Ernesto no podía dormir. Desde que vio a su hija postrada en esa cama hospitalaria, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo inerte como una marioneta sin cuerdas, algo se le revolvía por dentro. Una inquietud que no lograba nombrar. Al principio creyó que era el dolor natural de un padre al ver sufrir a su hija. Pero no. Era otra cosa. Una sospecha, un presentimiento que se aferraba a sus entrañas como un puño cerrado. El informe del hospital hablaba de un accidente automovilístico. Una pérdida de control. Una colisión leve. Nada que explicara el estado en el que Gina se encontraba. Lo primero que hizo fue contactar a un viejo amigo en Alemania, el doctor Klaus Heinemann, neurólogo y especialista en trastornos del estado de conciencia. Klaus llegó dos días después, y tras revisar todo

