Esa noche nuevamente lo acompañé en su oficina. Ya era sábado en la madrugada, pero al parecer, él no entendía de horarios de descanso. Me quedé dormida leyendo el mismo libro de la vez anterior y desperté, cuando me tomó en brazos. La verdad, se sentía bien que alguien me cuidara otra vez.
Desperté a eso de las doce del día. Había un silencio sepulcral, porque sabía perfecto que solo estábamos los dos en casa. Nadie trabajaba los fines de semana para los hermanos King.
Me levanté, cepillé mis dientes, lavé mi rostro, arreglé un poco mi cabello y salí de la habitación para desayunar alguna cosa. Era obvio que los fines de semana tendría que preocuparme de mi alimentación, porque no había nadie en casa. Tampoco quería molestarlo con mis cosas, así que, tendría que aprender a preparar otras comidas, aparte de solo sándwich.
Cuando entré en la cocina, lo vi de espaldas. Estaba preparando unos huevos revueltos que olían exquisito. Caminé despacio, tratando de no hacer ruido y me apoyé sobre el enorme mesón que había en el lugar para mirarlo cocinar. Titán King era guapo, ya te lo había dicho. Era alto, quizá de un metro noventa; tenía la espalda ancha, sus brazos musculosos y ese trasero redondo le daban un toque sexy. No era ciega, además, los ojos estaban para mirar. Su cabello era de un llamativo color castaño claro. En ese momento se me vino a la mente el cabello de Neizan. Tenía ese color miel que me fascinaba y unos penetrantes ojos del mismo tono. Él era perfecto, ante mis ojos sí lo era. Después de que me dejó, comencé a ver todos sus defectos. Era cariñoso, pero no como me hubiese gustado. Nunca me dijo un te amo, como yo sí. Nunca me dijo “¡Woow, te ves hermosa, Triana!”. No, siempre era un seco y formal “¿cómo estás?”, “no puedo verte hoy, porque tengo mucho trabajo” y un sinfín de excusas que con el tiempo entendí, que eran, porque su gran amor estaba en otro país. A veces, cuando pensaba estas cosas, me preguntaba si realmente ya había sanado el corazón. Al parecer no.
—¿Tienes hambre? —me preguntó Titán, haciendo que mis pensamientos volvieran al presente.
—Sí —traté de fingir.
—¿Estás bien? ¿Te sientes enferma? —se acercó con cara de preocupación hasta que estuvo frente a mí. Tocó mi frente y negó —. No tienes fiebre. Te ves pálida —con sus dos manos tomó mi rostro y comenzó a revisarlo, por si encontraba algo raro en él. Sus ojos estaban más verdes de lo normal, como si el color se hubiese intensificado en ese momento.
—Me siento… bien.
—¿Estás segura? —me preguntó con el ceño fruncido. Levanté mi mano y pasé un dedo por aquel lugar de su rostro para que dejara de fruncirlo.
—Estoy bien, pesado —me solté de su agarre y caminé rodeando la mesa para sentarme un poco lejos de él.
—¿Quieres hacer algo hoy? —preguntó, mientras se sentaba junto a mí. Lo de sentarme alejada, no había dado resultado.
—Mmm, la verdad es que no. Solo quiero estar en mi cama, acostada y dormir.
—¡Lo sabía! ¡Estás enferma! —se paró de la silla y tomó mi mano casi que arrastrándome para que lo siguiera —. Llamaré al doctor de inmediato y…
—¡Titán! ¡Estoy bien! ¡Lo juro! —levanté una mano como si de un boyscout se tratase —. Solo… Solo quiero descansar. Es la primera vez que vivo lejos de mis padres, lejos de esa casa y solo… solo tengo nostalgia. Solo es eso.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿No me estás mintiendo?
—Te juro que no —tomé su mano y lo llevé devuelta a la silla. Yo tenía hambre y necesitaba desayunar para estar más animada. No podía ser esa paria de antes, aquella que deambulaba por la casa con ropa gigante y se la pasaba en su habitación, o que solo salía para ir al supermercado a ver el color de las frutas tratando de verle el lado colorido a la vida —. Solo comamos y ya. Después podemos pensar qué haremos durante el día.
Me senté a comer tratando de fingir que todo estaba bien. Él me miró por unos segundos hasta que se acomodó en su silla y continuó comiendo. Para ser sincera, no extrañaba la casa de mis padres, al menos, no como yo había pensado. Amaba a mis padres, realmente los adoraba con todo mi corazón, pero la ruptura con Neizan me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que había vivido una vida extraña en esos treinta años. Tampoco podía echarle toda la culpa a mis padres, porque en mi mayoría de edad, podría haber hecho algo. Jamás lo hice, nunca me quejé y solo obedecí, porque la costumbre… la costumbre te hacía dejar cosas de lado, e incluso fomentaba la comodidad.
Cuando terminamos de comer, me ofrecí a lavar los platos. Nunca lo había hecho, así que, obviamente terminé quebrando un plato. Apenas se resbalo de mis manos, Titán corrió a mi lado para revisarlas y cerciorarse de que no me hubiese cortado.
—¿Alguna vez dejas de preocuparte? —su actitud era muy efusiva.
—Jamás. En mi casa no ocurren accidentes —dijo revisando por todos lados.
Ese día finalmente, decidí quedarme en casa. Había un sol exquisito y quise hacer un picnic en el jardín trasero. Titán detestó la idea, pero, aun así, me acompañó. No le gustaba sentarse en el césped, ni ensuciarse, eso se podía ver incluso, desde lejos. Fui a buscar una manta a la habitación y, cuando volví, la coloqué en el césped para que él se sentara más cómodo. Obviamente, fue Titán quien preparó la comida a eso de las cuatro de la tarde, hora en que nos dio hambre nuevamente. Antes de eso, cada uno había estado en sus cosas, yo en mi habitación viendo k-dramas y él en su oficina trabajando como siempre.
—Lamento que no hayamos tenido una luna de miel decente.
—No te preocupes. Después de todo, no es un matrimonio real —le dije restándole importancia.
—¿Qué es lo que ves malo en mí? —me preguntó serio.
—Nada. Simplemente no te conozco. No sé sobre tu infancia, sobre tu adolescencia, sobre tu presente. Solo sé que trabajas y mucho. Me pregunto si te hubieses preferido casar con tu trabajo —me toqué el mentón pensativa, solo para molestarlo.
—Si hubiese sido algo legal… probablemente lo hubiese hecho —lo miré y me reí un poco.
—En serio, quiero saber si tienes novia —insistí con la pregunta otra vez.
—No. No tengo novia ni amantes, solo una esposa que insiste en que las tenga, al parecer.
—¿Y ser la esposa cuernuda del vecindario? ¡Ni loca! Si te descubro engañándome o con una familia oculta, te corto las bolas —tomé un cuchillo de plástico que él había preparado para cortar los sándwiches y lo amenacé. Eso lo hizo reír.
—No soy esa clase de persona —sonrió.
—¿Y qué clase de persona es Titán King?
—Mmm, soy un viejo cuarentón y supongo que ya lo sabías —la verdad, fingí saberlo, porque ni siquiera demostraba su edad —. Me gusta el deporte, esquiar, nadar, el voleibol playa, pero, sobre todo, me gusta subir cerros y montañas. Me gusta el invierno y detesto el calor. Tengo algo así como, una discapacidad climática, siento que, cuando es verano, me cuesta hacer mi vida con normalidad —me reí de eso —. Tengo un hermano, quien me lleva la delantera por dos años. Es mi mejor amigo y estuvo a mi lado, cuando nuestros padres nos dejaron —miró sus manos y pude notar ese tono de nostalgia en su voz. Aun así, no quise decir nada, porque no era la mejor consolando a las personas —. Y bueno, he tenido novias, pero a ninguna la amé —me miró fingiendo que nada pasaba por lo de sus padres.
—¿Por qué no las amaste? ¿Tenían algo malo?
—En general, eran chicas lindas, no tan inteligentes como me hubiese gustado, debido a las tonterías que decían, pero nunca pude conectar con ninguna —en ese momento pensé, si es que el real problema de mi pasado había sido la poca conexión que habíamos tenido con Neizan —. ¿Y tú? ¿Quién es Triana Lennox?
—Mmm, tengo treinta años, soy hija única. Me gustan… los asiáticos y…
—¿Ves k-dramas y escuchas pop asiático? —me preguntó en tono burlesco.
—Si te vas a estar burlando de mis gustos, pues dejamos esta conversación ¡hasta acá! —iba a colocarme de pie, pero él me detuvo.
—¡Lo siento, lo siento! Continúa —me instó. Suspiré frustrada, pero, aun así, quise continuar con la conversación. Después de todo, debíamos conocernos.
—Mis padres me criaron como una chica de casa. Fui a la escuela hasta los once años y luego comencé a estudiar desde casa, porque así lo quisieron mis padres. Tuve amigos hasta esa edad y luego los perdí. Aun así, simplemente me resigné a la vida que me tocó y punto.
—¿Tuviste novios?
—Sí —la verdad es que, solo había tenido uno, Neizan.
—¿No quieres hablar de él?
—La verdad es que… Es algo del pasado —no, no quería hablar de él.
—Mmm, ¿quieres estudiar en un futuro? ¿O quizá trabajar en alguna empresa? Podrías trabajar conmigo, si así lo quisieras.
—No lo sé —estaba dudosa sobre eso, porque llevaba dos años encerrada en mi cueva mental y había perdido esa capacidad de socializar con alguien que no fuera cercano a mí. Titán no era alguien cercano, pero era mi esposo y así lo sería durante veinte años, así que, debía considerarlo alguien cercano a la fuerza —. ¿Te molesta que me la pase en casa todo el día?
—Para nada. Solo quiero que estés bien, que te sientas cómoda y que, en un futuro, puedas decidir por ti misma qué cosas quieres hacer en tu vida.
—Mmm, me quiero divorciar —le dije para sacar ese momento serio.
—Eso no está en discusión —negó con el ceño fruncido.
—Era solo una broma. Sé que soy tu “garantía” —hice comillas con los dedos —, aunque ya te lo dije, a mi padre solo le interesa el dinero.
—Eso no es verdad. Ya te dije que él redactó casi todo el contrato.
—Eso solo lo hizo por mamá.
—Si no te quisieran, como tú dices, entonces ¿para qué te educaron en casa?
—Pues, porque era más cómodo tenerme ahí, vigilada veinticuatro siete. Después de todo, según ellos fui un milagro de la vida, de dios. Mi madre me tuvo después de los cuarenta. ¿Tienes idea del riesgo que eso supone tanto para el bebé, como para la madre? ¡Es muchísimo!
—Entonces, con mayor razón te aman. Eres el milagro que estuvieron esperando durante más de cuarenta años.
—Al parecer, eres un buen samaritano, porque otro no pensaría igual —Neizan siempre me decía, que mis padres habían exagerado con su forma de crianza y en algún punto, comencé a encontrarle razón.
—Creo que exageras sobre tu vida, sobre tu infancia, sobre tus treinta años en general —lo miré sorprendida por sus palabras.
—¿Sabes qué? ¡Tú no sabes nada! —me puse de pie y me fui indignada hacia mi habitación. Ese picnic había sido una mala idea a mi parecer.