—Nos quedamos dormidos, ¿qué vamos a desayunar cariño? —Adrián se levanta a prisa para encontrar a su esposa ya en la cocina.
—Estoy preparando omelet.
—Perfecto, partiré fruta —se coordinaban a la perfección, de día eran una pareja ejemplar, siempre preocupados el uno por el otro, ayudandose mutuamente tanto en la casa como en la empresa que ambos crearon mientras estaban en la universidad.
—¿Qué tal va la administración? —pregunta Emilia mientras desayunan.
–Ha habido demasiado trabajo, Marco no se da abasto, contratar otra asistente será lo mejor, ¿y a ti?, ¿que tal te va en logística?
—Todo está muy bien coordinado, no hemos tenido retrazos mi fallas en entregas, todo ha marchado bien.
—Eres la mejor en lo que haces —sonríe y acaricia la mano de Emilia.
—¿ya tienes aspirantes para el puesto?
—Si, es una joven recién egresada, justo dejó su curriculum hace unos días, así que le diré a Marco que se ponga en contacto con ella.
—Perfecto, me daré un baño y salimos a la empresa.
—Bien, recogeré la mesa —después de limpiar la cocina, Adrian regresa a la habitación suponiendo que Emilia esta lista, pero ella aun no ha salido del baño, su curiosidad no ha disminuido, ni tampoco su persistencia, así que se desnuda y como tantas veces antes, intentará tomar un baño con su esposa.
—Adrian, ¿que haces? —pregunta cubriendo su cuerpo con las manos.
—Es tarde, me bañaré junto a ti para no perder tiempo.
—No, debes esperar o ir a otra habitación a bañarte.
—Pero quiero bañarme con mi esposa —su señor fruncido lo hacen ver tierno y caprichoso, pero su esposa no es fácil.
—De ninguna manera, debes respetar mi espacio, mi intimidad.
—Llevamos más de un año casados, apenas si he visto tu cuerpo desnudo, no quiero respetar más tu espacio ni tu intimidad, quiero que sea nuestra intimidad.
—He dicho que no, precisamente porque soy tu esposa es que debes respetarme.
—Es normal que las parejas se bañen juntas, se vean desnudos y tengan mucho sexo.
—Lo hemos hecho, lo suficiente, no es necesario que perdamos el respeto entre nosotros.
—Yo si quiero que me pierdas el respeto — se acerca a su esposa casi suplicando—. Quiero que me mires, quiero que me toques.
—Adrián basta —susurra nerviosa de tenerlo tan cerca, desnudo y con una creciente erección apuntando hacia ella.
—Emilia, mirame por favor —la toma de las manos para que deje de cubrir su cuerpo—. Tocame, por favor, te necesito, necesito a mi esposa —conduce la mano de la joven por su pecho para llevarla más abajo.
—Adrián, esto no está bien —responde con la respiración entrecortada—. No quiero que nuestra relación se vuelva carnal ni vulgar.
—Nos amamos, el desearnos no nos vuelve vulgar —coloca la mano de Emilia en su m*****o erecto y cierra los ojos sintiendo el placer de ser tocado por su esposa.
—No puedo— se suelta de Adrián y da un paso hacia atrás—. No vuelvas a invadir mi privacidad— pide con esa altivez de la que Adrián se enorgullecia.
—Maldición —resopla con las manos revolviendo su cabello, adolorido por una erección de la que tendrá que encargarse él mismo como ya es costumbre—. Estoy harto Emilia —grita haciendo que la mujer se voltee a verlo con la toalla cubriendo su cuerpo.
–¿Cómo dices? —su disgusto por la manera en que el hombre le habló es evidente.
—Lo que escuchaste, estoy harto, cansado, frustrado de esta situación, hasta cuando seguirás con esa actitud.
—No es ninguna actitud, simplemente me doy mi lugar, no soy una concubina a la que puedas tratar como objeto s****l.
—¿Objeto s****l?, ¿de qué estupides hablas?, jamás te he tratado como uno —así como jamás le había levantado tanto la voz, ni usado palabras agresivas hacia ella.
—No me hables así —espetó igual de enojada que el hombre desnudo frente a ella—. ¿Ves lo que provocas?
—Yo no provoqué nada, fuiste tú con tu indiferencia.
—No soy indiferente y eso lo sabes bien, nosotros solo discutimos cuando intentas tomarme como si yo fuera un objeto al que tomas para darte placer.
—Solo quiero sexo con mi maldita esposa, solo quiero tocarte, besarte, cogerte y quitarme las ganas que tengo desde hace años.
—No hables vulgaridades —reclama acercándose a él—. Deja de comportarte de esa manera.
—No puedo comportarme diferente y no soy vulgar, ¿hasta cuando dejarás que tu madre te lave el cerebro?
—A mi nadie me lava el cerebro, soy una mujer independiente e inteligente, no sé porque la mencionas.
—Sé perfectamente que ella es la que te mete esas ideas de que el sexo es malo, si tan solo dejaras de escucharla y vivieras por ti misma.
—Vivo por mi misma, para mi el sexo es para procrear, no para satisfacer los bajos instintos de un esposo vulgar qué ni siquiera quiere tener hijos.
—No estoy listo para tener hijos y tú tampoco, quizá nunca lo estemos.
—Pues yo si quiero un hijo —rebate forzandose a no llorar.
—¿Y como se supone que lo tendrás?, ¿le pedirás autorización a la metiche de tu mamá para coger con tu esposo? —indaga a centímetros de ella, pero en lugar de una respuesta con sílabas recibe una que le hace arder la mejilla y apretar los dientes, es la primera vez que recibe una bofetada.
—No vuelvas a mencionar a mi madre ni a hablarme de esa menera — así comenzó una de las tantas peleas qué tendrian.