Capítulo — Cadenas de Miedos El consultorio del doctor Guillermo Medina tenía esa calma rara que incomoda y reconforta al mismo tiempo. Una biblioteca cargada de libros serios en un rincón, dos sillones mullidos frente a frente y una luz cálida que bajaba desde una lámpara de pie. Nada de frialdad hospitalaria, nada que recordara a esas salas de pediatría donde yo había rezado con el corazón en la boca mientras Benjamín luchaba por respirar. Me senté en la orilla del sillón, con las manos apretadas en el regazo y los nudillos blancos.De vez en cuando tocaba mi vientre como buscando fuerzas para empezar .Las piernas me temblaban sin explicación aparente, aunque lo entendía: no era el miedo al doctor ni a las paredes del lugar, era el peso de querer soltar por fin la mochila invisible que

