XXIII Se levantó de la cama con todo el dolor del mundo por dejar a Lala ahí, dormida, cansada, bañada en su sudor. Tenía que salir de ahí antes que ella, llegar a la mansión con sus mil parientes y fingir que nada pasaba. Eso era lo más atroz de todo, tener que hacer que nada pasaba cuando se ahogaba en sus propios sentimientos. Miró a la observadora, esa mujer que se cubría con una capa de enorme capucha, que tenía su rostro cubierto por una máscara, máxima autoridad de la verdad. Qué ironía. No se quiso bañar, no quiso nada, cuanto más tuviera el aroma del sexo sobre él, era mejor. Quería sentir todo lo que fuera posible, los arañazos de esa mujer en su piel, sus labios ardientes que lo quemaban cada vez que se posaban en los suyos, esos gemidos que le suplicaban por más, con su nombr

