Capítulo 30: La Guerra de las Recetas

1170 Words
Valentina estaba exhausta. Había pasado todo el día frente a la computadora, con más correos electrónicos de los que podía contar y varias reuniones que no tenían nada que ver con su trabajo, pero que, por alguna extraña razón, siempre terminaban involucrándola. En medio de todo el caos, recibió una llamada de Alejandro. Había algo en su tono que hizo que su estómago se revolviera. —Vale, tengo una sorpresa para ti —dijo Alejandro, con una voz que sonaba a mitad de desafío y mitad de diversión. Valentina suspiró, ya estaba acostumbrada a sus sorpresas, pero rara vez eran buenas. —¿Qué tipo de sorpresa? —preguntó, tratando de no sonar tan escéptica. —Te espero en casa. Vamos a hacer algo juntos. Una "guerra de recetas". —¿Una guerra de recetas? —Valentina parpadeó, claramente confundida. Esa no era exactamente la sorpresa que había imaginado. Pensó en lo más posible: Alejandro, el hombre que trataba de mostrar una capa de frialdad en todo, metido en la cocina, probablemente armando un desastre. —Sí. Tú y yo. Cocina contra cocina. No quiero que te hagas ideas raras, pero lo vamos a hacer divertido. Así que apúrate, no me hagas esperar. Valentina no sabía si estar aterrada o emocionada. En un principio, pensó que era una broma. Pero cuando colgó y vio que el sol comenzaba a ponerse, se dio cuenta de que realmente iba a enfrentar una "batalla" con Alejandro, el hombre que solía tener toda la cocina de su vida organizada como un ejército en formación. Al llegar al departamento de Alejandro, lo encontró con un delantal oscuro que decía: "El rey de la cocina". Valentina se detuvo por un segundo, mirándolo con una mezcla de incredulidad y diversión. —¿De verdad? ¿El rey de la cocina? —preguntó, cruzándose de brazos. —Sí, porque ya sabes, soy un hombre de muchas habilidades —respondió él, sonriendo de manera provocativa. Valentina levantó una ceja. —¿Cómo? ¿Sabías que a veces el microondas es tu peor enemigo? —bromeó, señalando el pequeño desastre de envases de comida rápida y cajas de pizza en la esquina. —Vale, no me hagas hablar, o te cuento cuántas veces he visto el arroz pegado al fondo de la olla en tu casa. —Él se cruzó de brazos, haciendo una cara de superioridad. Valentina soltó una risa nerviosa. Ya sabía que esta guerra de recetas no sería un combate justo, pero tenía que intentarlo. —Ok, ¿cuál es el plan? —preguntó, dejando de lado sus dudas. —Nosotros dos cocinamos un plato. Tú eliges el tuyo, yo elijo el mío. Y luego, un jurado imparcial —dijo Alejandro, señalando el perro de la vecina que solía merodear por el edificio. —El perro juzgará cuál de los dos es el ganador. Valentina no pudo evitar reírse a carcajadas. —¿En serio? ¿El perro va a ser el juez? —Sí, porque el perro es el único que realmente sabe lo que es comer bien. Los humanos somos unos desastres. —Alejandro encogió los hombros con una actitud relajada. Valentina negó con la cabeza, sin poder contener la sonrisa. Ya estaba empezando a entender que esta "sorpresa" no era tan mala después de todo. Sin embargo, el hecho de que Alejandro estuviera tan seguro de su habilidad culinaria le dio miedo. —Ok, entonces. Voy a hacer una receta que me va a dejar con la victoria. Un risotto con camarones y salsa de mango. —dijo Valentina con tono confiado. —¿Risotto? —replicó Alejandro, haciendo una mueca. —Eso es para las mamás. Yo voy a hacer algo realmente impresionante: un filete de res con salsa de vino tinto y puré de papas trufado. ¿Te atreves a enfrentarte a eso? Valentina no pudo evitar poner los ojos en blanco. —Ay, por favor. A lo mejor no sabes, pero el mango es un ingrediente subestimado. Nadie puede resistirse a la combinación de lo dulce y lo salado. Alejandro la miró con esa sonrisa arrogante que tanto le conocía. —A ver, cariño. El vino y las trufas son ingredientes con clase. Lo tuyo son frutas tropicales. —dijo, poniendo una mano en su pecho como si fuera a desfallecer de tanto orgullo. Valentina, aunque se sentía segura de su receta, no iba a dejar que Alejandro se saliera con la suya tan fácilmente. —Mira, lo que tú no sabes, Alejandro, es que el mango es tan versátil como tú eres... bueno, como... como un hombre que no sabe reconocer el verdadero sabor de la vida. Alejandro soltó una risa que hizo eco en toda la cocina. —¿De verdad? ¿Eso me estás diciendo a mí? Tal vez deberías preguntar a tu risotto si le gustaría competir con mi filete de res. —respondió con una sonrisa de desafío. Valentina solo pudo sonreír ante la arrogancia de Alejandro. Sabía que estaba jugando con fuego, pero se sentía lista para esta guerra. Con un último suspiro, se puso su propio delantal (uno con dibujos de unicornios, solo para irritarlo un poco más) y se puso manos a la obra. La batalla comenzó. El tiempo pasó volando entre risas, accidentes y momentos en los que Valentina casi termina con los dedos quemados por no leer bien las instrucciones de su receta. Alejandro, por su parte, estaba tan concentrado en la salsa de vino tinto que no se dio cuenta de que la sartén estaba casi vacía porque había olvidado agregar los ingredientes principales. —¿Seguro que estás haciendo lo correcto? —preguntó Valentina, observando cómo Alejandro parecía estar luchando con la salsa. —No te metas en mi cocina, Vale. Estoy haciendo magia. —respondió él, un tanto indignado. Valentina no pudo evitar reírse a carcajadas. —Magia, ¿eh? Pues la próxima vez, mejor usa un hechizo para no quemar la comida. Finalmente, cuando ambos platos estuvieron listos, Valentina y Alejandro miraron a su "jurado". El perro, claramente confundido, olisqueó los dos platos, dio un par de vueltas y luego se tumbó sobre el suelo, ignorando completamente ambos platillos. Valentina soltó una carcajada. —Parece que nuestro jurado no tiene mucha opinión sobre la comida, ¿eh? —Eso es porque sabe que no hay competencia. —Alejandro, con una sonrisa triunfante, dio un paso atrás, como si ya hubiera ganado. Pero justo cuando pensaba que había triunfado, Valentina le lanzó una mirada fulminante. —¿Seguro que no te confundes? Tal vez el perro sólo tiene buen gusto y se dio cuenta de que tu salsa sabe a vinagre. —dijo, con una sonrisa que no podía esconder. Alejandro, que había empezado a reír, la miró fijamente. —Vale, esto no ha terminado. Vamos a necesitar un jurado humano la próxima vez. Valentina asintió, sabiendo que no había terminado. —Y la próxima vez, te aseguro que el mango será el rey de la cocina.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD