Capítulo 4: El compromiso

1538 Words
IV Lala no se reconocía ante el espejo, no como lucía en ese momento. Su aspecto siempre había sido muy recatado, rayando en el aburrimiento absoluto. Su rostro lavado por completo, su cabello recogido en una coleta, sus faldas siempre hasta debajo de la rodilla, sus medias oscuras, sus zapatos casi ortopédicos, estaban ocultando una mujer hermosa, llena de curvas que harían chocar muchos ojos esa noche. Ese vestido ceñido n***o era más de lo que esperaba, su cabello muy lacio cayendo en sus hombros, su rostro con un sutil maquillaje, todo le gustaba. —Se ve muy bien, señorita —dijo una de las chicas a su servicio—. El señorito va a quedar prendado de usted. —¿Crees que le guste? —preguntó Lala, solo que no era precisamente por su futuro esposo, por el que preguntaba. —Al menos muy sorprendido sí estará, las fotos que le llegaron de usted eran algo… rígidas. Lala sonrió un poco, rígidas era poco para las imágenes de convento que le debieron llegar a él. Esa noche no quería pensar, solo deseaba disfrutar de ella misma, de su vista. Estaba tratando de hallar una forma de huir de ahí, pero verse así, le causaba alegría. Una sirvienta algo mayor le dijo que tenía unos 15 minutos antes de bajar, pues ya la esperaban. La novia se quedó algo ansiosa, ya que se escuchaban muchas voces en la planta baja, cuando se suponía que era una cena meramente familiar. No se equivocaba, solo que la familia Redmount era demasiada y nadie quería perderse el espectáculo del sacrificio de una tonta chica virgen que se ataba a un heredero que no servía para nada. Dos pobres diablos que solo perpetuaban una horrenda tradición, o maldición, con el único fin de seguir siendo ricos. Se vio de nuevo, 23 años, de piel muy pálida, de ojos azulados. Sus manos tenían las uñas muy cortas, pero igual fueron arregladas y pintadas de un color gris brillante. Su rostro, esas joyas que no sabía de quién pudieron ser, esos hermosos pendientes, toda ella disfrazada de lujos que no deseaba. Solo le gustaba verse diferente y hermosa. Miró hacia la puerta, ¿se sorprendería Kyle de verla? Movió su cabeza, ese no era el momento de pensar en su cuñado. Tenía que salir con la cabeza muy en alto y mostrarle a todos que odiaba su matrimonio arreglado, así tal vez alguien se compadeciera de su situación y la ayudara a escapar. Caminando muy despacio, con miedo de caer de esos zapatos, al fin se aventuró a salir para enfrentar a la bestia. Unos pasos afuera de esa habitación, dos tropezones más y estuvo a mitad del pasillo. —¿Necesitas ayuda? Esa voz, claro que reconocía esa voz. Giró su cabeza y encontró a su cuñado muy bien vestido, a unos pasos tras ella. No dijo nada, solo lo observó esperando que él notara alguna diferencia. —No, gracias… creo que puedo lograrlo —respondió devolviendo su vista hacia las escaleras. —Se ven muy altos esos zapatos, no es lo que acostumbras. Lala se miró los pies, luego regresó los ojos a él. ¿Eso era lo único que notaba? Bueno, el término de hombre de hielo le quedaba muy bien. Sin embargo, la sensatez volvió a su ser y supo que no era a él a quien debía agradar, en realidad a nadie. Molesta de la nada empezó a caminar despacio dejando a Kyle atrás. Sintió que la seguía y se detuvo de golpe. —¡No me sigas! —espetó moviendo su cabeza. —No lo hago, pero vamos a la misma cena. Lala se quedó sin argumentos, aun así no se permitiría detenerse para que él la pasara. Poco a poco empezó a tomarle el ritmo a los tacones y su seguridad aumentó. Solo que en un pequeño pliegue de la alfombra tropezó y ya iba de narices al piso, cuando sintió que la tomaron por fuerza con un brazo y la levantaron de igual manera. —Ten cuidado, por favor. Una caída o un golpe podría arruinar lo bien que te ves. La jovencita levantó la vista y la dirigió directo a los ojos grandes e inexpresivos de Kyle. Él parecía más una estatua en su rostro, sin variación alguna. Lala se apoyó de su brazo y le dio las gracias por haberla sostenido, aunque internamente lo hizo más por su comentario que pareció un cumplido. Se dejó llevar del brazo de ese alto e intimidante hombre hasta el final del pasillo, ahí él le dijo que tendría que bajar sola, que tuviera cuidado. Tragó saliva muy grueso, de seguro eran de esas reuniones en que todos iban vestidos de brillantes y que la mirarían con desprecio. Sus manos manicuradas empezaron a temblar, pero tendría que hacerle frente a lo que fuera para salir de ahí. Llegó a la punta de las escaleras y vio hacia abajo, donde muchos rostros desconocidos la empezaron a mirar. Una singular algarabía se escuchó cuando la vieron asomarse, cosa que la dejó muy asombrada. La fiesta no parecía ser de ancianos pretenciosos, había muchos rostros jóvenes que empezaron a aplaudir ante su presencia. No tenía idea de quién era toda esa gente, que parecía feliz con ella. De la nada, un hombre joven y vestido de estrafalario color rojo le extendió la mano para que ella la tomara. Lala solo actuó de manera inconsciente y la tomó, necesitaba ayuda con los escalones. —¡A todos! ¡Familia, quiero presentarles a mi prometida, en dos días más, mi esposa! Lala por poco se desmaya al conocer por fin a su futuro esposo, que parecía hacer parte de una comparsa, ya que tenía apariencia de todo, menos de un tipo serio que iba a casarse. El hombre le dio un leve beso en la mejilla y pudo así observarlo de cerca, su cabello era oscuro, muy alborotado, sus ojos muy grandes, su rostro muy delgado. La chica no podía dejar de mirarlo, ¿ese era el fabuloso heredero al que se uniría? Parecía más un alegre maromero que el hijo mayor de una familia tan poderosa. Sin que se lo esperara, la cargó en sus brazos y la bajó rápidamente por las escaleras. Los otros jóvenes parecían ser los muchos primos de la casa principal Redmount, que le daban la bienvenida a esa horrenda familia. Lala no esperaba ese tipo de cena, pensaba que todos eran unos horrendos estirados y que esa reunión debía parecerse más a un funeral que a una reunión de compromiso. Recibió un chocolate relleno de licor, esos eran los entremeses. De repente, hubo un silencio escalonado que llegó hasta ella y su futuro esposo, que parecía ya ebrio. Kyle arrastraba una silla de ruedas y en esta, iba sentado un abuelito muy muy mayor. Tenía una sonrisita en sus labios, sus ojos casi no podían abrirse y los adornaban unos lentes redondos. Él era el mayor de los Redmount, el señor de señores. Kyle detuvo la silla frente a los futuros esposos y el abuelo extendió su mano. A su vez, Kaylan que tomaba la de su prometida, también la extendió para que el anciano las tomara. Eso hizo, luego dijo algo inaudible y se quedó con la de Lala. —Niña, bienvenida a la familia Redmount. Que tu matrimonio sea próspero y llenes de alegría este hogar con tus hijos y los de mi nieto Kaylan. Ustedes dos seguirán trayendo prosperidad a esta familia. Dicho eso, con voz pausada y ahogada, todos gritaron al unísono por la pareja. Lala, en cambio, estaba aterrada. ¿Qué era todo eso? No podía ser aquello una fiesta formal, más parecía una discoteca. Kyle arrastró la silla de ruedas hasta afuera de la casa, el abuelito se iba. Ella como pudo los siguió, ya que a su futuro esposo no parecía importarle si estaba ahí o no. —¡Kyle! —dijo en voz alta—. ¿Qué es esto? —Tu cena de compromiso… —Kyle terminó de dar unas instrucciones al conductor oficial del anciano y el auto arrancó por fin. —¡Eso allá dentro es un maldito circo! Incluso mi esposo luce como un payaso… —Kaylan es algo… extravagante y festivo. No sé que más decirte. No fue la manera correcta de elegirte, ni de conocerlo, ni de nada. Pero así ha sido para cada heredero de la familia. Mi hermano rompe un poco las normas… aun así es el mayor y nada puede hacerse. —¿Por qué no fuiste tú? La pregunta al aire de Lala hizo que Kyle detuviera su paso. Por primera vez pudo ella una expresión de desconcierto en ese rostro hermoso y de piedra, se le notaba que no se esperaba aquello, aunque no sabía bien lo que pudiera estar pensando. Desde el balcón principal, Kaylan observaba con mucha atención la situación, la actitud de su aburrido hermano menor y el desespero de Lala. Bebiendo de su copa, acariciando el cabello de otro jovencito, de seguro su amante, sonrió; las cosas podrían estar muy a su favor en ese matrimonio arreglado con esa monja. *** Fin capítulo 4
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