Esa noche, me sentí extraña. Estaba en una casa ajena y sí, ya sabía que era MÍ casa ahora, pero es que ni siquiera era una casa nueva, porque era en donde los hermanos King habían vivido toda su vida al parecer. Por último, si hubiese sido una casa nueva, al menos, podría haberle dado mi toque. Aunque, pensándolo bien, nadie me había dicho que mi habitación debía seguir ese mismo estilo. Comencé a mirar a mi alrededor, imaginando qué muebles compraría al otro día, porque sí, estaba dispuesta a cambiar mi habitación por completo y no me importaba la opinión de nadie más.
Pero me costó mucho conciliar el sueño. Estuve, por lo menos, unas dos horas dando vueltas en la cama, mirando al techo pensando muchas cosas hasta que no aguanté más y a eso de las once de la noche me levanté a caminar por la casa.
Cuando salí de mi habitación, me acerqué a su puerta y coloqué la oreja en la madera. No se oía nada. Bueno, al menos no roncaba, eso era bueno. Caminé por el pasillo infinito hasta la sala de estar. Estaba en la penumbra el lugar. Pasando la sala de estar, había otra habitación igual de grande que ocupaban de oficina. Me acerqué y vi luz por debajo de la puerta. Sabía que nadie más vivía en esa casa, porque el señor Torres me había comentado que Aldebarán vivía solo en el centro de la ciudad desde hace dos años. Solo podía ser él.
Di tres toques en la puerta despacio y la abrí sin esperar a que me permitiera entrar. Estaba con el ceño fruncido mirando unas hojas y su mano afirmaba su frente. Aun en pijama se veía bien. Ok, ok, se veía guapo. El tipo era guapísimo, no te mentiré.
—¿Estás trabajando? —le hablé bajito. Despegó la mirada de las hojas y solo asintió —. ¿Puedo recorrer tu oficina?
—Nuestra —dijo serio. Eso me sorprendió, pero fingí no darle importancia. Él siguió revisando sus papeles y yo comencé con el recorrido.
El lugar era bastante amplio. Tenía enormes bibliotecas llenas de libros. Así es, igual que en las películas. Pude ver algunos títulos, como libros de finanzas, de contabilidad, libros sobre el poder de la mente y cosas extrañas que en mi vida había visto o leído. Yo solo veía K-dramas, leía romance vainilla en internet y escuchaba pop comercial todo el santo día. Esa era mi vida en esos últimos meses y por eso no había querido ahondar más sobre mí, cuando él me lo preguntó.
Vi un rinconcito con libros románticos de antaño, como La casa de los espíritus, Mujercitas, Orgullo y prejuicio, Cien años de soledad, algunos libros de Corín Tellado, entre otros poquitos. Me pareció curioso que tuviese una colección de libros de ese tipo, así que, tomé uno de Corín Tellado y comencé a caminar al sillón que había en el lugar para sentarme y leerlo. Él no me dijo nada, así que, abrí el libro y me sumergí en la historia.
Me desperté, cuando sus brazos pasaron por mis piernas. Me había quedado dormida y él me estaba tratando de cargar para llevarme a la habitación. No me quejé, porque estaba muy cansada y dudada siquiera en poder caminar.
—Gracias —le dije con voz adormilada, cuando me arropó en mi cama. Escuché que cerró la puerta y yo me dormí como un bebé.
Me levanté por la mañana entusiasmada, porque ese día iría al centro a comprar mis muebles. Así que, salí casi que corriendo de la habitación y en la sala de estar me encontré a Aldebarán. Se veía guapísimamente elegante con el traje que estaba usando esa mañana y se lo hice saber. La verdad, esta era mi nueva vida, una nueva yo y no me importaba nada.
—Te ves estupendamente elegante esta mañana, cuñado —le sonreí.
—Muchas gracias, damisela —me saludó teatralmente. Nos reímos un poco, pero fuimos interrumpido por don ceño fruncido, quien pasó caminando a paso rápido hacia la oficina. También vestía traje, pero no llevaba la chaqueta. Y sí, le miré el trasero, pero en mi defensa, era enorme y redondo, así que, era lo primero que cualquier persona hubiese visto. El pesado llamó a su hermano a la oficina.
—Dile a tus ojos que no pueden comer ese trasero —me dijo bajito antes de irse a la oficina. Me reí como una niña chica, porque había sido atrapada en el delito.
Fui al comedor y me senté en donde mismo me había sentado la noche anterior. El desayuno estaba servido y yo tenía mucha hambre, así que, no esperé a nadie. Amalia llegó de repente y se asustó al verme ahí. No entendía por qué, si yo ya era la señora de esa casa desde ayer. Debería habérselo grabado de inmediato en su mente.
—Buenos días, señora —dijo seria.
—Buenos días, Amalia —le contesté con la boca llena solo para que se espantara. Se fue tan rápido que me reí un poco.
Los hermanos llegaron al rato después, hablando sobre trabajo. Todo lo que fuera referente a un trabajo o a una empresa me parecía aburrido. Se suponía que yo tenía un porcentaje de participación en la empresa de mi padre, al igual que mamá, pero en realidad, yo jamás había trabajado. Obviamente, mis padres no me habían dejado hacerlo, porque siempre decían que yo era una chica de casa. Eso fomentó mi flojera y con los años, me acostumbré a estar solo en casa. Dinero tenía, no era taaaanto como te imaginas, pero, al menos, podía vivir con eso. Cada mes recibía dinero por mi participación en la empresa. Papá era quien había dejado estipulado que tanto mamá como yo, recibiéramos dinero mensualmente. Y no me quejaba, porque ahora podía comprarme cosas para mi nueva habitación.
—¿Qué harás hoy, Triana? —me preguntó Aldebarán.
—Supongo que… no lo mismo que tú —le dije sonriente.
—¿No trabajas con tu padre? —preguntó curioso. Ok, iban a estar preguntando siempre, así que, preferí hablarlo de una vez. Me puse seria, la verdad, un poco molesta por tener que dar explicaciones.
—Ok, lo diré solo una vez —dije un poco molesta —. No trabajo, no estudio, no hago nada. Mis padres me criaron para ser una chica de casa. Vivo del dinero que me dan por tener un porcentaje de participación en la empresa de papá y con eso es suficiente para mí. ¿Estudiaré algún día? Quizá, quien sabe. Por el momento mi futuro es incierto, así que, vivo el día a día —los miré seria.
—Me gustaría hacer un curso de cocina —dijo Aldebarán. Titán se rio y luego lo siguió su hermano. No entendía qué pasaba y los miré sorprendida.
—Y mucha falta que te hace, porque cocinas horrible —le dijo Titán. Era la primera vez que lo veía reír con ganas, sin esa cara de amargura.
Y así estuvieron los dos, conversando tranquilamente por mucho tiempo, como si nada los preocupara. Era divertido ver a dos hermanos interactuar con tanta confianza y naturalidad. Eso solo lo había visto con la familia de Hellena. Ella y sus hermanos, Hannu y Seija, eran inseparables. Incluso, recordaba una vez en que mamá me había hecho un comentario sobre la extraña relación que Hellena tenía con Hannu, al punto de parecer incesto. Ahora que lo pensaba, no tenía nada que ver con algo s****l, era simplemente hermandad. Era complicidad, era amor fraternal, era respeto y admiración el uno por el otro. Eso mismo veía ahora, mucho amor y complicidad de hermanos.
—¿Eres hija única? —me preguntó de repente Aldebarán.
—Sí —le contesté tratando de sacar esa nostalgia que sentía, cuando pensaba en ese pasado que tenía.
—¿Te hubiese gustado tener hermanos?
—Mmm, no lo sé. Quizá sí, quizá no.
—¿Cómo así? —estaba muy curioso por mis palabras.
—Bueno… si hubiese tenido un hermano, quizá mis padres hubiesen tenido una distracción y yo… yo podría haber vivido la vida que hubiese querido. Pero no lo tuve, así que, es la vida que me tocó.
—A mí me hubiese gustado ser hijo único —dijo con cara de molestia. Los hermanos se miraron y comenzaron a reír de nuevo. Me gustaba esa dinámica que tenían.
—Lamentablemente nací y ya no hay nada que hacer —le dijo titán sonriente.
—¿Tuviste novio, Triana? —miré a Titán recordando la conversación de la noche anterior y carraspeé un poco.
—Sí, pero de eso ya pasó mucho —sonreí un poco tratando de fingir —. De todos modos, ya estoy casada, así que, ya no es importante hablar sobre eso —limpié las comisuras de mi boca y me puse de pie —. Debo ir al centro de la ciudad. Nos vemos más tarde —sí, estaba huyendo como una rata.
—¡Oh! Nosotros también vamos para allá. ¿Quieres que te dejemos en algún lado?
—¡No! No, no. No se preocupen. El señor Torres me llevará —les sonreí por última vez y hui a mi habitación para buscar mi bolso.
Una vez en la ciudad me sentí en completa libertad de caminar por todos lados y de mirar a donde quisiera. Por suerte el señor Torres era un hombre que hacía ejercicio y que caminaba muchísimo junto a su esposa los fines de semana, según me comentó, porque lo hice caminar tanto, tanto, que a eso de las cinco de la tarde mis pies estaban inflamados y ya no podía más.
Llegué a casa directo a recostarme en el sillón de la sala de estar, porque ni para caminar a la habitación me daba en ese momento. Coloqué un par de cojines para darle altura a mis piernas, me saqué los zapatos y me acomodé. Sentía que mis pies palpitaban, los miraba y no veía mis tobillos. Me asusté un poco, pero sabía que, colocándonos un tiempo en altura, la inflamación disminuiría. Me quedé dormida y desperté horas después, cuando Titán nuevamente estaba tratando de tomarme en brazos. Tampoco me quejé y dejé que me cargara, porque aún me dolían los pies.
—Al parecer te gusta tocarme —le dije a modo de broma.
—Al parecer te gusta que te cargue —contestó serio.
—Estaba cansada y mis pies estaban inflamados —puse mi cabeza en su pecho y me quedé ahí, porque se sentía bien.
—No debes caminar tanto. Tampoco debes abusar del señor Torres. No es un jovencito veinteañero —sonreí.
—Él me dijo que estaba bien y que hacía mucho deporte junto a su esposa. No abusé de él, nunca fue mi intención.
—Te creeré, pero solo por esta vez —sabía que bromeaba, porque se podía notar en su voz seria. Era como si tratara de ser gracioso, pero a su modo.
Me dejó en la cama, me arropó y yo caí rendida otra vez. Estaba tan cansada, que me quedé dormida a los segundos nuevamente. Desperté a eso de las dos de la mañana muerta de hambre. Mi estómago hacía ruidos extraños que jamás había escuchado. Me levanté y salí de la habitación para encontrar todo en penumbra. Traté de caminar despacio, sin hacer ruido y me fui a la cocina.
Una vez ahí, comencé a buscar algo para comer, porque ya no aguantaba más y en cualquier momento me desmayaría. Busqué en el refrigerador y encontré un pastel enorme. Se veía exquisito y se me antojó. Pero recién, cuando partí un trozo y lo serví en un plato, se me vino a la mente si es que lo habían dejado hecho para alguna ocasión especial. Bueno, si ese fuera el caso, tendría que comprar uno nuevo y listo.
—No es bueno comer eso a esta hora —me habló Titán en el umbral de la puerta. Me asustó, pero solo un poco, porque estaba más concentrada en comer que en mirarlo.
—No me importa. Comeré cualquier cosa a esta hora, porque tengo mucha hambre.
—Te prepararé algo —caminó hacia el refrigerador y comenzó a buscar cosas. Lo miré bien, cuando encendió la luz de la cocina, estaba en pijama, pero no se veía somnoliento.
—¿Estabas trabajando?
—Ajá —vi que me estaba preparando un sándwich y ok, se veía apetitoso. El sándwich obviamente, no él.
—¿Por qué trabajas tanto?
—Porque debo hacerlo.
—¿Cómo así? —escuché que suspiró.
—Hice unos malos negocios y…
—¡Ahh! Fuiste tú quien jodió la empresa familiar.
—¿Qué?
—Pensé que habían sido los dos, tú y tu hermano —sonrió un poco.
—Solo fui yo. Fue una mala jugada en los negocios.
—Y no encontraste nada mejor que casarte por conveniencia —me burlé.
—Eres una garantía —imitó mi tono burlesco.
—No, no lo soy.
—Sí lo eres.
—No. Te volviste a equivocar. Crees que le importo a mi padre, pero no es así. A él solo le importa el dinero, su prestigio y su empresa. Ni siquiera le importa mamá —dije un poco triste.
—Sí le importas. Al principio, cuando planteé el matrimonio como garantía, él se opuso enfurecido. Luego aceptó, sin antes redactar el contrato.
—¡¿Papá redactó el contrato?!
—Los dos, pero él colocó casi todas las condiciones.
—¡¿Y para qué quería tenerme casada veinte años?! ¡No lo entiendo!
—Vuelvo a preguntar, ¿tan malo es casarte conmigo?
—¡No eres tú! ¡Entiende! —le dije frustrada —. Es solo que… Nada, no lo entenderías —dejé el pastel a un lado y me quise ir de la cocina, pero él me alcanzó, tomó mi mano y me arrastro hacia el sándwich que había preparado.
—No te irás de aquí hasta que comas bien —acercó el plato, me sirvió un poco de jugo y se quedó a mi lado mirando que comiera todo el bendito sándwich.
—Eres un pesado —agarré el sándwich y le di un mordisco. Obvio estaba bueno, si incluso parecía de publicidad —. No comas eso —le dije, cuando lo vi agarrar el tenedor que yo había dejado en la mesa para comer pastel.
—Nunca como cosas dulces.
—¿No te gustan?
—Mamá tuvo diabetes. En esta casa no había nada dulce, hasta que llegaste tú —probó el pastel y cerró los ojos, mientras lo saboreaba. Eso me dio ternura y me quedé embobada mirándolo disfrutar de algo tan simple y banal, como lo era un pedazo de pastel.