Las palabras de mi hermana me dejaron atónita. No sabía muy bien qué hacer luego de que se fue a la cama. Ya no es aquella niña de quince que se tendía a mi lado para ver las estrellas en el césped de nuestra casa. Ya no ve de la misma forma, ahora solo cree tener frente a ella a una zorra; eso fue lo que me intentó decir anoche. Me miró a los ojos y pronunció aquello; me dolió y mucho. Me dolió porque la amo, es mi compañera, mi sangre y porque sabe que también lo amo a él y no le importa. En ese instante sabía que me sentía mal, sabía que estaba avergonzada y no le importó hundirme aún más en la miseria diciendo lo que dijo. No le importó lo que sentía, así que me fui a mi cuarto, me acurruqué en mi cama y lloré. Lloré el resto de la noche, lloré tan o más fuerte que cuando fuimos a su

