Llevábamos un año de casados y casi ni nos conocíamos. A veces me preguntaba de qué servía estar casado, si al final del día, seguía tan solo como siempre. Pero sabía perfecto que era mi culpa. Es que me costaba tanto, tanto, sentía que esa depresión maldita había vuelto a mi cabeza, a mi ser. Me costaba levantarme e iniciar mi día. Me costaba respirar a veces, pero también había buscado en internet que se trataba de crisis de pánico. Sí, sabía que debía haberle dicho a él, haber pedido ayuda, pero no quería molestar con mis cosas, porque incluso yo, pensaba que eran absurdas.
A veces pensaba que todo era culpa de Neizan, otras veces culpaba a mis padres. Y algunos pocos días al mes, culpaba a Titán por no tratarme como a una esposa. En ese matrimonio no había amor, eso estaba claro, solo había cordialidad, pero siempre me preguntaba cómo se sentiría ser amada otra vez.
—Debo viajar con Aldebarán por una semana —me dijo una mañana, mientras desayunábamos. Yo seguía en pijama, porque una vez que terminara de comer, volvería a mi cama.
—Está bien. Vayan con cuidado —dije mirando a la nada, mientras masticaba mi fruta.
—¿Hasta cuándo estarás así? —preguntó de repente. Lo miré sin expresión alguna, porque sentía que hasta mi rostro había perdido las ganas de vivir, de expresarse.
—¿Así cómo?
—Triana, no estás bien.
—Sí lo estoy.
—No, no lo estás. Cuando vuelva…
—Que tengas un buen viaje —me levanté de la silla y caminé fuera del comedor, pero él salió detrás de mí y agarró mi brazo con fuerza.
—¡Basta, Triana! —se enojó —. Pareces un zombie, no puedo verte así, ¡así no! —yo solo lo miré —. ¡Esto no era parte del trato!
—Te refieres… ¿al trato que es tuyo y de mi padre? Porque, que yo recuerde, no hice ningún trato contigo —le contesté sin ánimos. Me solté de su agarré y continué caminando o, mejor dicho, arrastrándome hacia mi habitación.
—¡Triana, por favor! —me siguió —. ¡Déjame ayudarte! —se colocó frente a mí, cortándome el paso. Solo lo miré —. Déjame ayudarte, por favor —la forma en que lo dijo fue tan… tan sincera, honesta, sensible, que mis ojos se llenaron de lágrimas en un instante y comencé a llorar como una niña chica —. ¡Oh, Triana! ¿Quién te dañó tanto? —me abrazó fuerte.
Y sí, ahí me quedé, llorando en su pecho como una niña chica. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que, cada vez que lloraba, mi pecho dolía muchísimo. Tenía tanta pena, rabia, desilusión guardados en mi ser desde hace tres años, que ahora me daba cuenta de mi estado emocional real. Yo estaba mal, necesitaba ayuda urgente, pero en ese momento, solo quise llorar abrazada a él.
A la mañana siguiente, antes de irse a su viaje con Aldebarán, me prometió volver pronto y acompañarme a un psicólogo. No éramos el graaan matrimonio de la ciudad, pero al menos, agradecía su preocupación por querer ayudarme a salir de ese hoyo en el que me había metido.
—Que tengas un buen viaje —le dije desde la puerta de la casa.
—Volveré pronto —prometió una vez más, serio y con el ceño fruncido como siempre.
Lo vi partir solo, porque en el aeropuerto se encontraría con su hermano. Él me había dicho que era un viaje de negocios importante, así que, tampoco pregunté más. Esa mañana por primera vez en mucho tiempo, le escribí a Aldebarán deseándole un buen viaje. Pensé que no me respondería, pero sí lo hizo.
—“Aldebarán King: Gracias, bonita. Nos vemos a la vuelta.”
Al menos, seguía siendo el mismo de siempre y eso me dejaba tranquila. Así que, continué con mi vida patética durante toda esa semana, mientras veía a Amalia entrar a la habitación de Titán para ordenarla cada mañana. No entendía para qué lo hacía, si él no estaba. Realmente esa mujer tenía una especie de enamoramiento con Titán. Me preguntaba si ella se daba cuenta de lo que hacía. Quizá yo no era la única patética en esa casa.
El viaje de negocios se alargó otra semana más. No entendía qué tanto hacían allá, e incluso, comencé a pensar que Titán tenía otra mujer a donde fuera que se hubiese ido en ese viaje. Sentí mucha rabia y le mandé un mensaje una noche.
—“Yo: Por mí que te quedes con tu otra mujercita. No vuelvas nunca más a esta casa. Sé que ese viaje es una farsa y que estás encamándote con otra.”
Apenas envié el mensaje me sentí una estúpida. Nosotros no teníamos nada, solo un matrimonio con una firma de por medio. Yo estaba loca, mal de la cabeza. Me quise disculpar, pero después me arrepentí, porque no le encontré sentido a disculparme si ya la había jodido con el mensaje. Él tampoco me respondió. Sí me leyó, pero no me respondió.
Al término de esa segunda semana, volvieron. Aldebarán se veía fatal, como si nunca hubiese dejado de trabajar y me enojé con Titán por haberlo estrujado con trabajo.
—Estoy bien, pequeña. Es solo que me enfermé y me siento terrible —dijo sentándose en el sillón.
—Aldebarán se quedará con nosotros unos días, hasta que se reponga —dijo serio mi esposo. Ni siquiera lo cuestioné. Aldebarán vivía solo en la ciudad y no tenía a nadie que lo cuidara y por mí, que se quedara el tiempo que fuera necesario. Y así fue.
En esa casa, aún estaba disponible la habitación que él ocupó desde que nació. Era suya por derecho y yo no era nadie para sacarlo de ahí, después de todo, lo mío solo era un contrato, ni siquiera era mi casa realmente.
—Me alegro de que estés con nosotros —le dije con una sonrisa, un sábado en que estábamos almorzando los tres juntos.
—Y yo me alegro de que tú te sientas mejor —dijo sonriente, pero sin ánimos. Me preguntaba qué había comido para que se sintiera tan mal. Gripe no era, dolor de estómago tampoco, simplemente, se sentía mal, sin fuerzas y sin ánimo.
Una noche, tuve una pesadilla. Cuando desperté ni siquiera la recordaba bien, solo recordaba estar llorando mucho. Me levanté cansada por la pesadilla, pero, aun así, con el ánimo suficiente, como para ir a buscar un vaso con agua a la cocina.
Cuando iba pasando por la sala de estar me asusté. La puerta de entrada estaba abierta y pensé que alguien se había metido a robar. Miré rápidamente por el lugar, pero todo estaba donde mismo. Nada había desaparecido. Así que, caminé lentamente en caso de cualquier cosa y me asomé por la puerta sin hacer ruido. Aldebarán estaba sentado en la escalera de entrada y me relajé.
—¿Qué haces acá tan tarde? —me senté a su lado y apoyé mi cabeza en su hombro.
—No podía dormir —dijo relajado. Al parecer ya se sentía mejor.
—Yo tuve una pesadilla.
—¿Quieres contármela?
—Ni siquiera la recuerdo —me encogí de hombros. Él apoyó su cabeza en la mía y ahí nos quedamos.
Para ser honesta, con Aldebarán me sentía bien, siempre conversábamos sobre nuestras vidas y nunca trató de minimizar mis sentimientos con respecto a mi infancia. Eso se lo agradecía mucho. Incluso, él ya sabía de mi historia con Neizan y coincidentemente lo conocía. Sí, sabía que mi esposo también me había preguntado por aquella historia, pero me costaba mucho abrirme con él. Era extraño, pero con Aldebarán podía ser yo misma.
—Algún día, cuando me muera y espero que sea en muchos años más —lo miré intrigada —, me podrás encontrar en el cielo —dijo mirando hacia el firmamento. Sus palabras no me asustaron, al contrario, comencé a preguntarme por qué lo encontraría allá arriba.
—¿A qué te refieres? —sonreí. De repente, sacó su teléfono del bolsillo del pantalón y abrió una aplicación. Se llamaba “Stellarium”. Apuntó su teléfono hacia el cielo y comenzó a mostrarme las estrellas. Eso me maravilló.
—Con esta aplicación, puedes saber el nombre de las estrellas, planetas y constelaciones —abrí la boca sorprendida por tremendo descubrimiento para mí —. Esa es la constelación de Orión y aquellas —apuntó con su dedo —, son Las Tres Marías. Juntas, forman el Cinturón de Orión. En realidad, no se llaman así, pero las personas les llaman de esa manera.
—¿Y cuál es su nombre? —pregunté demasiado curiosa.
—Aquella es Alnilam, le sigue Alnitak y la última se llama Mintaka.
—¿Cómo sabes tanto? —miré el cielo asombrada.
—Me gusta saber sobre el universo —se encogió de hombros —. Al lado de la constelación de Orión, está la constelación de Tauro —me mostró con el teléfono —. Aquella estrella, la más brillante —apuntó en su teléfono —, se llama Aldebarán —lo miré enseguida asombrada.
—¡¿Tienes el nombre de una estrella?!
—Así es. Supongo que papá me transmitió su amor por el universo —me sonrió. Eso me dio mucha ternura —. El día en que me muera, podrás buscarme ahí —miré el firmamento y por primera vez en la vida, llamó mi atención —. Jamás dejaré de estar a tu lado —lo miré maravillada y luego miré el cielo nocturno.
Esa noche, miré el cielo con atención por primera vez y podía decir con certeza, de que me gustaba lo que veía.