En esas horas difíciles, de incertidumbre, de vacío, en medio de sombras y la oscuridad de la duda, estuvo Jimmy. Me esperaba temprano en la oficina, me servía café, me contaba chistes, se entusiasmaba con los casos que nos contrataban y ponía bonita música, bailable, en su PC que me hacía mover los hombros afanosa y cadenciosa, entusiasmada, incluso bailábamos en medio de la oficina, ante la mirada curiosa del puerquito de Yolanda que parecía seguir nuestros culebreos, cimbreándose también, tosiendo en forma continua y parando sus orejitas y moviendo su rabito. Y Jimmy me besaba, además. Con insistencia, con pasión, con encono, con fuego en los labios. Me encantaban sus besos tan dulces. Se recreaba con mi boca, lo sentía tan varonil y dominador que me desarmaba por completo. Mis brazos

