CAPITULO XV

1592 Words
JACK. Tomo mi ropa del perchero con rapidez y me la pongo sin hacer ruido, el silencio en la habitación es pesado, como si el tiempo se hubiera detenido. La miro, todavía sentada en la cama, envuelta solo en una toalla, su piel aún húmeda por el agua caliente de la ducha. Un suspiro escapa de mis labios, pero intento mantenerme firme. La imagen de su fragilidad, de su cuerpo tan expuesto y vulnerable, me estremece. —Voy directo a traerte ropa limpia. Después saldré a solucionar lo que te dije —le aseguro, aunque mi voz suene algo quebrada. Me acerco, no puedo evitarlo, y la beso en la frente, un gesto que me sabe a despedida- Trataré de no demorarme. Me alejo rápidamente de la habitación, pero no sin antes hacer una última mirada hacia ella. La veo seguirme con los ojos, con esa mirada llena de algo que no sé descifrar, pero que duele. Al cerrar la puerta detrás de mí, me tomo un segundo para respirar, para calmar mi mente antes de entrar al torbellino de caos que me espera. Camino por el pasillo como si nada estuviera ocurriendo, como si este fuera un día cualquiera. La verdad es que lo estoy haciendo por ella. Todo lo que hago, cada paso que doy, cada decisión que tomo, está dirigido a sacarla de este infierno en el que se encuentra atrapada. Lo que más me desespera es la idea de no poder salvarla de todo lo que ha vivido, de todo lo que ha soportado. Al llegar a la habitación de Isabella, la puerta se cierra detrás de mí con un leve clic. Ingreso y voy directo al armario, mis manos recorriendo la madera con cierta brusquedad. La cómoda está justo donde recuerdo que debería estar, y al abrir uno de los cajones, la realidad se me cae encima con un peso insoportable. Dentro de aquel cajón encuentro cosas que nunca debería haber visto, cosas que no solo me desgarran por dentro, sino que me llenan de una furia que me consume. Collares de perro, grilletes, látigos, pinzas, candados, cuchillas y otros objetos sádicos que nunca imaginé que existirían, mucho menos que Isabella, mi Isabella, estuviera tan cerca de ellos. Mi respiración se acelera, y puedo sentir el ardor de la rabia subiendo por mi garganta. ¿Cómo pudo ese maldito hacerle esto? ¿Cómo se atrevió a tocarla, a dañarla de esa forma? Mi cuerpo tiembla, no solo de ira, sino también de impotencia. Este hombre, Dominic, no es solo un monstruo, es un demonio en carne y hueso, y lo peor es que se ha llevado lo mejor de Isabella, la parte de ella que yo deseo proteger con cada fibra de mi ser. En ese momento, un peso profundo se posa sobre mi pecho, ahogándome en una mezcla de culpabilidad y frustración. Me arrepiento de no haber llegado antes, de no haberla salvado de ese monstruo hace mucho tiempo. Cada segundo que la he dejado en las manos de ese hombre me tortura aún más. Sé que la vida de Isabella nunca debió ser esa, nunca debió pasar por lo que ha pasado. —¡Maldito enfermo! —murmuro entre dientes, mientras aprieto los objetos con fuerza. Es un esfuerzo contenerme. Tomo una respiración profunda, inhalando y exhalando, luchando por calmarme. Saco el cajón con un movimiento brusco y lo arrojo al suelo. El sonido de la madera al estrellarse contra el suelo es como música para mi alma rota, pero la paz no llega. Por un momento, todo se vuelve borroso. Mi visión se empaña con una niebla roja y mi mente grita en desesperación. Doy vueltas en la habitación, mis pasos resuenan, pero nada parece apaciguar mi furia. —Esta noche Isabella se irá de aquí —me repito una y otra vez, tratando de calmarme. No puedo perder el control ahora, no cuando todo depende de mí. Finalmente, después de unos momentos que parecen eternos, logro encontrar lo que buscaba: ropa limpia, algo para que Isabella pueda ponerse cuando salga de aquí. No puedo permitir que nada interfiera en este plan. Mi mente se enfoca en lo que debo hacer, en el escape, en lo que nos espera después de que todo termine. Salgo de la habitación, dejando el desastre tal cual. No tengo tiempo para limpiar, ni para pensar en lo que significa todo esto. Todo lo que importa es sacarla de aquí, protegerla de él. De Dominic. De todo lo que representa este lugar. Bajo las escaleras, sin prisa pero con determinación. El mismo empleado de antes aparece en mi camino. Su presencia no me sorprende, pero el nerviosismo en su rostro me hace pensar que algo no está bien. Al principio, divaga un poco, como si no supiera qué decirme, pero finalmente se acerca, cauteloso. —¿Qué? —pregunto, mi voz más baja de lo habitual, mi paciencia al límite. —El señor Dominic está muy cabreado. Dice que usted no contesta su teléfono. —Dame el tuyo —extiendo la mano, no hay tiempo para perder. El hombre me entrega su teléfono, y rápidamente marco el número de Dominic. El teléfono suena solo un par de veces antes de que su voz áspera y encolerizada resuene en mis oídos. —¿Qué pasó con ese hijo de puta? —es lo primero que escucho al otro lado de la línea. —Dominic —respondo, tratando de mantener la calma, aunque es difícil. —¡Ah, eres tú! ¿Qué hiciste con tu puto teléfono?! —grita, su tono completamente furioso. —Se cayó... quedó vuelto mierda —respondo con desgana, respirando profundamente para mantenerme en control. —¿Pasó algo? —¿Isabella? —Está bien. Hace poco pasé a dar una ronda por allá —sonrío con malicia, intentando mantener la compostura. —¿Está calmada? O se comporta como rebelde? —ríe con tono cruel. —Dime la verdad, así disfrutaré castigándola cuando vuelva. —Todo bien —respondo con la mandíbula apretada, con el corazón acelerado. —El ruso? —Parece que todo está saliendo como esperaba —suspira con satisfacción. —Él ha empezado a confiar en mí. Así me será mucho más sencillo llevar a cabo mis planes. —Entiendo —respondo secamente, sin dejar que mi enojo se filtre a través de mi voz. —Debo irme, hay algo pendiente aquí. —Compra un teléfono, imbécil —responde de manera cortante y cuelga sin despedirse. Lanzó el teléfono de vuelta al empleado y me dirijo directo a la salida, mi mente enloquecida por lo que acaba de escuchar. Dominic cree que está ganando, que está en control, pero no sabe lo que está por venir. Tomo una de las camionetas y me marcho a toda velocidad. El viento azota mi rostro, pero no me importa. Mi mente está enfocada en un solo objetivo: llevar a Isabella lejos de este infierno, lejos de él. Mi plan es simple, aunque peligroso. Refugiar a Isabella en casa de una amiga cercana a mi madre. Una mujer que Dominic no conoce y que vive en otra ciudad. Sé que la recibirá con los brazos abiertos. Además, le dejaré suficiente dinero para que ella pueda mantenerse mientras todo se soluciona. Llego al teléfono público, mi lugar secreto donde siempre me comunico con Beatrice. Ella es mi única aliada en este mundo de caos, la única que no me juzga, la única que siempre me ha apoyado. La veo como una madre, aunque nunca lo ha sido realmente. La respeto profundamente. —¿Hola? —responde una voz rasposa al otro lado de la línea. —Hola, viejita, ¿cómo estás? —¡Alabado sea Dios! Jack, hijito. Llevas varias semanas sin hablarme. Estaba tan preocupada —susurra con cariño, aunque puedo escuchar el leve temblor en su voz. La imagen de ella se forma en mi mente, una mujer mayor con el cabello canoso, siempre sonriente, pero con un leve temblor en las manos debido a la edad. —Perdona, viejita, es que… he tenido bastantes líos. Dominic ha vuelto a traerme para ser su mano derecha. —¿Dominic? Creí que estabas encargado de otras cosas. —Lo estaba, hasta hace unos días. Por eso estoy llamando. Necesito pedirte un favor, Beatrice. —Lo que quieras, hijito. —Voy a enviar a una mujer a ti. Necesito que la recibas en casa. —¿Una mujer? Y dime, ¿es acaso alguna conquista? —se ríe, su tono es juguetón, pero también lleno de preocupación. —Algo así. No podría explicarte mucho. Solo necesita un lugar donde refugiarse. —Claro que sí. Sabes que mi casa está a tu disposición, hijo. —Beatrice... No sé lo que vaya a suceder —me detengo un momento, mis palabras se vuelven pesadas. —Te quiero. No permitas que ella vuelva aquí. —¿De qué estás hablando? ¿Por qué suena como si te estuvieras despidiendo? —su voz se llena de angustia. —Sabes que en este negocio nunca sabes cuál es el último día. Cuídate. Espera por ella mañana en la mañana. —Te quiero, Jacky. Cuídate tú también. Recuerda que prometiste verme pronto. Cuelgo sin decir nada más. Mi corazón se pesa con cada palabra no dicha, pero sé que debo seguir adelante. Salgo del teléfono público con paso firme, y con una determinación renovada. No permitiré que Isabella sufra más. Haré lo que sea necesario para protegerla, incluso si eso significa arriesgarlo todo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD