El padre de Gina llegó al hospital hecho una furia. Su rostro estaba desencajado, los puños apretados y la voz rota de impotencia. Pero al entrar a la habitación y ver a su hija postrada, con la mirada anegada en lágrimas, todo el enojo se convirtió en desesperación. Cayó de rodillas a su lado, le tomó la mano con cuidado y le susurró entre sollozos: —Voy a sacarte de aquí, hija. Te lo prometo. Buscaré a los mejores médicos. Vas a volver a ser la de antes. Nadie te va a quitar la vida que mereces. Gina quería gritar, quería aferrarse a él, pedirle que no la dejara sola, que no confiara en Gerald. Pero no podía. Sólo sus ojos, inyectados en lágrimas, hablaban por ella. “¡Papá, sácame de aquí! ¡Ayúdame! ¡No lo dejes estar cerca!”, gritaba en su interior. Gerald, al ver la escena, se acerc

