Mi corazón palpitaba con fuerza y no precisamente por él sube y baja del columpio, o de lo alto que subía. No él palpitaba dichoso de felicidad, pues jamás ni en mis sueños más alocados, llegué a imaginar que mi jefe, el hombre del que estaba enamorada, estaría empujándome en un columpio mientras yo reía.
Sencillamente era de locos, pero era lo que estaba sucediendo, y maldita sea… No quería que acabase, deseaba que el tiempo se congelase para toda la eternidad.
Pero como el querer era una cosa, y la realidad otra muy distinta, el columpio se detuvo, se colocó delante mirándome con bastante seriedad
— Es mi turno—
— ¿Qué?—cuestioné atónita, sacudí ligeramente la cabeza creyendo haber escuchado mal
— Es mi turno, así que levántate—miré sus ojos en busca de alguna señal de ser una posible broma, pero no había nada
— ¿Lo está diciendo completamente en serio?—pregunté a lo que rodó los ojos asintiendo, de mis labios salió una sonora carcajada
— ¿Ahora quien se comporta como un niño?—cuestioné sin poder dejar de reírme ante la situación
Al ponerme de pie, me quedé callada de forma abrupta, estábamos muy juntos, levanté la cabeza mirándolo a los ojos quedando como de costumbre inmersa en ellos
— Supongo que ambos lo somos en cierto modo—dijo acortando más la distancia entre los dos, su cálido aliento chocó contra mi rostro haciendo que me estremeciera ligeramente
— Supongo que si…—susurré desviando mis ojos a sus labios, me sentía tan tentada de asaltarlo con un beso, la cosa empeoro cuando se humedeció los labios
Respiré hondo haciendo uso de todo mi autocontrol para no cometer una locura, me revolví un poco el cabello pasando a su lado, me coloqué detrás del columpio poniendo distancia entre ambos
— ¿Todo bien?—me estremecí, no sabía muy bien si fue ante la pequeña fría brisa o ante su maldito tono de voz tan sensual
— Si… Siéntese, lo empujaré—dije forzando una sonrisa, suspiró negando con la cabeza
— Alessia—volví a estremecerme— Tutéame, es extraño que no lo hagas, aunque pongamos de excusa el trabajo… Comenzarán a sospechar—
— Lo siento, pero es complicado dejar de hacerlo de un día para otro—
— Ni siquiera lo intentas—se quejó cruzándose de brazos
— Si lo hago—dije frunciendo el ceño— Pero estamos solos, no veo necesidad de hacerlo—me encogí de hombros, suspiró acercándose un poco a mí
— Debes hacerlo incluso estando solos—
— Es que es raro tutearle, además el lunes todo volverá a la normalidad—se quedó mirándome unos instantes en silencio, volvió a suspirar negando
— Solamente, tutéame—
— ¿Y si no que?—cuestioné alzando una ceja, comenzó a acercarse lentamente, con el rostro completamente serio
Cada paso que él daba, yo lo retrocedía ligeramente asustada, por un instante, me había olvidado que él era mi jefe, mi espalda chocó contra el tronco del árbol, colocó sus manos a ambos lados de mi cabeza, en ningún momento sus ojos se apartaron de los míos, estos me miraban con frialdad, como hacia cada vez que estaba enfadado, se inclinó sobre mí, haciendo que su aliento chocase contra mi rostro
— Sino… Tendré que castigarte—susurró en mi oído haciendo que me quedara estática ante esas palabras
Se alejó de mi oído mirándome a los ojos, en los suyos había cierto brillo que no comprendía, me sobresalte al sentir sus manos deslizarse por mis caderas pegando nuestros cuerpos, el aroma de su perfume se coló por mis fosas nasales, cerré momentáneamente los ojos aspirándolo, amaba su fragancia, me volvía loca, volví a sobresaltarme cuando su nariz chocó contra la mía, ladee la cabeza al igual que él, antes de que siquiera nuestros labios se rozaran, nos detuvimos ante el estridente sonido de su móvil.
Nos quedamos unos segundos mirándonos, su mirada parecía algo confusa, se alejó de mí contestando la llamada, solté el aire que estaba conteniendo, vi cómo se alejaba más hablando, suspiré sintiendo como mi cuerpo temblaba, mi corazón palpitaba con fuerza, cerré un momento los ojos respirando hondo, comencé a mirar a mi alrededor intentando tranquilizarme.
Mientras él seguía hablando, empecé a sacar fotos, realmente era un paisaje hermoso que merecía ser inmortalizado, miré hacia mi jefe, se veía tan guapo con esa gabardina gris, su jersey de cuello alto blanco, me mordí el labio, levanté el móvil en su dirección y como toda una acosadora, le saqué una foto. Me quedé contemplándola unos instantes, había salido realmente bien, suspiré empezando a tomarme fotos a mí misma
— Deberíamos sacarnos fotos juntos—me sobresalté ante eso, miré a mi jefe el cual sonreía de lado
— ¿Se ha propuesto matarme de un susto?—cuestioné con una mano en mi pecho, sintiendo mis latidos ir a toda velocidad
— No seas exagerada—rodó los ojos, me agarró del brazo tirando de mí pegándome a él— Ahora sácanos una foto—más que pedir eso sonó a orden, suspiré asintiendo
Nos sacamos varias fotos juntos, en diferentes posturas, decir que esto no me gustaba sería una gran mentira, contemplaba las fotos con una pequeña sonrisa, habían quedado demasiado bien, realmente parecíamos una pareja
— Quiero verlas—comentó arrebatándome el móvil, suspiré ante su acción— Vaya…—dijo haciendo que lo mirase, me quedé helada al ver la foto que le había sacado
— Puedo explicarlo…—
— ¿De verdad?—cuestionó con cierto tono de burla— ¿Me pregunto si hay más?—comenzó a pasar las fotos, rápidamente me acerqué intentando quitárselo, pero levantó su brazo impidiéndomelo
— Por favor señor—supliqué sintiendo mi cara arder de la vergüenza que sentía
— Bingo—canturreo con una amplia sonrisa, le dio la vuelta al móvil dejándome ver una de las fotos que le saqué en la oficina— ¿A esto se dedica en vez de trabajar señorita Giordano?—preguntó alzando una ceja, me mordí el labio agachando la cabeza, no podía mirarlo, la vergüenza que sentía era enorme
— Señor… Yo de verdad que lo lamento—sentía un fuerte nudo en mi garganta, tenía ganas de echarme a llorar— Comprendo si después de esto considera despedirme—a medida que decía eso mi voz se iba rompiendo
— No voy a despedirte, así que relájate—dijo colocando sus dedos en mi mentón levantándome la cabeza haciendo que lo mirase, suspiró con una pequeña sonrisa— Pero sobre todo, no llores—
— Lo siento…—
— No me pidas perdón—negó con la cabeza mientras que con sus dedos limpiaba mi rostro con delicadeza, nos quedamos en silencio mirándonos
— ¿Por qué no me despide?, cualquier otro en su lugar, lo hubiera hecho desde que descubrió la carta—pregunté en un tono bajo, él sonrió de lado
— Cierto, pero… A mí me gusta que seas mi secretaria—sonreí ante sus palabras
— ¿Eso es que lo hago bien?—
— Eso es… Que me acostumbré a tu torpeza—mi sonrisa desapareció, la suya se volvió maliciosa, entrecerré los ojos sintiendo unas ganas de quitarme la bufanda y ahorcarlo con ella, iba a decir algo, pero me quedé callada ante alguien diciendo nuestros nombres.
Era Bonnie, se acercó con una sonrisa a nosotros, comenzamos a charlar sobre lo que nos habían parecido las actividades, y la charla instructiva. Pronto apareció Arnold para avisar que debíamos entrar para que la nueva actividad diera inicio, entramos a la villa, fuimos al salón donde los demás nos esperaban.
Resulto que la actividad consistía en que una pareja hacia la cena, otra colocaría la mesa y la retiraría, la última fregaría todo, ante esa noticia miré a mí alrededor, se veían preocupados, pues ninguno tenía pinta de saber cocinar ni un triste huevo y sobre todo, no tenían pinta de haber fregado un plato en su vida.
Se hizo un sorteo en el que a nosotros nos tocaba cocinar, eso me alegro, no quería una intoxicación ante lo que otros pudieran preparar, al entrar en la cocina quede sorprendida, era realmente grande
— ¿Qué vamos a preparar?—cuestionó abriendo la nevera
— ¿Acaso sabe cocinar?—lo miré impresionada
— Claro que sé, te recuerdo que vivo solo, he de alimentarme—asentí aunque él no me miraba— Bien haremos pasta con salsa de calabaza—dijo sacando de la nevera algunas cosas para dejarlas en la encimera
— De acuerdo, ¿Qué parte hago yo?—pregunté acercándome
— La salsa—me pasó la calabaza que estaba ya triturada, suspiré asintiendo
En silencio empezamos a cocinar, aunque realmente yo estaba haciendo todo lo “difícil”, mientras él veía como la pasta se cocía, de nada me servía quejarme, él mandaba al fin y al cabo, agarré el cucharón probando la salsa
— ¿Esta lista?—cuestionó a mi oído haciendo que me asustara, al girarme el contenido del cucharón le salpico en la cara
— Oh dios mío, lo siento muchísimo—dije agarrando rápidamente un trapo empezando a limpiar su rostro, aunque le había caído gran parte en el jersey
— ¿Esto ha sido una venganza?—preguntó mirándome serio
— No, claro que no, fue sin—me quedé callada cuando en un rápido movimiento me arrebato el cucharón, lo sacudió manchándome la cara
— Lo mío si ha sido una venganza—dijo sonriendo maliciosamente, respiré hondo pasando el trapo por mi cara limpiándome un poco
Intente arrebatárselo, pero lo alejo de mí, volví a intentarlo, pero resbale cayendo hacia adelante chocando contra su pecho
— Lo siento—levanté la cabeza mirándolo, quedando prendada en su mirada de inmediato, sentí una mano en mi cintura estrechándome más contra su cuerpo
— ¿Ya está la cena?—cuestionó Arnold entrando en la cocina haciendo que nos separásemos— ¿Pero qué os ha pasado?—nos miró con diversión
— Un pequeño accidente—dije forzando una sonrisa
— Ya veo… Si todo está listo, es mejor si vais a cambiaros—asentí, con la mirada en el suelo salí a pasos apresurados de la cocina
Al entrar en la habitación comencé a caminar de un lado a otro, me sentía confusa con todo lo que estaba pasando en el trascurso del día, en más de una ocasión habíamos estado a punto de besarnos, y eso no tenía lógica, no la tenía, él no sentía nada por mí… Me detuve en seco mirando hacia el espejo de cuerpo entero que había, ¿o sí?, negué con la cabeza desechando esa idea, era una idiotez, él seguía enamorado de su mujer
— Pareces un león enjaulado—
— ¡Por el amor de dios!—exclamé dando un salto, me lleve las manos al pecho— ¿Por qué demonios parece un ninja?—cuestioné a lo que él se encogió de hombros
— ¿Todo bien?—preguntó, asentí forzando una sonrisa aunque realmente no estaba bien, tenía dudas con respecto a su comportamiento, porque una cosa era delante de todos, y otra, era a solas
— Será mejor cambiarnos, deben estar esperándonos—asintió acercándose al armario
Una vez que nos cambiamos, bajamos al comedor, justo como había dicho nos estaban esperando, nos sentamos empezando así la cena junto a una conversación, en la cual apenas participaba, tenía mi cabeza en otra parte.
Después de la cena, fuimos a la parte trasera de la casa, nos sentamos alrededor de una fogata mientras hablaban de cómo solucionar conflictos entre la pareja durante el sexo, suspiré ante eso, parecía que estaban dispuestos a solo hablar de sexo.
Después de la charla, decidieron empezar una conversación normal, algo que sinceramente agradecía, pues hablar de sexo me incomodaba, no era virgen, claro que no, pero escuchar de eso teniendo a tu lado a la persona de la que estás enamorada… Sencillamente no es una agradable situación.
— Para ser tan jóvenes, no sois muy cariñosos—comentó Gina mirándonos
— ¿Por qué lo dice?—cuestioné
— Bueno, mi hija y mi yerno deben tener más o menos vuestra edad, ambos no paran de abrazarse, darse la mano, pero sobre todo no dejan de darse besos o decirse palabras cariñosas—dijo haciendo que me tensara, miré de reojo a Arnold que nos miraba con suspicacia
— Eso es porque Alessia es algo tímida en público—miré a mi jefe con los ojos algo entrecerrados
— No sé, sencillamente no me parecéis una pareja—volvió a comentar Gina, me mordí el labio nerviosa, no podíamos haber sido descubiertos tan pronto
Sin que lo esperase unas manos agarraron mi rostro haciendo que girase la cabeza, unos cálidos labios se posaron sobre los míos, mis ojos se agrandaron ante la sorpresa, mi corazón se detuvo una fracción de segundos, para después comenzar a bombear a toda velocidad, sentía fuegos artificiales estallar en todo mi cuerpo.
Sus labios se movían con suavidad sobre los míos, cerré los ojos empezando a corresponder con la misma intensidad, con cada roce una descarga me recorría desde el estómago al resto de mí, sentía un cosquilleo sobre mis labios, su mano se posó en mi nuca profundizando más el beso.
Pronto tener que respirar se volvió una necesidad, poco a poco disminuimos el beso hasta que sencillamente nos separamos, unió nuestras frentes, escuchaba su respiración igual de agitada que la mía.