—Buenas noches señoritas —el mundo podría estar lleno de Gustavos, pero en mi destino parece que solo estaba uno— Rigo ¿Ya tiene mucho que llegaste? —se abrazaron y el muy sinvergüenza se sentó también en nuestra mesa. El mesero se acercó de inmediato a ofrecerles la carta y les prometo que yo por lo regular soy bastante prudente pero había tenido la peor semana de la historia, así que mi filtro verbal dejaba mucho que desear. —No se quedarán en esta mesa —le solté al mesero, casi implorando que se los llevara de ahí, el mesero avergonzado los volteó a ver y se disculpó diciendo que regresaría en unos minutos. —¿Nos estás corriendo? —Gustavo levantó tanto las cejas que se le marcaron todas esas líneas, que desde nuestro reencuentro, me habían parecido tan atractivas. —No para nada, per

