CAPÍTULO 7 — Arranques de niña chica, amor propio

1280 Words
Debo haber estado unos treinta minutos encerrada en mi habitación, hasta que escuché sus toques en la puerta. —¡Vete! —le grité. —¡Vamos, Triana! No seas así. Malinterpretaste mis palabras y… —¡No me importa! ¡Tú no sabes nada! No sabes cómo crecí, nos sabes cómo son mis padres. ¡De seguro fingieron ser los buenos de la película! ¡Pero no! ¡No lo son! —No quiero discutir contigo sobre tu pasado. ¡Vamos, abre la puerta! —¡No! ¡No quiero saber nada de ti, ni tampoco que me conozcas! ¡Vete! ¡Déjame sola! —sí, estaba muy furiosa y, aunque me digas que no era para tanto, para mí sí lo era. Desde que había abierto los ojos con respecto a mis padres, todo me parecía mal con respecto a ellos. Obviamente no se lo decía y… —¡¿Sabes qué?! ¡Eres una jodida cobarde! Si tanto te molestan tus padres, ¡pues por qué no vas y se los dices! —escuché sus pasos fuertes a lo lejos. Se había ido dejándome sola. Sí, ni yo me entendía. Estuve otra hora más encerrada en mi habitación, hasta que llegué a la conclusión, de que la estúpida había sido yo. Realmente, estaba mal de la cabeza y debía asistir a terapia en algún momento. No podía seguir así, con sentimientos encontrados con respecto a mis padres. Debía buscar ayuda, quizá no de inmediato, pero tarde o temprano, tendría que ir. Salí de mi habitación y miré para todos lados. No había rastro de él. Pegué mi oreja a su puerta, pero nada, no había un solo ruido. No debía ser adivina para darme cuenta de que estaba encerrado en su cueva, aquella oficina oscura de la casa. Así que, suspiré resignada y caminé hacia aquel lugar dispuesta a disculparme por mi arranque de niña chica. Toqué su puerta y esperé a que me dejara entrar, pero eso no sucedió, jamás habló. Abrí la puerta despacio y lo vi concentrado leyendo unos papeles, como siempre. Me armé de valor, respiré profundo y caminé hacia él. —Discúlpame por… por ser una niña chica hace un rato —se despegó de la lectura y me miró con el ceño fruncido. —Está bien —volvió a mirar las hojas. ¿En serio me estaba ignorando? A mí, que me tuve que armar de valor para pedir disculpas a un extraño. —¿Estás enojado? —No. —¿Estás seguro? —solo asintió —. ¿Completamente seguro? —sí, lo estaba molestando para que dejara esa cara de malas pulgas. Me miró y levantó una ceja. —¿No tienes nada más que hacer? —preguntó de forma irónica. —¡Wow, wow, wow! Eso sí que fue un golpe bajo. Sabes que nunca hago nada —me encogí de hombros y él sonrió. Bueno, al menos, ahora ya no estaba enojado. —No, no lo estoy —suspiró frustrado —. Es solo que… eres muy complicada —caminé hacia el escritorio y me senté en la silla que estaba frente a él. —Lo lamento. A veces ni yo me entiendo. —¿Tienes hambre? No comiste mucho en el picnic —se puso de pie y caminó hacia mí. Estiró su mano y yo simplemente, la tomé —. Ya te dije que no puedes saltarte las comidas, ni tus horas de descanso. Entenderás que no puedo estar casado con un zombie —me reí, mientras lo seguía hacia la cocina. —Por suerte no me viste hace un año atrás —dije sin pensar. —¿Qué? ¿Por qué? —se detuvo y me miró. —¿Qué? —Yo te estoy preguntando, qué. —No es nada. —¿Por qué no quieres hablar de él? —preguntó curioso. —¿Él? ¿Quién dijo que era él? Podría haber sido ella —dije tratando de desviar la conversación. —No te hagas la chistosa —sonreí y traté de caminar, pero él no me dejó —. Lamento que haya roto tu corazón y tu amor propio —¿mi… amor propio? Jamás había pensado en eso —. Vamos a comer, tengo mucha hambre. Nos fuimos a la cocina y preparó comida para los dos. La verdad, es que nunca me había detenido a pensar en todo lo que había perdido por culpa de Neizan. Siempre pensaba en mi corazón que aún, al parecer, no sanaba bien. Pero ¿amor propio? ¿Realmente lo había perdido? No, de seguro Titán estaba equivocado. Yo seguía siendo la misma de siempre, pero con un pequeño cambio. Había estado triste, muy triste durante tanto tiempo, que me había perdido en la soledad de mi habitación en casa de mis padres. No salía, no usaba la misma ropa de antes. Simplemente, consumía internet todo el día. Y me volví a preguntar si, ¿realmente había perdido mi amor propio? Los días continuaron pasando y con Titán nos llevábamos igual. A veces bien, otras veces mal. Discutíamos mucho, cuando él decía que yo exageraba sobre mi pasado. Detestaba que defendiera a mi padres y poco a poco, comencé a detestar a mis padres. Dejé de contestarle las llamadas a mamá, dejé de recibir las rosas que cada lunes enviaba papá a mi casa nueva. Nada, no quería nada con ellos. Y lentamente, sentí una especie de ira crecer dentro de mí, como si invadiera mi corazón y mis pensamientos de vez en cuando. Mi único aliado en esa casa era Aldebarán, a quien comencé a querer como un hermano mayor con el paso del tiempo. Siempre me visitaba en casa o me invitaba a comer en el centro de la ciudad a la hora que fuera. Yo lo molestaba, porque cualquiera hubiese pensado que no trabajaba. Él me molestaba de vuelta, diciéndome que era yo la única floja que no hacía nada en casa. Con Titán las cosas estaban relativamente bien, según lo que yo veía. Pero unos meses después, él dejó de hablarme. O sea, no era como si no me dirigiera la palabra, no, pero dejó de preguntar cosas sobre mí o de hablar de mis padres. Hablaba conmigo lo justo y necesario. Y me sentí sola otra vez. Tan sola como antes, que incluso, volví a los viejos hábitos. Vivía encerrada en mi habitación durante el día, solo veía k-dramas y leía novelas románticas en internet. Volví a las r************* y me refugié en ellas, hablando de las cosas que pensaba y conviviendo con esas personas que solo conocía de manera online. Era una completa patética, lo sabía perfecto, pero es que había días, en que mi mente me jugaba una mala pasada y no era capaz de levantarme de la cama. Me sentía cansada y a veces, solo a veces, lloraba en silencio en mi cama. Algunas noches, me despertaba en la madrugada y pensaba en ir a su oficina a leer, pero después desistía de esa idea, porque después de todo, quizá solo era una molestia para él. Los meses siguieron pasando y Aldebarán dejó de visitarme o de llamarme. Tampoco quise molestarlo con mis tonteras, porque de seguro estaba muy ocupado. Sabía que a los hermanos King les estaba yendo muy bien con los negocios, porque había escuchado a Titán hablar por teléfono más de alguna vez en su oficina, así que, supuse que tenían mucho que hacer en sus días laborales. Y así estuve, sola, siendo una paria nuevamente, hasta que se cumplió un año desde mi nueva vida, que de nueva ya no tenía nada.
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