CAPÍTULO 3 — La casa nueva

1998 Words
Obviamente no tuvimos celebración, ni noche de bodas, ni nada. Recién hoy vería a mi esposo en la casa en donde viviríamos durante este matrimonio falso, porque sí, era más falso que la inteligencia artificial. Solo esperaba que, al menos, nos llevásemos bien. —¡Me encanta tu nueva casa! —dijo mamá apenas entramos a la propiedad. Era una típica casa rural ubicada a las afueras de Madrid. No te diré la dirección exacta para que no vayas a visitarme. Lo que sí te diré, es que quedaba a una hora de la casa de mis padres y eso sí que me entusiasmaba. Al fin podría estar lejos de ellos y para ese entonces, mi sonrisa era enorme, tanto así, que mamá pensó que sonreía, porque estaba feliz con mi matrimonio. —Serás una tremenda esposa, hija. Para eso te criamos —besó mi cabeza. Claro, mamá, como si yo hubiese nacido para esto. —Hija, creo que estarás muy lejos de casa. Quizá deberíamos hablar con Titán para buscar una casa más cercana y… —¡No! —le dije rápidamente —. Acá estaré bien. Solo te pido que respetes los deseos de mi esposo —fingí. —Casandro, creo que Triana tiene razón —le dijo mamá de una forma delicada. Era obvio que lo hacía para que papá no se enojara. —Sí, sí. Está bien —dijo con el ceño fruncido —. De igual forma, cualquier cosa nos debes llamar de inmediato. —Claro, papá. Claro —lo que menos haría en esa nueva casa, sería acordarme de mis padres. Aldebarán salió a nuestro encuentro, como siempre, con una sonrisa enorme en su rostro. Me abrazó de forma amigable y eso no me incomodó. Por un instante, pensé que él y yo, llegaríamos a ser buenos amigos, más que cuñados. Titán salió minutos después, mientras hablaba por teléfono con rostro serio. Vestía un traje, así que, era obvio que se iría a trabajar después de que yo colocara un pie en esa casa. Solo me llevé lo esencial, porque quería comprarme mucha ropa nueva que combinara con esta nueva Triana, aquella que al fin había logrado salir de la casa de sus padres, dejando atrás la cobardía y el miedo a ellos. Entramos a la casa y me gustó mucho el interior. Bueno, no era el estilo que hubiese elegido para mi primera casa independiente, porque era muy “campestre la decoración”, pero bueno, por algo se empezaba. Una vez que me divorciara de este tipo, conseguiría un departamento para mí sola y con el estilo que yo quisiera. —La habitación está por acá —me dijo Titán para que lo siguiera. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba detrás de mí. Caminamos por un pasillo largo hasta que llegamos a la habitación. La casa era de un solo piso, cosa que me parecía bien. La habitación era enorme y caí en cuenta de que tendría que compartir el lugar con él. —Tú… —¡Oh, hija! ¡Qué hermosa habitación! —me interrumpió mamá, quien entró en la habitación como si de su casa se tratara. Definitivamente, tendría que colocar un poco de límites con ella desde ahora en adelante. Tres señoras entraron en silencio, junto con mis maletas y comenzaron a desempacar todo para guardarlo en el enorme armario que había. —Los esperaremos en la sala de estar —dijo mi padre, quien tomó del brazo a mamá y la sacó casi a rastras del lugar. Aldebarán no estaba con ellos y supuse que se había quedado en la sala de estar. Cuando quedamos solos, bueno, con las tres señoras, él se acercó a mí, serio, imponente. Me sentí pequeña, demasiado pequeña frente a él. —Debo ir a trabajar, porque aún tengo muchas cosas que hacer. —No te preocupes —le dije de forma amable. —Esta será tu habitación. La mía estará en frente —miró hacia la puerta y yo hice lo mismo. Se veía una puerta frente a la mía. —¿No dormiremos en la misma habitación? —pregunté aun mirando hacia la otra puerta. —¿Quieres eso? —Me da igual —me encogí de hombros y lo miré. —Nos vemos en la noche —se acercó y besó mi mejilla. Me quedé pasmada, sin saber qué hacer o qué decir. Lo vi marcharse y luego miré la cama. Era enorme para mí sola. Era de esas camas especiales en donde alcanzaba una familia entera. No entendía para qué querría tremenda cama para mí sola. Aun así, no dije nada. Miré a las tres señoras quienes seguían trabajando en silencio. Solo una señora se acercó a mí. —Mucho gusto, señora King. Soy Lourdes y ellas son Amalia y María. Somos quienes se encargan de que esta casa siempre esté limpia y funcional. Cualquier cosa que necesite, simplemente díganoslo, por favor —escuchar el apellido de Titán junto a mi nombre era extraño. De todos modos, yo no llevaba su apellido, pero no la quise corregir, después de todo, me daba igual. —Muchas gracias. Soy Triana y por favor, no me diga señora, solo Triana. —Discúlpenos, pero son las normas de esta casa. A los señores King les gustaba ese tipo de formalidad y trato, y la verdad, ya es parte de esta casa. —¿Se refiere a los padres de Titán? —pregunté curiosa. —Así es. Estaremos en la cocina. ¿Desea algo especial de cenar? —Cualquier cosa estará bien —le dije de forma amable. —Con su permiso —Lourdes y María se veían de más edad, en comparación a Amalia. Incluso juraría que vi una mirada extraña en ella hacia mí. Pero no las conocía, así que, suponía que había llegado a invadir un espacio que era de ellas, porque se notaba que llevaban años trabajando para esa familia. Cuando me quedé sola en la habitación, busqué el baño. Era grande y bonito, con mucha iluminación y una hermosa tina de estilo antiguo en el centro. El armario era grande también, suficiente para toda la ropa y accesorios que quería comprar. Fui hasta la sala de estar y solo estaban mis padres hablando en secreto. Lo sabía, porque mamá siempre tenía una mirada extraña, cuando se secreteaban. Los hermanos se habían ido, así que, en cuanto mamá y papá también lo hicieran, estaría sola en una casa ajena. Ahora entendía por qué había sido esa casa elegida para vivir, porque era la casa de la familia King. Mis padres se fueron y los vi partir con un poco de nostalgia. Sí, quería alejarme de ellos, al menos, por un tiempo, pero desacostumbrarme a vivir con ellos sería difícil, debía reconocerlo. Después de todo, habían sido todo para mí durante treinta años. Recorrí la casa para saber en dónde estaba cada cosa; el jardín enorme que rodeaba la casa era muy colorido, lleno de plantas, árboles frutales y flores en todos los colores. Era simplemente hermoso. La cocina era enorme, la sala de estar también, la oficina de casa tenía una biblioteca gigante, llena de libros en todos los colores y tamaños. Había muchos libros antiguos, lo suponía por la encuadernación de antaño. La casa tenía ventanales grandes, algunos comenzaban en el piso y terminaban en el techo. Las cortinas de seguro habían sido hechas a medida. Había una habitación extra en la casa, que supuse era de Aldebarán. Ahora que lo pensaba, ni siquiera sabía si él viviría con nosotros. O sea, no me molestaba la idea, pero a la vez, una mujer, sola con dos hombres, no sabía si a mis padres les hubiese gustado la idea. La última habitación que recorrí fue la de él. Me quedé observándola, la decoración, la iluminación, las cortinas, los colores, evocaban tristeza y soledad. Quizá no le gustaba lo colorido y lo entendía, pero esa habitación realmente tenía un aire a tristeza. —¿Necesita algo? —me asusté y di un brinco. Amalia estaba de pie en el umbral de la puerta, mirándome con el ceño fruncido. ¿Acaso le molestaba que estuviese en la habitación de mi esposo? —No. Gracias. —El señor prefiere que nadie entre a su habitación… si él no está en casa —me dijo de una forma que me pareció muy curiosa. —¿El señor? ¿Te refieres a mi esposo? —le dije fingiendo una sonrisa. Después de todo, no me podía echar encima a la servidumbre de la casa, porque aún no sabía el trato que Titán y su hermano les daban después de los años que llevaban trabajando en esa casa. Amalia solo me dio una leve sonrisa y se fue. Eso sí que había sido extraño. Nota mental: preguntarle de alguna manera a Titán, cómo debía ser el trato con las tres señoras. Ese día, me aburrí muchísimo, así que, a eso de la una de la tarde, le pregunté a Lourdes, quien sí me daba un poquitín de confianza, si es que podía ocupar al chofer para salir de compras. —Triana, usted es la señora de la casa —me dijo asombrada —, puede hacer lo que usted quiera durante el día. El chofer está disponible durante todo el día para usted y el señor Titán. —Muchas gracias —le dije de forma amable. —No tiene nada que agradecer. Ahora también trabajamos para usted. Nosotras venimos de lunes a viernes, a partir de las siete de la mañana y nos vamos a las siete de la tarde. Dejamos todo listo para la cena y luego nos retiramos a nuestras casas. Si el señor tiene alguna cena especial durante la semana o algún fin de semana, pues ayudamos. Si no lo requiere, pues no. El chofer trabaja en el mismo horario de lunes a viernes y usted puede disponer de él cuando lo necesite. —Entiendo. Si es que ustedes deben quedarse o venir un fin de semana, el señor… dijo, Titán, ¿les paga esas horas extras? —¡Oh, sí! El señor King siempre ha sido muy generoso con nosotras, bueno, con todos, incluso con el jardinero que viene durante la semana por las mañanas. El señor Titán heredó todo lo bueno de sus padres y el señor Aldebarán también —bueno, al menos, no eran unos malos jefes. Le pedí al chofer que me llevara al centro y así lo hizo. Era un señor muy amable y jovial. Lucía un anillo de matrimonio, así que, obviamente supuse que era casado. —¿Tiene hijos, señor Torres? —le pregunté tratando de quitar el silencio que había en el auto. —Sí, señora King —me respondió amable. —Solo dígame, Triana, por favor. —Discúlpeme, señora, pero… —Son las reglas de la casa, ya me lo dijeron. —Así es —me miró por el espejo sonriente. —¿Y son grandes sus hijos? —Sí, Mauro tiene dieciocho años y Esteban veinte. Están estudiando en la universidad —era increíble como yo, a mis treinta, jamás había estudiado nada, ni siquiera, un bendito curso de repostería. —Eso es importante, estudiar —dije lamentando mi miseria. —Así es. ¿Usted estudió en la universidad? —su pregunta no me cayó bien, pero no, porque la hubiese hecho, sino, porque me daba vergüenza decir que no lo había hecho —¡Oh! Discúlpeme, señora. No quise incomodarla. —No se preocupe, es solo que… —suspiré —. No, nunca estudié nada, porque mis padres no me lo permitieron —dije mirando mis manos, avergonzada. —Pero nunca es tarde para hacerlo —lo miré a través del espejo y su mirada me provocó una especie de confianza. Era ese no sé qué, del que a veces hablaban las personas en r************* . Eso me dio tranquilidad, porque sí, nunca era tarde para estudiar.
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