Me despierto por el desagradable ruido que produce un martillo al chocar con un clavo. Me veo obligada a levantarme de la cama y salir de mi habitación para caminar hacia las escaleras donde me encuentro con una escena a la que solo puedo categorizarla cómo “extraña”.
- ¿Se puede saber qué haces, Baraquiel?
Su cuello gira en mi dirección y me observa detenidamente mientras parece que piensa en una respuesta apropiada que justifique sus acciones.
- Estoy harto de tu amigo.
No me tardo más de un segundo en descifrar de quien habla.
- ¿Por qué? Josh no te ha hecho nada.
- Desde que le hablaste sobre tu pasado ha venido cuatro veces el último mes con hojas donde anota sus preguntas y estoy harto.
- Él solo está asimilando todo lo que le dijimos.
- Si, pero ya me cansé de sus visitas y si continúa viniendo llamará la atención de los enviados que lo atacaron y que, por cierto, todavía no conocemos el motivo por el cual le hicieron una visita a tu amigo.
- Ananiel dijo que se encargaría de investigar.
Baraquiel vuelve a centrar su atención en las tablas que está colocando sobre la puerta y clavándolas para que la puerta ya no pueda ser abierta.
- Deja de hacer eso. – Trato de levantar la voz para sonar autoritaria, pero por su puesto él me ignora.
- Cómo entrará Karla si la puerta se encuentra bloqueada.
- Ella sabe que puede entrar por la puerta del patio.
- Josh también sabe de la existencia de esa puerta.
Baraquiel tira el martillo al suelo junto a los clavos y parece que no recordaba que Josh también conoce esta casa al igual que Karla.
Parece rendido y aprovecho la situación para amenazarlo.
- Si no cubres los agujeros que acabas de dejar en mi pared, te prometo que le pediré a Karla que te regañe y yo te echaré de mi casa.
- ¿Qué? ¿Por qué?
Parece un poco asustado, pero trata de no demostrarlo.
- Porque fuiste tú quien destruyó toda la pared alrededor de la puerta con esos clavos.
- De acuerdo, la arreglaré.
Empiezo a caminar hacia la cocina donde me preparo un té y una tostada mientras observo cómo Baraquiel quita las tablas que había clavado una por una.
Me acerco a él con una taza de café y se la ofrezco con la intensión de que descanse un poco.
- ¿Has hablado con Ananiel? – Pregunto.
- No, creo que ha estado ocupado, pero hace unos días dijo que ya había conseguido convencer a la bruja de venir la próxima semana.
Estoy a punto de contestar cuando observo cómo la taza de café de Baraquiel cae de sus manos y se rompe en el piso.
- ¿Pero, qué…?
Baraquiel cubre mi boca con su mano y con la otra mano realiza una señal para que me mantenga en silencio.
No puedo evitar sentirme confundida a la vez que asustada mientras trato de imaginar la razón por la que Baraquiel quiere mantenernos en silencio.
- Hay alguien.
Sus palabras me paralizan por completo, pero cuando escucho un ruido proveniente del segundo piso, todas mis alarmas se encienden y empiezo a recordar decenas de hechizos para lastimar al intruso.
Escucho el sonido que produce las escaleras cuando alguien se encuentra bajando por ellas y giro mi cuello lentamente en esa dirección.
Observo a un hombre con el cabello hasta la altura de los hombros y unos ojos similares a esmeraldas. Su cuerpo es atlético y mantiene una sonrisa en sus labios que lo hace lucir amigable, pero a la vez poderoso y hasta se podría decir que arrogante.
- Hermanito.
Su voz es ronca e intimidante y sus pasos son lentos y pausados.
Baraquiel baja la mano de mi boca y en ese momento me percato de la manera en la que llamó el extraño a Baraquiel, “Hermanito”.
- ¿Qué haces aquí?
Baraquiel no parece a gusto con la presencia del extraño, pero al menos no se encuentra en posición de defensa, lo cual me tranquiliza.
- ¿Acaso no puedo visitar a mi hermano menor?
- Eres el mensajero de papá, tú no haces visitas, solo entregas mensajes.
La sonrisa del extraño desaparece y puedo intuir que no le gustó la manera en cómo le llamó Baraquiel.
- De acuerdo, tienes razón, pero hace siglos que no te he visto y quería ver cómo estabas.
- Ya sabes, trabajando todos los días para que papá acepte mis disculpas y pueda volver a tener mis alas.
El extraño termina de bajar las escaleras y se posiciona justo frente a Baraquiel, a dos pasos a mi derecha.
- ¿No nos vas a presentar? – Pregunta el extraño, y no puedo estar más de acuerdo con él.
Baraquiel no parece contento, rueda los ojos y empieza a presentarnos.
- Malakh, él es mi hermano mayor, Gabriel. Gabriel, ya sabes quién es ella.
Gabriel estrecha su mano en mi dirección y en el momento en que nuestros dedos se tocan puedo sentir una extraña electricidad que recorre todo mi cuerpo.
Levanto mi vista hacia su rostro y noto de inmediato que también sintió la extraña electricidad y parece confundido.
- Ahora dime, ¿Qué haces aquí?
Nuestras manos se separan y empiezo a pensar las causas por las que pudo ocurrir esa electricidad en ambos.
- Creo que es mejor hablar en privado.
Levanto la cabeza de inmediato y hablo antes de que Baraquiel pueda emitir una sola palabra.
- Sí tienen algo de que hablar, pueden decirlo frente a mí. Estoy cansada de todos sus secretos.
Ambos se observan cómo si trataran de decidir, pero no pienso permitirles que me oculten nada.
- Malakh, yo…
Baraquiel trata de justificarse, pero lo interrumpo de inmediato.
- No, de aquí no me muevo.
Baraquiel y Gabriel parecen rendirse y este último empieza a hablar.
- Llegó el momento, hermanito. Ha empezado.
No entiendo de que habla, pero me mantengo en silencio para continuar escuchando la conversación.
- ¿Te refieres a…?
- Sí.
Observo el rostro de Baraquiel y se encuentra completamente serio. Voltea a verme una fracción de segundo, pero solo eso me basta para notar la preocupación en su mirada.
- Pensé que todavía faltaban varios años.
- La guerra será en veinte años, pero el plan de Luzbell ha empezado.
Parpadeo varias veces mientras trato de aclarar mis ideas y de inmediato recuerdo la guerra de la que Ananiel habló el día en que lo conocí.
- ¿Ha cerrado el infierno?
La pregunta de Baraquiel me confunde y no tengo dudas en preguntar.
- Esperen, ¿qué? ¿Se puede cerrar el infierno?
- Técnicamente no, pero Luzbell ha desviado todas las almas condenadas al limbo. Podrían pasar siglos en ese lugar sin el castigo que merecen.
La respuesta de Baraquiel me confunde todavía más y empiezo a imaginar todas las razones por las cuales Devil haría eso.
- ¿No pueden los ángeles volver a abrir el infierno?
- Se desataría una guerra. Los enviados deben ser los que controlan el desvío, sí los ángeles interfieren tendrían que luchar por el control y seguramente podrían llegar a asesinar a Luzbell.
- ¿Y eso es malo?, digo, ¿por qué no lo asesinan de una vez por todas?
Un silencio sepulcral se hace presente en toda la casa y observo detalladamente los rostros de ambos hombres frente a mí.
- Todavía le motiva el odio hacia nuestro hermano, ¿verdad?
Gabriel espera la respuesta de Baraquiel, pero este solo se mantiene en silencio por varios segundos hasta que finalmente asiente lentamente con la cabeza.
- ¿Matarías a tu hermano, si tuvieras uno?
La pregunta de Gabriel me provoca un nudo en la garganta y de inmediato me arrepiento de mis palabras.
- Yo… lo lamento, no quise…
Ni siquiera sé cómo empezar a disculparme, por lo que decido mantenerme en silencio el resto de la conversación.
- No te preocupes, pronto sabrás lo que es vivir sin rencores.
Sus palabras me confunden todavía más, pero me mantengo en silencio mientras Baraquiel empieza a hablar.
- ¿Por qué Ananiel no vino a decirme todo esto?
- Papá lo envió en una misión junto a otros hermanos para evaluar la situación en la entrada al infierno.
- ¿Quién está protegiendo la entrada sagrada? Todos los guardianes fueron asesinados.
La imagen de Hizzand se hace presente en mi mente y me veo obligada a cerrar los ojos para no llorar mientras lo recuerdo.
- Miguel, Uriel y Josué tienen la misión de proteger la entrada mientras Rafael entrena a nuevos guardianes.
- Los primeros guardianes tardaron siglos en estar listos.
- Lo sé, por eso, papá tuvo una idea para menorar los años de entrenamiento.
- ¿Qué idea?
- Rafael está reclutando a todos los descendientes de los caídos.
- ¿Qué?
Baraquiel parece evidentemente molesto. Sus manos forman puños y parece querer golpea algo o alguien.
- Ella está embarazada de mi bisnieto, ¿también lo reclutarán?
- Recuerda la profecía, ese niño será quién nos ayudará a ganar.
- Ni siquiera ha nacido y ya están planeando usarlo de arma.
Por instinto abrazo mi vientre y no puedo evitar temer por la vida de mi hijo.
- No lo obligaremos a nada, pero sabes que su poder nos servirá para ganar la guerra.
- ¿Él será quien asesine a Luzbell?
- No lo sé, la profecía no lo menciona.
- ¿Dejaremos que mi bisnieto asesine a nuestro hermano?
- El plan es debilitar a Luzbell hasta el punto de poder encerrarlo en su propio infierno. No queremos matarlo, pero si merece un castigo eterno similar al de las almas condenadas.
La mano de Gabriel se ilumina y una espada cuya punta choca con el piso aparece de un segundo al otro. Estira su mano en dirección a Baraquiel y le entrega la espada.
- Azazyel la hizo especialmente para ti, hermanito. Papá quiere que entrenes las pocas semanas que quedan para el nacimiento del bebé.
- ¿Por qué?
- Porque Luzbell sabe que algo ocultamos. Hace un mes descubrió que lo que sea que ocultamos se encuentra en esta ciudad. De inmediato pensó en Malakh y fue en busca de su amigo. Afortunadamente el humano no admitió que Malakh continua viva.
La imagen de Josh en la puerta de mi casa llega a mi mente. Recuerdo su rostro de preocupación con una mezcla de miedo.
- ¿Entonces, por eso atacaron a Josh?
- Así es. Parece que se rindió con el humano y ahora continúa buscando nuestro secreto, pero ya me encargué de generar una distracción.
- ¿Qué hiciste?
- Le tendí una trampa a unos enviados en un edificio abandonado al otro extremo de la ciudad. Los exterminé y ahora Luzbell busca en ese lugar lo que ocultamos.
Camino lentamente a través de ellos mientras me dirijo a la cocina y trato de encontrar algo que pueda servirme para calmar los nervios.
- Prepárate, hermanito. Pronto Luzbell descubrirá mi engaño y empezará a buscar por toda la ciudad nuestro secreto. En el momento en que encuentre este lugar y note el hechizo que rodea la cabeza enviará a sus lacayos a a****r este lugar. Papá tiene un plan para ese día, pero serás tú quien se encargue de guiar a nuestros hermanos en la lucha de ese día.
Gabriel abraza a Baraquiel con la intensión de despedirse, pero este último no corresponde a su abrazo y Gabriel vuelve a subir las escaleras hacia el segundo piso, donde desaparece.
Baraquiel camina hacia mí y observa que estoy preparando otro té. Sostiene mi mano para darme apoyo, pero no puedo evitar sentirme preocupada y temerosa.
Toma la escoba y el recogedor que se encuentra junto a la refrigeradora y limpia el desastre de la taza rota que cayó de las manos de Baraquiel en el momento en que sintió la presencia de Gabriel.
Me mantengo en silencio mientras bebo mi té e imagino todo lo que puede pasar en el momento en que mi bebé nazca y no puedo evitar pensar en lo que pueda ocurrirme a mí.
- Moriré, ¿no es así?
Baraquiel se congela ante mi pregunta y parece reflexionar sobre la respuesta, pero me adelanto para que no pueda pensar en una mentira para decirme.
- No tienes que mentirme, quiero la verdad. Moriré, ¿verdad?
- Malakh, no creo que…
- Te quiero pedir algo.
Mis palabras lo confunden, pero se mantiene en silencio mientras espera escuchar mi petición.
- Cuida de Naber y sí debe luchar en esa guerra entrénalo para que no muera.
- Malakh, tú no vas a…
- Cuídalo mucho porque voy a estarte vigilando todo el tiempo y si le llega a pasar algo, te prometo que la próxima vez que nos veamos no tendré piedad de ti.
Baraquiel baja la cabeza, pero finalmente asiente con la cabeza mientras evita mirarme a los ojos.
- Promete que lo cuidarás y jamás permitas que le hagan daño.
Se mantiene en silencio, pero levanta la mirada y en el momento en que observa las lágrimas acumuladas en mis ojos parece rendirse.
- Lo prometo.
- Y tampoco permitas que Devil lo encuentre. Trata de criarlo como un niño normal, aunque deban mudarse todo el tiempo, por favor.
- Será el niño más normal de todos los descendientes de caídos, lo prometo.
No puedo evitar sonreír ante su pequeña broma y camino hacia él para abrazarlo en modo de agradecimiento.
Corresponde a mi abrazo y por unos minutos nos mantenemos en silencio mientras parece que nos despedimos uno del otro.