—Es entendible que realicen dicha pregunta —contesta luego de analizarlo un poco—. Se supondría que un líder como yo debería tener la suficiente inteligencia y capacidad de decisión para afrontar dilemas que otros son incapaces de resolver.
Los ancianos le sonríen, él había entendido perfectamente de lo que se trataban esas palabras. Sería un camino difícil para él tener que seguir reglas sin preguntarse a sí mismo si lo que considera correcto realmente lo es. La verdadera intención de aquellos ancianos era la de deliberar sobre sí el joven estaba apto para realizar la tarea por petición del mismo rey quien ya había confiado casi plenamente en Alsius, pero su juicio final sentenciaría al joven de no ser alguien útil para la armada si su prueba no es realizada satisfactoriamente.
—Para ser nuevo comprendes bien lo que a tu alrededor está sucediendo —dijo el más amable de los dos viejos—. Sin embargo, tu corazón es joven, y es muy probable que puedas desfallecer de tus propios sentimientos si no trabajas en ellos como se debería.
—¿Cómo hago eso? —le interesaba saber la manera correcta de poder controlarse, considerando que ahora es propenso a perder el control cuando aquella obscuridad que reside en él toma el mando de su cerebro ocasionando que su cuerpo se mueva hasta un indeterminado tiempo de desgracias para todo aquel que se encuentre delante suya—. Tanto me gustaría aprender a controlarme y tener un buen juicio como a ustedes les gusta el conocimiento y los libros con olor de antigüedad.
—Efectivamente, aunque parezcamos ser unos eruditos ante tus ojos realmente solo vemos el mundo de la manera que tú no has podido y no por edad —uno de los sabios se coloca de pie para dirigirse hasta la ventana y observar la luna que se posa con una poca luz tenue que no ha asentado la noche—. Sucede que el conocimiento es un arma de destrucción personal, y muchas veces sabemos cosas de las que luego bien nos podríamos terminar arrepintiendo por años hasta incluso siglos.
—¿No son eruditos? —pregunta con menos profundidad, pero interesado en la respuesta que le darían considerando que los dos hombres ahora se denominaban a sí mismos como seres comunes que solo logran obtener una perspectiva madura de su alrededor.
—Somos eruditos —al escuchar una respuesta tan simple Alsius vuelve a quedar desconcertado.
Sin muchas palabras para responder se mantiene en silencio a la espera de una nueva frase proveniente de alguno de los dos. Sonaba contradictorio para él, pero luego de que el silencio le permitiese pensarlo mejor recordó uno de los grandes miedos de la humanidad en tiempos de guerra, “Las estrategias” lo que se daba a entender como la capacidad intelectual de un hombre o cualquier persona para disponer de una situación actual a su favor sean cual sea las condiciones, favorables o desfavorables, pero siempre pensando más allá que el enemigo.
—¿Tenéis miedo del conocimiento? —el anciano que estaba en la ventana se había quedado viendo a las afueras, no hacía nada más que observar la luna con tanto afán como si fuese una rutina diaria o un ritual de sanación espiritual que llamaba la atención de Alsius quien por segundos se quedó mirando a la distancia sin conseguir la luminosidad que seguramente aquel hombre tenía en sí.
—Estás en lo correcto —asiente con la cabeza—. Tener miedo de lo nuevo y desconocido puede resultar en una terrible angustia. Pero se trata de combatir tu miedo hacia las cosas que la vida te traiga poco a poco, lo que muchos hombres son incapaces de hacer por creer que sus cabezas serían capaces de reventar de tanta presión.
—La presión del conocimiento es única, realmente uno puede ser muy fuerte por fuera pero el interior se debilita cuando tu mente está hambrienta de información, espíritu e inteligencia.
Los libros le habían dejado la impresión de que los que leen suelen ganarse una vida más en este mundo, como una segunda oportunidad para redimir errores y cambiar la existencia, pero jamás imaginaría que se podría morir sin saber, o se podría vivir sucumbiendo cada día sabiendo algo.
—Sin embargo —añade el joven—, yo creo que se puede vivir como un ignorante letrado al no comprender dichos conocimientos, aunque los tengas.
—Tenerlos y no aplicarlos es como no necesitar del corazón para que los pulmones puedan respirar —el anciano sonríe de manera agradable dando la sensación al muchacho de que se encuentra hablando con su abuelo.
—Necesitamos el corazón —afirma Alsius.
—Necesitamos saber que lo necesitamos para darnos cuenta del por qué lo tenemos ahí —dijo el anciano retomando el tema con mayor fundamento.
—Presiento que el rey no ha confiado demasiado en mí —suena desanimado, es más que obvio al analizar las preguntas y respuestas que su majestad ha proporcionado a los ancianos dicha tarea para que él pueda demostrar su capacidad intelectual.
—No confiarás en nadie cuando confíes en ti, pues tendrás la suficiente prueba en tus manos de que puedes alzar una muralla solo sin ayuda de nadie —el otro anciano regresó de su éxtasis visual a la luna y parecía algo más rejuvenecido, como si se tratase del cáliz de la vida.
—Todos necesitamos ayuda, y poder confiar en alguien nos ayuda a recibir dicho apoyo —para Alsius estaba bien confiar en alguien con el corazón cuando esa persona demuestra ser alguien lo suficientemente bueno.
—Dejarás de hacerlo cuando seas capaz de entrar en la mente de todos los hombres pecadores de este mundo —contesta con una frialdad nada comparable con la del otro anciano.
—¿Por qué? —necesitaba una respuesta simple y concisa para poder acallar las dudas de su interior.
—Lo sabrás cuando sea necesario entender el corazón de tus semejantes —dice el otro y vuelve a encender la pipa de tabaco solo que esta vez es un humo normal, con un olor nada desagradable.
—Si el propósito del rey es saber que tengo la suficiente inteligencia creo que lo sabe —Alsius se coloca de pie algo indignado, pero al mismo tiempo intrigado por esos dos hombres que parecen guardar más que canas y arrugas en sus avejentados rostros.
—Mañana será un día nuevo lleno de oportunidades para ti —él se los queda viendo a ambos, ya no estaba contento de sus palabras así que sin responder más que con un ligero movimiento de cabeza para asentir se marcha de la habitación hasta llegar nuevamente al corredor. Siguió avanzando hasta encontrar la zona de las habitaciones.
Ya no había nadie por los alrededores, era más que notable que todos se encontraban durmiendo y el único despierto era él. Su cuerpo no estaba exhausto, pero sentía la necesidad de recostar su cabeza en una cama para que los pensamientos pudiesen dormir mientras él observa el techo. Logró conseguir un aposento libre, se encontraría solo una noche fuera de los lugares que siempre consideró como sus hogares y la estadía de su niñez en esa posada debería quedarse ahí para siempre. Díjose a sí mismo que jamás volvería a los sueños muchas veces, pero un niño sigue siendo un niño que no para de soñar. Aunque ahora en sus manos es más probable destrozarlos que crearlos, aun no quiere perder la emoción de cerrar sus ojos y dejarse llevar por el viento con el resoplido de las hojas de otoño.
Se durmió al cabo de unos minutos en un futón colocado en el suelo, su espalda recta como el camino que se comenzaba a trazar y la mente serena y en calma como la respiración que mantienen sus pulmones para no dejarlo perecer. En cuestión de tiempo volvió a abrir sus ojos, pero ya no se encontraba en la posada, podía considerarse más bien como un páramo rocoso bajo una oscuridad hirviendo en fuego y calor.
“Mis sueños no son tan realistas —se dijo dando un par de pasos hacia adelante hasta tener la confianza para seguir caminando”.
A las distancias se encontraban árboles secos, rocas pequeñas y grandes y malas hierbas que crecían en esa desértica zona de calor. Volvió a ver su brazo izquierdo, aun lo llevaba cubierto por la venda que se había colocado anteriormente en el carruaje para no llamar la atención. De primera impresión era un lugar temible con superficies peñascosas que llamaban al peligro además de lo extenso que se notaba a tales distancias donde sus ojos podían llegar con algo de esfuerzo.
Anduvo por varios minutos en un andar alentado pero observador y atento a cualquier circunstancia hasta que en medio de todo el caos encontró una bella flor frente a sí hundida entre dos rocas grandes de color carbón. Era el único color del lugar, lo único que bien podía resaltar de entre toda la inmensidad.
—O eres únicamente buena —dijo en voz alta—, o estás abandonada por ser tóxica.
—En efecto —dijo alguien detrás suya y Alsius volteó enseguida topando su mirada con alguien que no parecía ser del mundo humano.
—¡¿Quién eres?! —cerró ambos puños con la guardia arriba, preparado para defenderse de cualquier amenaza.
—Eres muy enérgico —la mujer sonríe y la perfección de su alienado y fino rostro llaman más la atención al hecho de que sus vestimentas sean las de una guerrera—. Pero descuida, no pienso hacerte daño.
—No entiendo qué eres —rápidamente desciende la guardia, seguro de que las palabras serán el mejor método defensivo.
—A qué es hermoso —la mujer desvía a mirada al girar su cuerpo unos setenta grados a la derecha observando un extraño paisaje lleno de lo mismo que Alsius observaba—. Seguro nunca habías entrado al inframundo —volvió a verlo nuevamente.
—Me sorprendería —dice él—, pero opino que hoy en día lo creo todo para no llegar a sufrir por nada que no sepa.
—Ha cambiado la perspectiva con la que veías al mundo —muestra una sonrisa de labios cerrados—. Es triste saber que tengas que cargar con el peso de ser un hijo maldito y bastardo que jamás fue aceptado ni por su propia madre.
—No hables de mi madre como si conocieras al menos su tumba —contestó furioso.
—¿Creíste que era tu madre? —esta vez ríe a carcajadas—. Seguro fue divertido criar a un demonio como tú.
—¡Solo dime quién soy!
Al momento de intentar acercarse a la mujer su cuerpo despierta en medio de una mañana soleada dentro de la posada justo en su habitación. Su cuerpo estaba en serenidad, no había sido una pesadilla o un sueño de gran significado. Había permanecido poco tiempo en el inframundo, conociendo una pequeña parte que le dejaría mal sabor de boca.
—¡Señor! —le llaman desde afuera y de inmediato se asoma para ver de quién se trata.
—¿Sí? —contesta al soldado.
—Buen día señor —el soldado le saluda formalmente y luego regresa a su posición normal—. Me han informado que se le solicita en el patio trasero de la posada capitán.
—¿Quién? —se extrañaba de que pudiese haber alguien más al mando.
—El señor Exo —por la forma en que se notaba el soldado, Alsius podía reconocer que seguro fue intimidado para realizar la petición.
—Gracias —contesta con agrado—. Dile que iré de inmediato, mientras ustedes preparen los suministros y denle de comer a los caballos. Debemos partir lo más pronto posible.
—Entendido.
El soldado regresa a sus labores y Alsius se prepara rápidamente para ir en busca de su citación. Ni muy bien llegado se cruza con Exo sentado en una roca haciendo la acción de lo que parecía ser comer de una manera grotesca como si fuese su última comida en este mundo. Una gran presa de pollo para un corpulento y misterioso sujeto que el muchacho aun no logra comprender del todo incluso tratándose de alguien que no se guarda nada al interior.
—Utilizar a los demás soldados para llamarme no parece ser el estilo del que tanto te jactas —expuso al ser notado—. Supongo que será importante si has deseado verme cuando tu impresión sobre mí no es la mejor del mundo.
—Pero si es el señor capitán de primera —expresó con la boca llena—. Pues… —tragó grueso y bebió vino de una cantimplora que llevaba consigo—. Creo que más que ser por mí, es una orden directa que se me ha asignado y por ello usted mi señor capitán, está frente a mí cuando seguro que tiene mil cosas por hacer.
—No le demos tantas vueltas —sintió intriga por la sonrisa de agrado que Exo tenía en el rostro. Se podía oler el peligro proveniente de su dirección.
—Me han pedido matarte —comenta en seco—. Y será tan divertido para mí.
Acabarás entre los laberintos de tu mente al intentar comprender a otros, más
Quien no quiere ser salvado debe morir en el puente
Confiarás en tus palabras cuando dejes de ser fuerte
Pues lo serás nuevamente para encontrar la salida
Acabas contigo mismo con lo que has aprendido desde siempre, sin medir las consecuencias
De que realices un mal uso de esos conocimientos
Temerías a la luz si leyeras esas mentes y lo que piensan de ti, no querrás ser parte del resto.