Capítulo 12.

2433 Words
El sol abría sus puertas a una terrorífica escena convertida en una mala hierba que Sara debía pisar para poder avanzar. Ya podía sentir sus piernas luego de haberse acurrucado en el calor de una familia inerte que no volvería a expandir ardor nunca más. Observó con detenimiento los c*******s mientras se levantaba y durante unos segundos pensó querer llorar hasta que sus lágrimas se detuvieron serenamente a mitad de sus mejillas con el tacto de sus suaves pero frías manos que no dejaron transportar aquella tristeza al suelo de su hogar. Recordaba lo que su padre solía decir y era que la muerte se espera al no esperarse nada por lo que si esperas que suceda esperarás a la tristeza, pero si no la esperas simplemente se cumplirá el ciclo normal de la vida del cual ninguno puede escapar, aunque quiera. Entró directamente en su habitación para cambiar sus vestimentas y tomar algunas cosas necesarias de las alacenas de su cabaña como dos puñados de trigo, algo de pan y poco más que eso para sobrevivir a la travesía que se estaba por venir. Su última acción en aquel pueblo alejado de la gran civilización imperial del norte fue el entierro de sus familiares, cargando con los cuerpos y almas de las únicas personas que amó con todo su corazón desde su abrir visual en este mundo. Ya no habría nada que le esperase al regresar del centro de la ciudad, ya no habrían cenas en familia por las noches probando la sopa de su madre para calentar el cuerpo mientras su padre contaba alguna historia y su hermana tejía ropa para ella. Simplemente ya no quedaba nada que la hiciera regresar a la tradición de cada día, y luego de volver a llorar con las rodillas plantadas en la nieve frente a una cruz hecha de palos de roble, la chica que una sola vez temió a la obscuridad ahora temería a la luz. El camino sería arduo para bajar la montaña, pero había escuchado sobre los mejores caminos para hacerlo por boca de los cazadores del pueblo. Sus oportunidades de sobrevivir en ese devastado poblado eran nulas comparadas con las de vivir bajo la montaña por lo que su viaje empezó por descender durante dos dificultosos días aquella gran roca de nieve con solo algo de comida para llenar su estómago y un poco de agua. Las tormentas feroces y suaves eran constantes y su visión solía nublarse a ratos mientras caminaba perdiendo el rumbo total de su brújula, aunque intentara observar. No había más escape que dejarse llevar por el destino hasta que al segundo día de su travesía el hambre no la perdonaría y cayó tendida en los suelos nevados de la muerte andante. Se escucha el sonido de una fogata y el olor inconfundible de una sopa caliente mezclada con el humo que emiten los palos para mantener el fuego ardiendo. Es un olor particular y una sensación de calor tan agradable que Sara temió más de lo que sus pesadillas le podrían ofrecer —¡Mamá! —exclamó con fuerza al despertar de tirón. Se observa llevando una manta de oso polar tan cálida como la suavidad del pecho de su padre cuando era solo una niña pequeña. —Al fin despiertas —se escucha la voz ronca de un hombre que se encuentra avivando las llamas de aquella pequeña fogata. Ambos están en lo que parece ser una cueva en las montañas, lo que le dice a Sara al observar la salida que aún no consigue descenderla completamente. Ella se lo queda observando unos momentos, pero no reconoce nada del sujeto, por el aspecto y las cosas que parecía estar llevando consigo solo opinaba que se trataba de un viajero o un explorador más en busca del oro verde de las montañas. Un valioso y gran recurso que pocos logran conseguir pero que es muy bien pagado por los gremios de exploración de cualquier reino. —¿Dónde estoy? —pregunta obviamente con algo de temor, aunque el ambiente prorrumpa todo menos peligro. —Te encontrabas a mitad de la nieve —contesta el sujeto aun de espaldas avivando las llamas—. Creo que faltaban un par de minutos para que murieras de hipotermia, así que creí que podría traerte a esta cueva para que sobrevivieras de la masacre. —¿Cómo? —se le expanden las pupilas al escuchar aquellas palabras sobre su pueblo ya que eso eran—. ¿Usted sabe algo? —añadió casi colocándose de pie. —Vengo de allá —el hombre deja las llamas seguirse consumiendo y se voltea. No es un sujeto muy avejentado, pero por la forma de su cabello alargado y su barba se denota completamente que sus días como viajero no le permiten arreglarse correctamente por falta de tiempo—. Ha sido una catástrofe total, nadie ha quedado vivo y el viento me dice que solo tú has sido capaz de evadir a la parca. —Entonces solo yo… —agachó la mirada con tristeza en ella. El sujeto sabía que sus palabras dolerían, pero no hay nada mejor para aliviar el dolor del alma que la verdad, aunque termine doliendo como la mentira. —Lamento lo que haya sucedido con tu familia —se acerca a su mochila y de ella saca una opaca y casi sin brillo taza de hierro para servir algo del café que calentaba sobre la fogata en una tetera de metal barato y poco resistente más que útil para calentar líquidos. —No hay mucho que se pueda hacer —Sara deja la manta de lado al sentirse cálida, ya no necesitaba más que el calor propio para mantener a su cuerpo en un estado tranquilizador. El sujeto se acerca a ella para ofrecerle una taza de café, amablemente Sara acepta el ofrecimiento y al mojar sus labios con el dulce sabor solo su boca es capaz de apreciar dicha consistencia mientras que por su garganta desciende una amargura total casi indescriptible. Era difícil saber lo que debería hacer a continuación, pero no se rendiría tan fácilmente. —Gracias por haberme salvado —el sujeto la observa, pero no contesta a su amabilidad—. Siento si le he causado molestias, pero no quisiera quitarle más tiempo del que seguramente no tiene. —Un hombre de montañas como yo tiene todo el tiempo del mundo para trabajar —se sienta en un pequeño banco de madera al lado de la fogata—. Y el tiempo suficiente para descansar luego de mis fracasos trabajando. —Debe ser un explorador seguramente —vuelve a dar un sorbo al café y su hambre se va disminuyendo a momentos—. Pero no parece llevar algún tipo de tesoro consigo. Todo lo que parecía tener eran bolsas de baratijas o bisutería barata para poder cambiar por algo de comida en los pueblos a donde suele llegar, pero nada que parezca demasiado valioso como para estar en aquellas montañas buscando lo que parece más que evidente. —A veces el mejor tesoro para encontrar no es el que se palpa físicamente —sus ojos emanaban la frustración de no haber obtenido nada durante años de búsqueda—. Tal vez ahora no lo entiendas. —Lo entiendo —sonrió ligeramente de labios cerrado. Colocó la taza de café humeante en el suelo al lado suyo y levantó nuevamente la mirada al sujeto—. Entiendo que los mejores tesoros no son aquellos tangibles a nuestras manos, pero sumamente necesarios como los que sí. —Entiendes la pérdida como el ciclo de la vida aprueba que debe ser, y eso para alguien de tu joven edad es impresionante —en ella se veía la lejanía del amor, pero la cercanía del entendimiento mortal de la vida. —Perdí más que a mis padres y ese sentimiento no se recupera ni con todo el oro del mundo —efectivamente para ella ya no habría nada que le mantuviese cerca de aquellos sentimientos desvanecidos en sangre que mancharon su hogar—. Lo que para usted debe ser algo valioso para mí no es más que un sucio metal inservible que me mantendrá comiendo algunos días mientras mi hambre más insaciable sigue siendo la del alma. —Si la muerte fuera amistosa nos permitiría una despedida —el sujeto se sirve una taza de café—. Pero como se empeña en ser una desgraciada lo mejor es siempre despedirse cada día antes de dormir por si al siguiente no te encuentras ni a ti mismo. —Es usted un alquimista —el sujeto detiene en plena acción la taza de café que se dirigía a su boca. —Muy observadora para ser una mujer de montaña que no todo lo debe saber —deja que el humo impregne su rostro con un agradable vapor—. Pero hasta siendo alquimista no encontrarías revivir a tus padres sin dar algo más valioso a cambio y descontrolar la naturaleza del mundo. Los vivos deben morir y los muertos deben darles a los vivos razones para vivir. —¿No podría tenerlos ni un segundo? —ni mantener una mínima esperanza le serviría de algo, pero desprenderse de su niña interior para terminar de madurar como las mujeres de montaña era más complicado que lo que su madre solía decir. —Un segundo y un siglo tienen lo mismo en común —responde el alquimista. —Cómo podrían tener algo en común, sus tiempos son completamente distintos —para ella la conclusión era simple, pensarlo como dos intervalos diferentes. —Al final sea un segundo o un siglo quedarás insatisfecha, ambicionarás a más destruyendo tu propia convicción —el alquimista no respondería con palabras tan lógicas para que ella lo entendiese bien, su único plan era dejarla pensando un poco para que fuese capaz de descubrirlo por cuenta propia—. Te conviertes en un ser ambicioso de deseo, y el problema es que hay deseos que no se pueden pedir dos veces. —Hay estrellas fugaces que recorren los cielos todas las noches y muchos piden deseos —el alquimista asiente lentamente con la cabeza. —Las estrellas a quienes les pides deseos ya llevan muertas miles de años o incluso siglos —apaga de inmediato la ilusión de Sara—. No sé cuántas veces has visto una estrella cumplir deseos, pero seguramente al observar el cielo nocturno de tu aldea pensaste que podrías solucionar algo pidiéndole a un motor de energía cósmica. Pero la realidad de tu vida es que ni los dioses están de nuestro lado y nos demostraron que en este mundo nos encontraremos completamente solos si pensamos que estaremos acompañados por alguna fuerza supersticiosa. —Existen poderes, magia y todo lo que mi padre me había contado con sus historias —también sus libros hablaban de extrañas criaturas del mundo que pocos lograban ver y otras que convivían con humanos. —Todo ha sido por culpa de nosotros los humanos solo que no logras darte cuenta de ello por la ceguera de tu perspectiva interna —el alquimista se coloca de pie para dirigirse a una de sus mochilas y rebuscar algo en ella. —Básicamente me está diciendo que los sueños y deseos no existen —quiso corroborar la veracidad de las palabras del hombre. —Los deseos que van más allá de nuestras capacidades humanas no existen, pero los sueños que poseemos en nuestras manos como el de ser quienes queramos al crecer son verdaderamente reales, tanto que duele cuando no llegas a cumplirlos. El alquimista saca un frasco con un líquido rojo que acerca hasta las manos de Sara y ésta sin temor las extiende para recibirlo dudosa de lo que pueda llegar a ser tratándose de alguien que debe tener tantos secretos guardados en el corazón y la mente. —¿Es algún tipo de poción mágica para sobrevivir al clima? —creyó que ya la estaría despidiendo. —Es el elixir de la vida —afirmó dejándola perpleja—. Bebe un poco y vive por muchos años, tantos como sea suficientemente necesarios para que consigas los secretos de este mundo por mí. —¿Por qué debería ser yo la elegida para esto? —se queda inmersa en el contenido rojizo obscuro del frasco. —Porque yo ya quiero morirme —contesta en seco—. Y porque creo que tienes el alma tan dolida que buscarás respuestas profundas que puedan saciar tus ansias de conocimiento sobre el destino que a todos nos acarrea hasta la tumba. La vida esconde secretos como los reyes los ocultan de sus plebeyos, pero lo importante es que seas capaz de reconocerlos. Capaz de ver más allá como lo has hecho justo ahora sin desear lo que no puedes tener, pero ambicionando a obtener lo que sabes que tus bolsillos pueden cargar. No vivas una vida como este olvidado y loco alquimista que solo sabe desterrarse a sí mismo de la civilización por miedo a lo que el mundo le pueda ofrecer, mejor encuentra la manera de vivir una eternidad. —Pero con esto puedo vivir una eternidad —señala el frasco, el alquimista niega con la cabeza. —Vivir una eternidad es morir con un propósito dentro de tu vida, no vivir desérticamente sin saborear la realidad del bello mundo que nos rodea —no lo comprendía aun del todo, pero Sara tenía en sus manos una de las armas más poderosas de la tierra y se trataba del máximo poder de la alquimia. —¿Qué pasa si no consigo nada? —tenía miedo de fallar y no poder morir para redimir sus pecados como todos. —Conseguiste llegar a mí cuando nadie nunca lo ha hecho —respondió con una sonrisa—. Y es ahora cuando puedo morir en paz. Si la vida fuese infinita de posibilidades de vivir, no habría necesidad de morir Pero la muerte nos enseña a vivir, a tener miedo de la vida como nadie nos enseña A apreciar cada fragmento que se esfuma entre las manos A vivir cada recuerdo con el sentir de los sentimientos A no dejar que se pasen las horas con todo en vano A vivir de los placeres sin tener remordimientos La vida no es infinita cuando la palpamos con las manos Será eterna en nuestra alma y lo que nos hemos dejado Los legados del pasado que serán acogidos por quien espera Su oportunidad para vivir como pudimos hacerlo nosotros mismos.
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