Mañana siguiente. Oficinas Centrales de Van Doren Constructions.
Cassie Van Doren llegó a la torre a las siete de la mañana, esperando que el silencio del edificio antes de que llegara el grueso del personal calmara el caos que sentía en su pecho. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada de Enzo y sentía la manita de Mila en su cadera. Se sentía invadida. Su santuario de acero y cristal ya no se sentía seguro.
Llevaba un traje de sastre azul medianoche que abrazaba sus curvas con una precisión arquitectónica. Su cintura se veía pequeña bajo la chaqueta entallada y sus caderas, ese "espacio para abrazar" que Mila tanto había admirado, se balanceaban con un ritmo decidido mientras caminaba hacia su oficina.
—Café, necesito un café del tamaño de una piscina —murmuró Cassie para sí misma mientras entraba en su despacho.
Pero el destino, o mejor dicho, una miniatura de Moretti con mucha purpurina, tenía otros planes.
En el rincón de su oficina, sentada en la alfombra de seda persa, estaba Mila. La niña llevaba un tutú de color naranja neón sobre unos leggings negros y una corona de plástico que le quedaba un poco torcida. A su lado, Enzo Moretti parecía un hombre que acababa de perder una guerra contra un cepillo de pelo.
—¡Sorpresa! —gritó Mila, levantando los brazos—. ¡Vinimos a ayudarte a construir cosas aburridas!
Cassie se detuvo en seco, sus tacones de aguja casi hundiéndose en la alfombra. Miró a Enzo, quien levantó las manos en señal de rendición.
—Cassie, lo siento. Mi madre y Alessandra se fueron de compras a la Quinta Avenida y dijeron que "una Moretti debe aprender el negocio familiar desde temprano". Me la encajaron en el lobby —explicó Enzo con voz ronca—. He intentado que se quede en mi oficina, pero dice que la tuya tiene "mejores vistas y una mami más bonita".
Cassie sintió un calor subir por su cuello. Se cruzó de brazos, lo que hizo que su busto resaltara, y Enzo no pudo evitar que sus ojos bajaran por un segundo antes de volver a encontrarse con la mirada verde oliva de ella.
—Moretti, esto es una oficina de alta dirección, no una guardería de lujo —sentenció Cassie, aunque por dentro la risa de Mila le causaba una punzada de ternura que odiaba—. Tengo tres reuniones de presupuesto y un peritaje en la zona de muelles. No pueden estar aquí.
Mila se puso de pie de un salto, ignorando las protestas de los adultos. Se acercó al escritorio de caoba de Cassie, donde descansaba una maqueta de cristal de la nueva torre.
—Papi dice que eres muy inteligente —dijo Mila, mirando a Cassie de reojo con una astucia que daba miedo—. Y que tienes un carácter de... ¿cómo era, papi? ¿De mil demonios hermosos?
Enzo se puso rojo como un tomate.
—¡Mila! Yo no dije "hermosos". Dije que... bueno, que eras decidida.
Cassie arqueó una ceja hacia Enzo, disfrutando de su incomodidad por primera vez en años.
—Vaya, Moretti. Veo que tus habilidades de comunicación han mejorado. Antes solo sabías escribir notas de despedida mediocres.
—Cassie, por favor... —susurró él, acercándose un paso.
Mientras los dos adultos se enfrascaban en su duelo de miradas cargado de resentimiento y atracción no resuelta, Mila puso en marcha la Fase 1 de su plan. Había traído consigo su pequeño bolso de "Princesa Guerrera", y dentro de él, un tubo de pegamento extra fuerte que le había robado al equipo de mantenimiento del hotel.
—Mami-Cassie, ¿puedo ver tus dibujos de edificios? —preguntó Mila con una voz tan dulce que habría alertado a cualquiera que conociera sus antecedentes criminales con las niñeras.
—No soy tu mami, Mila —repitió Cassie por centésima vez, pero se acercó al escritorio—. Y no son dibujos, son planos estructurales. Ten cuidado, son delicados.
Cassie se inclinó sobre el escritorio para mostrarle un plano digital en su tableta. Al hacerlo, su figura quedó peligrosamente cerca de la de Enzo. Mila, aprovechando la distracción, vertió discretamente un poco de pegamento en la superficie de la silla de cuero de Cassie y, con una rapidez asombrosa, también puso un poco en el borde del saco de Enzo cuando este se apoyó para mirar la tableta.
—¡Oh, mira! —exclamó Mila, señalando hacia la ventana—. ¡Un pájaro gigante!
Tanto Cassie como Enzo miraron hacia el ventanal. No había ningún pájaro gigante, solo el cielo despejado de Manhattan. En ese segundo, Mila empujó "accidentalmente" a su padre contra Cassie. Para no caerse, Enzo rodeó la cintura de Cassie con sus brazos, y ella, por puro reflejo, se agarró de sus hombros.
El contacto fue como una descarga eléctrica. Hacía años que no estaban así de cerca. Cassie podía sentir los músculos firmes de Enzo bajo el traje y él podía sentir la suavidad y el calor de las curvas de Cassie. Por un momento, el tiempo se detuvo. El aroma a madera de él y el perfume floral de ella se mezclaron en el aire.
—Perdón... Mila me empujó —susurró Enzo, pero no soltó su cintura. Sus dedos se hundieron ligeramente en la carne firme de la cadera de Cassie, recordando lo mucho que amaba esa sensación.
—Suéltame, Moretti —dijo Cassie, aunque su voz no sonó tan autoritaria como ella quería. Su respiración se había vuelto errática.
—No puedo —dijo él, pero esta vez no era una frase romántica. Su voz sonaba genuinamente preocupada—. Cassie... creo que estamos... atorados.
Cassie intentó separarse, pero sintió un tirón seco. El pegamento de Mila era de grado industrial. Una parte del saco de Enzo se había quedado pegada a la manga de la chaqueta de Cassie, y para empeorar las cosas, cuando ella intentó sentarse para estabilizarse, su falda se pegó al asiento de cuero.
—¡Mila! —gritaron ambos al unísono.
La niña estaba sentada en el sofá de la oficina, balanceando sus piernas con total calma mientras fingía leer una revista de arquitectura al revés.
—¿Qué pasa? ¿Se están dando un abrazo de amor? —preguntó Mila con una sonrisa angelical—. Abuela dice que los adultos necesitan contacto físico para no ser tan amargados.
—¡Has puesto pegamento en mi silla y en mi ropa! —estalló Cassie, forcejeando inútilmente—. ¡Esta falda cuesta más que todo tu armario de tutús!
—No te preocupes, Cassie —dijo Mila, levantándose y acercándose a ellos—. Ahora tienen que estar juntos todo el día. Es el "Destino Pegajoso". Papi, dale un beso para que no se enoje tanto. Las reinas perdonan cuando les dan besos.
Enzo estaba mortificado, pero también, en una parte muy oscura de su mente, estaba agradecido con su hija. Estar pegado a Cassie significaba que ella no podía huir de él. Estaban unidos por el brazo, hombro con hombro.
—Voy a matar a tu hija, Enzo. Lo juro —gruñó Cassie, sintiendo el calor del cuerpo de él pegado al suyo—. Llama a mantenimiento. Ahora.
—Mi teléfono está en el bolsillo del otro lado, Cassie... y tú estás pegada al brazo que necesito usar —explicó Enzo, tratando de no reírse ante lo absurdo de la situación.
Justo en ese momento, la puerta se abrió. Harrison Van Doren entró con una carpeta de documentos, seguido de Sonia, la de Relaciones Públicas, que siempre buscaba una excusa para entrar al despacho de Cassie.
La imagen que encontraron fue digna de un tabloide de chismes: Cassie y Enzo, pegados el uno al otro en una postura que parecía un abrazo forzado pero íntimo, con Mila bailando alrededor de ellos cantando una canción inventada sobre "papis y mamis que se quieren mucho".
—¿Interrumpo algo… esencial para la fusión? —preguntó Harrison, arqueando una ceja con una diversión maliciosa.
Sonia dejó escapar un jadeo de indignada satisfacción.
—¡Señorita Van Doren! En la oficina de presidencia... qué falta de profesionalismo. Y con un cliente...
Cassie miró a Sonia con ojos de fuego.
—Sonia, si no quieres que use mi mano libre para lanzarte por esa ventana, te sugiero que cierres la boca y vayas a buscar quitaesmalte de uñas o acetona a la enfermería. ¡Ahora!
Mila se acercó a Harrison y le tomó la mano.
—Abuelo Harrison, mira. Los pegué para que no se peleen más. ¿A que soy una buena arquitecta de familias?
Harrison soltó una carcajada que retumbó en todo el piso cincuenta. Se agachó para quedar a la altura de Mila y le revolvió el pelo.
—Eres una genio, pequeña. Tu padre nunca habría tenido el valor de acercarse tanto sin tu ayuda.
—¡Papá! —protestó Cassie, sintiendo que sus mejillas ardían—. ¡Ayúdame a despegarme de este idiota!
—No lo sé, Cassie —dijo Harrison, mirando su reloj—. Tengo una reunión en diez minutos. Creo que ustedes dos pueden resolver sus "diferencias estructurales" solos. Moretti, cuida bien de mi hija. Parece que hoy van a ser un equipo... muy unido.
Harrison salió de la oficina de la mano de Mila, quien se despidió con un besito volado. Sonia, tras recibir otra mirada asesina de Cassie, salió corriendo a por el solvente.
Enzo y Cassie se quedaron solos, pegados por la ropa y por una tensión que se podía cortar con un cuchillo. El silencio regresó, pero esta vez era diferente. Enzo bajó la mirada hacia los labios rojos de Cassie.
—¿Sabes? —susurró él, su voz vibrando cerca de su oído—. Mila tiene razón en algo. Eres mucho más suave de lo que recordaba. Y este pegamento... es lo mejor que me ha pasado en cinco años.
Cassie apretó los dientes, tratando de ignorar cómo su cuerpo respondía a la cercanía de él.
—Te odio, Enzo Moretti. Te odio a ti, a tu hija y a tu maldito pegamento.
—Mientes, Cassie Van Doren —respondió él con una sonrisa desafiante—. Tu corazón está latiendo tan fuerte contra mi brazo que parece que va a romper tus costillas. No me odias. Estás aterrada porque sabes que la niña tiene razón. No puedes construir una pared lo suficientemente alta para dejarnos fuera.
La batalla apenas comenzaba. Cassie sabía que este era solo el inicio de una larga y agotadora campaña dirigida por una niña de cinco años. Si quería sobrevivir a los próximos meses sin entregarle de nuevo su corazón a Enzo, iba a necesitar algo más que acero. Iba a necesitar un milagro.
Porque Mila Moretti no aceptaba un "no" por respuesta, y ella ya había decidido quién sería su nueva mamá.