que se pudiese dar con palabras. Por suerte llevaba la espada de Takashi consigo, rápidamente la desenfundó y notó que era más ligera de lo que parecía al llevarla con la funda. Exo estaba extasiado al saber que sería correspondido en su lucha y los juegos se habían acabado. Ambos chocaban espadas con gran habilidad, lo único que salvaba a Alsius de no perder el control era su gran destreza para esquivar los ataques, aunque sus golpes con la espada fuesen deficientes por falta de práctica. Exo aprovechó una de las oportunidades para derribarlo en el suelo y en cuestión de segundos sus puños arremetían en contra del rostro del joven e inexperto en batalla de Alsius. Nuevamente la misma situación como con el comandante, su debilidad se hacía presente de nuevo hasta que la mancha roja de dolor se derramaba por entre su cuello hasta manchar el dulce y pacífico suelo fértil de la posada. —Te dije que un niño no podía con el trabajo de un hombre —Exo guarda nuevamente sus espadas y se agacha para quedar al nivel de escucha del muchacho—. Lo mejor será que te rindas, no has demostrado ser lo suficientemente bueno con tu propia arma y así nadie va a respetarte. Sentía un pesado dolor al intentar respirar, pero lo que fastidiaba su sentir era el tener que permanecer siempre de rodillas ante aquellos que eran más fuertes, aunque su propia convicción fuese tan respetable como la de cualquiera con grandes hazañas. —Crees que es fácil rendirse —Alsius se coloca nuevamente de pie, más atrás Exo le sigue. Frente a frente ambos se notan como si nada hubiese sucedido, y para Alsius esta no es una batalla perdida que Exo reconoce en su mirada. —Nadie seguiría a un incomprendido como tú —dijo como si nada, listo para continuar la misión en soledad con sus dos compañeros. —Tú no mandas —escupió algo de sangre en el suelo con la mirada agachada de medio lado—. Tú no puedes decidir mi rendimiento como si fueses mi destino. Al alzar la mirada hacia Exo se notan sus ojos de un color distinto, un violeta metalizado de furia que Exo reconoce como lo que una de sus leyendas favoritas comenzaba a datar desde hace años. —Los ojos del jardín de almas —ríe en silencio para sí mismo—. Jamás pensé que llegaría el día donde yo mismo fuese capaz de observar tal sentimiento de obscuridad como si mi propia vida fuese completamente iluminada por los antiguos y caídos dioses del olimpo. Realmente eres un ser extraño, aunque no sepas alzar una maldita espada, pero reconozco que no cualquiera querría meterse con un demonio como tú. —Una y otra maldita vez —sonríe egocéntrico—. Cada vez dices que soy un demonio como si tu vida no fuese ya la misma que la de un demonio. Nada de lo que eres es perfecto, aprende a vivir con ello y deja que los demás vivan su propio sueño. —Me disculparás —dijo sin ningún sentir hacia esas palabras—, pero yo nunca podría vivir como un demonio, aunque quisiera no podría. —Si yo no soy capaz de encontrar mi propia ruta, no debes seguirme —con el dorso de su mano derecha limpia la sangre restante de su rostro—. Así que deja de ser tan llorón y acéptalo. No importa cuántos golpes me lleve de la vida, jamás dejaré de soñar como los niños lo hacen. Esa mañana el viento migraba hacia las montañas nevadas del norte, donde los buenos abrazos cálidos sostienen las sonrisas de los niños jugueteando en la nieve. Donde el sol solo le da calidez a las miradas de quienes desean verle la cara para sentir el fuego nacer dentro de su ser, y la comida deja de ser abundante en las feroces tormentas de frío. Se trata de Wolfheighen, una pequeña ciudad ubicada en las montañas que precede de hace unos cientos de años cuando apenas era un páramo desértico lleno nada más de la pureza de un blanco suelo que dejaba hermosas y precisas huellas al pisar la suavidad de una tierra que no perdona a sus habitantes. Anidados, sus pobladores suelen mantener sus actividades del día como si no hubiese mejor gusto que trabajar para vivir y vivir para trabajar y así poder hacerlo al día siguiente. En una pequeña cabaña alejada un poco del centro se encuentra una hermosa mujer paleando el techo cubierto de nieve de su hogar. A cada paleada que suelta parece caer con gracia según lo observa, como si cada pequeño copo de nieve tuviese una manera distinta de bailar parecida a la forma de ser de cada persona que intenta danzar con gracia para no vivir una vida llena de desgracias. Es delgada pero esbelta, aunque la comida no suele ser abundante por esa zona, y la cacería se ha convertido en un lujo que pocos pueden darse. Arduos días internados en la nieve sin saber que traerán consigo el sustento de sus familias o una simple derrota más de la madre naturaleza. —¡Sara! —llama su padre desde abajo—. Deberías entrar, el clima indica que habrá pronto una tormenta. Sara se coloca a ver el horizonte, pero no parece haber indicios de que los cambios climáticos constantes vayan a desatarse también esta noche que parecerá ser serena con un cielo despejado. —Dudo mucho que la tormenta se acerque hasta nuestra puerta —aun así, hace caso omiso a las palabras de su padre y desciende del techo. —Quizá estás muy joven para comprender el clima como tu viejo padre —echó a reír—. Podrás terminar mañana de limpiar el techo, necesitas entrar y calentarte. Llevaba unas mejillas rojizas del frío y un hermoso aliento color trasparente y blanco que suelta con cada suspirar de vida. —Me gustaría conseguir algo de carne para mamá y mi hermana —dijo con ánimos. Es difícil hacerse con un buen trozo de carne para la cena ya que aquellos animales que son comestibles son escasos y muy poco consumidos por aquellos que no tienen los suficientes recursos para salir a cazar. —Tal vez tengas suerte, pero no te tardes en llegar —su padre concede el permiso. —No lo haré —luego de un andar rápido y fugaz se encamina con un caminar simpático al centro de la ciudad donde se encuentran los comerciantes. Lleva unos buenos abrigos de piel para cubrir su blanquecino cuerpo, y unas hermosas botas de pelo de oso que su abuelo le obsequió ya hace algún tiempo antes de su fallecimiento. Una hermosa joven animada en sus plenos veinte años de edad, sin conocimiento del mundo externo, pero soñando con algún día ser capaz de alcanzar a tocar una flor con sus manos desnudas. Anduvo rato por el centro, pero no consiguió nada así que terminó por sentarse en la banca de madera que un carpintero dejó frente a su casa. Se le apega la ilusión que algunos tengan y otros no, ya no desea ver hambruna en su ciudad y mucho menos tener que encerrar su corazón por miedo. Desea salir, conocer cada rincón de la tierra hasta que sus ojos queden maravillados por haber observado los lugares más hermosos que suele imaginarse al leer los mismos tres libros que tiene una y otra vez desde que era una niña. —La tormenta se avecina —comenta un señor que pasaba por ahí luego de observar hacia atrás. Sara volteó a ver y sin duda alguna había presagios de tormenta por lo que decide colocarse de pie e irse a casa. No pasó más de diez segundos hasta que de un momento a otro la tormenta alcanzó el centro de la ciudad cegando todo a su paso con un centenar infinito de copos de nieve y vientos violentos que no dejaban avanzar moviendo todo a su paso. Las personas corrían desesperadas, y aunque Sara intentaba mantener la calma era casi imposible respirar u observar el camino correcto de regreso a casa. Siguiendo su intuición comenzó a caminar en dirección a donde se encontraba su horizonte ya que de ahí provenía su hogar y justo era a donde debía caminar. Forzosamente levantaba con fuerza las piernas al hundir sus botas profundo en la nieve incomodando su avance. Aquel abrigo de piel no parecía cubrir tanto con una tormenta como esa, y debía cerrar sus ojos para poder permanecer en calma y serenidad solo abriéndolos por segundos para observar alguna señal de luz que le guie de regreso a su hogar. No pudo más y su cuerpo cayó tendido en la nieve con la cabeza hundida en una suavidad acampadora de muerte. Ya no había salida más que esperar si podía sobrevivir, y su desesperada sensación inquietante no la dejaría tranquila hasta saber que nuevamente llegaría a casa. Con la esperanza de poder sobrevivir arrastró su moribundo cuerpo casi congelado por la gélida brisa a brazadas dolorosas por el movimiento de sus articulaciones casi tensas. No era momento para lloriquear, pero ya era incapaz de sentir sus propias piernas y eso afectaba mentalmente su estado de calma. Por fin de un momento a otro la tormenta comienza a desvanecerse, aunque el frío sigue estando ahí. Se comienza a ver con claridad toda la ciudad, ella estaba a unos pocos metros de casa así que se arrastró lo más que pudo sin prestar atención a lo que sucedía detrás. Por fin luego de algunos minutos consiguió llegar hasta la puerta, entre abierta como si alguien hubiese olvidado cerrarla. —¡Mamá, papá! —gritó con la poca fuerza que le quedaba, pero nadie se atrevió a asomar la cabeza por entre la hendija que había. Asustada de que algo les hubiese pasado sigue arrastrándose hasta el interior para encontrarse justo en la sala con una desgarradora escena. Sus padres asesinados y tumbados en el suelo junto con su pequeña hermana bañados en un charco de sangre. —¡Mamá! —fue desgarrador el grito que Sara dejó salir desde su interior. Frustrada por no poder colocarse de pie aun utilizó sus brazos con tanta fuerza hasta que pudo llegar al lado de sus fallecidos parientes que perecían inertes sin razón alguna que lo explicase lógicamente. El dolor de su llanto era notable, se acurrucó en las faldas de su madre sin saber qué podía hacer. La sonrisa que su padre mantenía siempre en su rostro había desaparecido, quedando con una expresión de lástima total y sufrimiento. —¡Ayuda! —gritó una y otra vez, pero nadie llegó en su rescate. Se le iba la voz exclamando al cielo luego de que en la tierra nadie llegase, y la noche llegó dejando en sombra todo su hogar sin ninguna luz que pudiese alumbrar a medias su sentir con esperanza de que algo suceda. Por primera vez la chica que nunca le temió a las tormentas, terminó por temerle a la obscuridad de un hogar que jamás volvería a ser el mismo. Entenderás que la pérdida es parte de sonreír, de sonreírle al lamento De sonreírle al cielo que te abandona a modo de burla, de sonreír por los recuerdos De que tu sonrisa se convierta en tristeza, y tus lamentos en odio de profundidad oceánica De que las tormentas llegan sin avisar llevándoselo todo, por eso nunca pienses que tienes nada Porque hasta teniendo nada tendrás algo que perder, y siempre te perderás a ti mismo
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