Durante esa semana en la que Gina estuvo con sedación, Ben no dejó de buscarla. Acudía todos los días a su casa con la esperanza de encontrar alguna señal: una luz encendida, una ventana abierta, algo. Pero nada. Todo estaba cerrado, silencioso, muerto. Su corazón le decía que algo andaba mal, pero su mente trataba de convencerlo de que tal vez ella se había ido de viaje con Gerald, como le había dicho. Finalmente, derrotado por la impotencia, tomó la mano de Emma una tarde y le dijo con voz rota que regresarían a Nebraska. No podía hacer más. Si ella estaba decidida a seguir con Gerald, no había nada que él pudiera hacer. Gina abrió los ojos con lentitud, como si emergiera de un sueño viscoso, profundo, cubierto de sombras. La luz blanca del techo la cegó un instante, y el zumbido de las

