CAPÍTULO 4 — Veinte años

1438 Words
Una vez en la ciudad, me volví loca comprando. El señor Torres sufrió ayudándome a llevar todas las bolsas que adquirí. Obviamente, no abusé de él, porque yo también llevé bolsas. Me compré zapatos de todo tipo, ropa de todos los colores, pero en su mayoría oscura, y mucha ropa tipo oversize, porque era lo que más usaba últimamente. Llegué a la casa a eso de las siete de la tarde, porque después de insistirle mucho, Torres me aceptó un café para descansar un rato. No quiso almorzar conmigo y se fue al auto, mientras yo comía. Me sentí terrible al ver que no había comido nada por mi culpa, así que, casi que lo obligué a entrar a una cafetería para tomar un café y comer un pastel pequeño y fue ahí que nos atrasamos, conversando sobre su esposa y sus hijos. Era un tipo enamorado de su familia y eso me provocaba ternura. —¿Dónde estabas? —escuché que alguien me preguntó serio, cuando entramos a la casa con el señor Torres. Era Titán. —De compras —le respondí sin importancia —. Muchas gracias, señor Torres. —Que tengan una buena noche —se despidió de nosotros, pero me parecía que, en realidad, estaba arrancando de Titán. —¿Qué cosas compraste? —preguntó nuevamente serio. ¿Qué acaso jamás quitaba esa cara de amargura de su rostro? —Ropa para mí —traté de tomar todas las bolsas, pero me fue imposible. Lo escuché suspirar frustrado y caminó hacia mí, para ayudarme con las bolsas. —Yo te ayudo, vamos. Me siguió hasta la habitación y agradecí mentalmente que fuera una casa de una sola planta. Una vez ahí, dejó las bolsas en el armario y lo sentí incómodo. —¿Sucede algo? —le pregunté. —La cena está servida. —No tengo hambre —le dije caminando hacia el armario. —¡Está en el contrato! —vomitó las palabras de repente. —¿En el contrato? —Así es. Dice que no puedes descuidar tu imagen. —¿Y qué tiene que ver eso con que no tengo hambre? —Que puedes adelgazar y verte fea. —¡¿Me estás jodiendo?! —No. No puedes saltarte ninguna comida —se giró y salió de la habitación. ¿En serio me había dicho eso? Y, por otro lado, ¿qué más decía ese famoso contrato? Yo ni siquiera lo había leído, confiando en la palabra de mis padres de que todo estaba bien con el famoso papel. Tampoco tenía una copia como para leerlo en ese momento. Salí de la habitación y me fui a cenar para no provocar una discusión innecesaria. Después de todo, sí era verdad que había bajado mucho de peso en esos últimos seis meses. Quizá el hacer videos en r************* había sido el motivo o mi depresión no tratada por el desamor de Neizan. Comencé a preguntarme qué estaría haciendo él con Hellena. ¿Estarían casados realmente? ¿Siendo felices? Ya habían pasado más de dos años, en unos pocos meses llegaríamos a los tres, pero yo seguía pensando en él de vez en cuando. Es que era tan difícil olvidar por completo a quien soñaste con una casa, con muchos hijos, con un matrimonio feliz. A veces lo odiaba y otras veces me gustaba recordar nuestros momentos juntos. A veces me sentía estúpida por haberme negado a tener intimidad con él, cuando lo intentó. Es que con él yo quería hacer las cosas bien, ir despacio, todo a su tiempo, pero él era un chico experimentado en aquella época. —¿Qué haces en tu día a día? —me preguntó dejándome en blanco. Dejé los cubiertos en la mesa y lo miré. —¿A qué te refieres? —¿Trabajas? ¿Estudias? ¿Haces algo? —él cortaba su carne sin mirarme, aún con el ceño fruncido, como siempre. —No, no hago nada —dije con vergüenza. —¿Quieres estudiar? ¿Hacer algún curso? —No lo he pensado. Si quisiera hacerlo… ¿no te molestaría? —le pregunté un poco asustada. Se rio un poco y negó. —Para nada. ¿Qué crees? ¿Qué soy un desgraciado? —No te conozco, así que, puedo pensar cualquier cosa —seguí comiendo. Al parecer, si quisiera estudiar no sería un problema con él. —Pregunta lo que quieras —me miró. Ni siquiera sabía qué preguntar, hasta que recordé lo de las señoras. —¿Qué relación debo tener con Lourdes, Amalia y María? —Solo se cordial y gentil con ellas. Llevan muchos años trabajando con nosotros. —¿Con tus padres igual? —se detuvo por unos segundos, como si por un instante su mente se hubiese ido para otro lugar y luego volvió. —Sí, con ellos también trabajaron. —¿Amalia está enamorada de ti? —bueno, no nos conocíamos bien, pero la verdad, prefería preguntar de inmediato antes de que ocurriese cualquier cosa. —¡¿Qué?! ¿De dónde sacas eso? —se rio un poco. Tenía una bonita sonrisa y debía admitirlo. —No lo sé, solo pregunto —me encogí de hombros. —Que yo sepa… no, no está enamorada de mí. —¿Tienes novia? —se atoró con el vino que estaba bebiendo de su copa y comenzó a toser —. ¡Levanta los brazos! —hice el gesto para que me imitara. —¡¿Qué acaso no me casé contigo?! —dijo como pudo y continuó tosiendo un poco más. —Sí, pero es un matrimonio por contrato solamente. O sea, ¡no soy una tonta! Me imagino que tienes tu amante o tu novia a la que le prometiste casarte con ella, cuando este contrato se acabase —comencé a masticar mi carne. —¡¿Leíste el contrato o no?! —Otra vez con eso, mis padres me dijeron que todo estaba bien. —¡¿Y les creíste?! —¡Claro! Son mis padres —le contesté como una tonta crédula. —Triana, estaremos casados veinte años —tuve que dejar de comer y soltar mis cubiertos. —¿Qué? ¿Veinte años? ¡Me estás molestando! —comencé a reír. De repente, él se levantó de la mesa y me dejó sola cenando. De inmediato se me vino a la mente las veces en que papá se levantaba de la mesa y mamá lo seguía, dejándome sola en la mesa. Minutos después volvió con un papel en las manos. Se sentó y me lo entregó. Era el famoso contrato. —Párrafo dos, estaremos casados veinte años —tomé el papel y busqué el párrafo. Tenía razón. —¡Esto tiene que ser una broma! ¡Mis padres están locos! —dije con la boca llena de carne. —Te puedes ahogar. Traga tu comida primero —mastiqué y tragué rápido. —¡¿Cómo que veinte años?! ¡Eso es mucho tiempo! ¡Perderé toda mi juventud a tu lado! —me puse de pie indignada. —¡Vaya! No pensé que sería tan malo estar casada conmigo —se indignó él. —¡Pero claro que sí! ¡Ni siquiera te conozco! ¡Podrías ser un jodido psicópata! ¡Podrías querer robarle la empresa a mis padres! ¡¿Acaso no te puedes colocar en mi lugar?! —No les quiero robar nada a tus padres —se cruzó de brazos, hablando con tranquilidad. —¡Eso no me consta! —Tienes mi palabra y vale mucho. —Eso no me deja tranquila. Veinte años es demasiado tiempo. Nos divorciaremos, cuando yo tenga cincuenta años. ¡Cincuenta! A esa edad nadie me querrá —me crucé de brazos. —No puedes ser tan básica, Triana. ¿Quién dañó tanto tu autoestima? —entrecerró los ojos. —No sé de qué hablas —fingí demencia. —Mmm, ya veo. Debe haber sido un idiota por dejarte ir —tomó sus cubiertos y continuó comiendo. Caí en mi silla, con cara de terror pensando en esos veinte años perdidos. ¿Qué acaso no merecía ser feliz? —O quizá sí les quiera robar la empresa a tus padres —lo miré de inmediato sorprendida —. ¿O quizá no? Ya iremos viendo en estos veinte años —dijo de forma irónica. Mi boca estaba abierta de forma exagerada, porque sus palabras habían sido un descaro —. Buenas noches, Triana —limpió la comisura de su boca, dejó la servilleta de tela encima de la mesa y se fue en silencio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD