Carter.
Al día siguiente, cuando llegué a mi oficina, había un hombre en el puesto que Pamela había ocupado por más de un año. Era regordete, su vestuario estaba pasado de moda y usaba unas gafas que ocupaban la mitad de su cara, lo que lo hacía lucir extraño. Se levantó apenas me vio, podía notar lo nervioso que estaba, lo que no me gustaba para nada. Mis trabajadores siempre debían tener nervios de acero, pero este lucía como un cachorrito perdido.
—Buenos días, señor Price —anunció, dándome una sonrisa nerviosa. — Aquí tiene su café.
Arrastró un vaso de café de mi cafetería favorita hacia mí, lo miré extrañado, ¿Pamela se lo había dicho? Ella ni siquiera lo recordaba la mayoría de las veces, así que me conformaba con el horroroso café de la cafetera en la mini cocina de este piso. Lo tomé, dándole un trago. Casi gemí de lo bien que sabía, la temperatura perfecta, con toques de vainilla y canela, como me gustaba tomarlo.
—La señora Jones me pasó una lista detallada de sus preferencias y exigencias esta mañana —explicó el chico, dándose cuenta de mi sorpresa. — Cualquier cosa que necesite, solo debe pedirla y lo resolveré por usted.
Jodida Savannah Jones, era inteligente, había escogido un asistente que parecía la versión masculina de Betty la fea. Decir que la mujer me tenía poca fe era el eufemismo del año.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, frunciendo el ceño. — Y deja de limpiar esa mesa con alcohol, dañarás la madera.
—Oh, lo siento, so… soy Ernesto Sanders —respondió de inmediato. — Graduado de Yale con honores y estudié finanzas y asistencia administrativa en la universidad de Nueva York, sé tres idiomas y espero aprenderme un cuarto este año y cuento con diversos cursos…
—Está bien —interrumpí, no tenía tiempo para que me contara todo su currículo. – Solo está atento a lo que te pida.
Él asintió y entré directamente a mi oficina, solo porque no quería seguir perdiendo el tiempo, ella había ganado esta batalla, pero solo porque mi padre estaba de su lado, y contar con su apoyo era todo lo que se necesitaba para joderme, el hombre me tenía tomado por las pelotas, sabía que esta empresa era todo para mí, quitármela acabaría conmigo. Encontré a Pamela allí, estaba sollozando, sus mejillas llenas de rímel n***o corrido y los labios hinchados de tanto llorar.
Apenas me vio, se lanzó a mis brazos, sollozando sobre mi traje.
—¡Esa perra nos ha separado! —gimió, dramáticamente.
Puse los ojos en blanco, pero acaricié su cabello, solo para que no se sintiera demasiado mal pensando que yo estaba contento con esto. La verdad, Pamela era buena en su trabajo, pero no iba a echarme a morir por una secretaria, ni siquiera una que daba tan buenas mamadas.
—No la llames así, si te escucha, no estarás fuera solo de la presidencia si no de la empresa también —aconsejé, lo mejor que podía hacer por ella. — No te preocupes, solo serán unas semanas hasta que se vaya, luego tendrás tu puesto de nuevo.
Ella se separó de mí, limpiando sus lágrimas con un pañuelo que había sacado de no sé dónde.
—Es increíble, solo tiene un día y ya está haciendo lo que quiere —se quejó de nuevo. – ¡Es una bruja!
—Es bueno escuchar una opinión tan… descaradamente sincera de mí —dijo Savannah, desde la entrada de la oficina.
Pamela se puso pálida y me miró, como si estuviera buscando ayuda, pero yo me encogí de hombros y me alejé para moverme hacia mi escritorio, se lo advertí y ella no quiso escucharlo. En cambio, me senté a disfrutar, porque Savannah se veía especialmente sexy hoy, sobre todo cuando miraba con esa expresión de hija de perra en su rostro.
—Lo siento —se disculpó Pamela, rígida y pálida. — Realmente no quis….
—Oh, si lo quisiste decir, no tengo problemas por eso —interrumpió Savannah, como si nada. — Pero esta bruja te quitó carga laboral y te mantuvo el sueldo intacto, trata de que eso se mantenga así, ¿quieres?
Los ojos de Pamela brillaron en ira, la forma en la que Savannah decía las cosas era tan… jodidamente sarcástica. Éramos parecidos en eso, decíamos lo que queríamos, pero en un tono que terminaba por enojar a la gente. Lamentablemente para ella, ni siquiera yo podía defenderla, como dije antes, la mujer me tenía tomado por las pelotas.
—Pam, ve a tu nuevo puesto de trabajo ahora mismo —ordené, y ella asintió, tomando su bolso y largándose de la oficina.
Cuando cerró la puerta detrás de ella, observé a Savannah. Hoy lucía una falda en forma de tubo color n***o que moldeaba sus caderas a la perfección, junto con una camisa color mora de botones. El cabello recogido y unos tacones de cinco centímetros negros. Era elegante y discreta, pero en sus ojos había algo que me llamaba la atención, que atrapaban a cualquiera.
—Buenos días, Carter —saludó, con la taza de café en la mano. — Hoy tenemos un Buffet por la tarde, un congreso de empresarios hoteleros, así que te esperaré en la recepción para acompañarte.
Fruncí el ceño, confundido.
—No voy a esos congresos, no me interesan —respondí.
—Pues ahora comenzarán a interesarte, la prensa tiene que ver que a pesar de que eres un empresario grande, sigues siendo humilde al asistir estos eventos de empresarios más pequeños, además, es bueno que te fotografíen en otro lugar que no sea una discoteca o salida de un hotel —respondió, prácticamente dándome la orden.
Gruñí, quería ahorcarla. Había pasado la primera noche en mucho tiempo sin salir, estaba demás de decir que tuve que cancelar una cita con Sofia Castro, una exquisita modelo cubana que tenía un cuerpo de infarto. No pude entender ni siquiera la mitad de todos los insultos que me dio, estaba demás decir que no le gustaba que le cancelaran una cita, por lo que mi oportunidad con ella estaba arruinada para siempre.
—¿Sabes? Cuando entraste por primera vez a esta oficina y te vi, estaba seguro de que tenías que estar casada con algún buen suertudo, pero ya veo por qué no, eres el diablo en persona —comenté, cambiando de tema, porque ella ya había ganado de nuevo, no quedaba más que molestarla. — No me sorprende que estés sola y amargada.
Ella acarició su dedo anular como si hubiese un anillo allí, pero no había nada. Sus ojos brillaron, y se puso roja de nuevo, lo que me indicó que al menos la hice enojar. ¿Qué si era un idiota inmaduro? j***r, eso ya lo sabía, pero no podía ser el único enojado en esta oficina, ella se lo había ganado.
—¡No estoy amargada! —gruñó. — Y a diferencia de ti, estuve casada, me divorcié hace poco.
Bufé, solo para hacerla enojar todavía más.
—Eso explica el resentimiento hacia el género masculino —murmuré.
Abrió la boca, luego la cerró de nuevo y me fulminó con la mirada. j***r, verla así, hizo que mi pene se hinchara. La habitación estaba cargada de mucha tensión, casi toxica. Ella era dinamita pura, solo tenía que decir algunas palabras y ya estaba enfrentándose a mí, lo que, si me preguntas, la hacía mil malditas veces más sexy. Las mujeres con las que salía jamás se hubiesen atrevido a tanto.
—¡No estoy resentida hacia nadie! —se defendió, con vehemencia. — Eres detestable Carter Price, no me sorprende que salgas con una mujer diferente cada noche, ¡entonces nadie puede conocerte y darse cuenta de que estás hueco y vacío por dentro!
Me quedé en silencio, sus palabras golpeándome fuerte. Con mi silencio, ella se dio la vuelta y salió de la oficina, cerrando la puerta con fuerza de nuevo. Había dado en el clavo, solo un par de días y había descubierto lo que ni siquiera mi familia sabía, que era tan egoísta, arrogante y ambicioso, que no podría tener una relación con ninguna mujer.
De pronto, mi teléfono celular comenzó a vibrar con mensajes entrantes. Lo tomé, leyéndolos mientras sentía mi presión arterial subir.
Sara: ¿Te has enamorado y ya no quieres verme?
Penélope: ¿Qué demonios? ¡Nadie me cancela una cita, gilipollas!
Lisa: ¿Recuerdas el jacuzzi? Le contaré a todo el mundo lo que me hiciste, imbécil.
Andrea: ¿Estás haciéndote el difícil? Porque no funciona.
Presioné el intercomunicador de inmediato. — ¡Ernesto! ¿Puedes explicarme por qué estoy recibiendo una avalancha de mensajes femeninos odiándome?
Él tardó varios segundos en responder.
—Oh… lo siento señor Price, pero la señora Jones me ordenó que cancelara todas las citas que no fueran estrictamente laborales —respondió nerviosamente.
Me puse rojo y desabroché un poco mi corbata, sentía que no podía respirar con normalidad.
Jodida mujer.
¡Iba a matarla!
—Si quieres conservar tu trabajo, ¡es mejor que de ahora en adelante solo sigas mis jodidas ordenes! —grité, presionando el botón de apagado un segundo después, para no tener que escuchar sus lamentos.
Necesitaba un calmante, o Savannah Jones iba acabar conmigo.
****
Llamé a mi padre para exigirle que sacara a Savannah de mi vida, pero se negó. Me tenía seriamente jodido, porque si no cumplía sus órdenes, entonces me sacaría de la presidencia de la empresa. Desde que tenía dieciséis años, me dije a mí mismo que lograría convertirme en el dueño. Cuando mi hermana menor Ashley todavía jugaba con muñecas y castillos, yo ya había entrado a la universidad para estudiar economía y administración. Mientras que Joshua trataba de decidirse por alguna carrera donde mi padre no lo fastidiara, ya yo estaba luchando con dos carreras y una vida social activa, solo para convertirme en lo que ahora era.
No iba a permitir que años de esfuerzo y estudios se fueran a la mierda solo porque una jodida mujer quería acabar conmigo. ¿Qué importaba si me gustaban las mujeres? Aquello no era un pecado, aunque viniendo de una familia más conservadora, bien podía serlo. Mi padre jamás había engañado a mi madre, habían estado juntos desde siempre. Y Joshua llevaba cinco años con una misma mujer, ya estaba comprometido a casarse.
Ashley era demasiado joven todavía, pero seguramente encontraría un novio apenas saliera de la universidad y se casaría también. Yo, por el contrario, estaba cometiendo un pecado al llevar una vida despreocupada y sin compromisos.
Así que a pesar de que era lo que menos quería hacer, tuve que bajar hasta recepción para encontrarme con Savannah Jones, que por supuesto, ya me esperaba, demasiado confiada en que iría. Nuestro encuentro anterior solo nos había dejado con más tensión, así que ambos nos miramos como si quisiéramos deshacernos del otro. Pronto, tanta tensión explotaría, estaba seguro.
—Hasta que al fin llegas —murmuró, mirando con desaprobación.— Pensé que tendría que subir a buscarte.
Saqué mis gafas de sol y las puse sobre mis ojos, mientras ambos comenzábamos a movernos hacia el aparcamiento donde tenía mi auto. — Estaba con mi padre, buscando alguna manera de liberarme de ti.
Me dio una sonrisa complacida, como si estuviera contenta con que quisiera sacarla de mi vida con urgencia. Su seguridad en sí misma era algo abrumador algunas veces, porque nunca había estado con alguien así, alguien que pensara que tenía el mundo en su mano, al igual que yo.
—¿Y cómo te fue en eso? —preguntó, pero solo por fastidiar, porque el que estuviera aquí era respuesta suficiente.
—No tuve tanta suerte —gruñí como respuesta.
Ella no dijo nada más, simplemente me siguió hacia el sótano. A pesar de que la detestaba, abría las puertas por ella y la dejaba entrar en el ascensor primero. También procuraba ir más despacio para que me siguiera el ritmo en esos tacones de diez centímetros de aguja. Cuando llegamos al auto, abrí la puerta del copiloto para ella, lo que la sorprendió, aunque no hizo ningún comentario.
¿Qué podía decirte? No todo eran defectos…
El viaje en el auto fue corto, no estábamos en hora pico así que no había tráfico tampoco. Nos estuvimos en uno de los salones más grandes y lujosos de la ciudad, muchas de las convenciones y eventos importantes se realizaban aquí, así que ya sabía dónde aparcarme.
Había un grupo de paparazzi en la entrada, y apenas se dieron cuenta de que llegábamos, vinieron hacia nosotros como una avalancha. Uno de los valet parking se acercó de inmediato a mí. Salí del auto y le entregué las llaves, sintiendo los flases de las cámaras, como si los idiotas no me hubiesen fotografiado bastante ya.
Fui hacia el asiento del copiloto y le abrí la puerta a Savannah, su expresión era casi cómica y me puse haber burlado de ella por su incomodidad cuando las fotografías y las preguntas incesantes fueron dirigidas hacia ella. Pero de primera mano sabía lo jodidamente fastidioso que era tenerlos encima de ti y me apiade de ella.
¿Es tu nueva novia?
¿Desde hace cuánto están saliendo?
¿Dónde se conocieron?
Intenté ignorar todos los comentarios, estaba costumbrado a que siempre hicieran preguntas y tomaran fotos, aunque nunca respondiera. Entonces Bruno, uno de los reporteros más obsesivos que había conocido nunca, tomó una foto justo en frente de su rostro, cegándola por unos segundos.
—¿Carter y tu tienen una relación seria o solo están acostándose? —preguntó irrespetuosamente.
Aquello me enfureció, presioné mis labios juntos y puse una mano en la cintura de Savannah, alejándola de él. No era la primera vez que, hacia preguntas irrespetuosas a mis citas, pero nunca me importó, simplemente pasaba de él. Esta vez, no pude callarme.
—Mantén tu jodida distancia Bruno y ten un poco de respeto —gruñí.
Se dio cuenta de que hablaba en serio, a pesar de mi carisma y encanto, todo el mundo sabía que, si se metían conmigo, entonces hacia a la gente pagármelas. Llevé a Savannah, que estaba en silencio, hacia la entrada, un hombre de seguridad ya nos tenía abierta la puerta y me aseguré de que entrara ella primero y nos alejáramos por fin de las miradas y las cámaras.
Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, ella suspiró. Sus labios rosados se movieron hacia afuera y eso fue todo lo que necesité para ponerme un poco duro. Parpadee hacia ella, mirándola desde arriba porque a pesar de sus tacones, aun no llegaba a mi estatura. Nuestros ojos se encontraron por un segundo, y ambos parecimos estar conscientes de mi mano sobre su cintura, solo una delgada tela impidiendo que tocara su piel.
Carraspeó y se alejó de mí, sacudiendo su cabeza.
—Es horrible, ¿cómo lo soportas? —preguntó, mirando en otra dirección.
—Ha sido así desde que nací, solo aprendí a sobrellevarlo —confesé con sinceridad. Mis padres me habían enseñado a tratar con la prensa, aunque con ellos nunca fueron tan intensos, tal vez porque mi vida era mucho más interesante que la de toda la familia, sabía que donde sea que estuviera, algo interesante pasaba.
Savannah miró detrás de mí, algo pareció llamarle la atención porque palideció, su boca abriéndose ligeramente como si quisiera tomar más aire.
—Yo... ah… Tengo que irme —murmuró nerviosamente.
Fruncí el celo, mirando hacia donde ella miraba, pero no había nada extraño además de un pequeño grupo de personas reunidas hablando. Ninguno era especial, al menos, no para mí.
—¿De qué hablas? Estuviste molestándome todo el día para que viniéramos, ¿ahora quieres irte?
Ella puso los ojos en blanco y me dio una mala mirada.
—Estuve molestándote para que vinieras, ya estás aquí, ya me voy —susurró, haciendo el amago de irse, pero me interpuse, haciendo que se detuviera. —Tengo trabajo que hacer —gruñó enojada.
— ¿Cuál? ¿Buscar las maneras más eficaces de arruinarme la existencia? —pregunté con sarcasmo, lo que definitivamente la irritó más.
—No estoy jugando, ¡déjame ir!
—Si no me dices qué pasa, no lo haré.
Lo pensó un segundo, mientras ambos nos mirábamos fijamente. Savannah podía intentar ser todo lo fría posible, pero sabía que algo estaba pasando con ella. Su respiración era irregular y lucia como si hubiese visto al anticristo, sea lo que sea que hubiera aquí, estaba perturbándola. Lo que, a su vez, me intrigaba demasiado, porque no cualquier cosa podía molestar a una mujer como ella.
— ¿Ves a ese hombre de cabello castaño y piel aceitunada junto al grupo de hombres y una mujer del fondo? —preguntó e inmódicamente después giré mi mirada hacia ellos. Los tres hombres mayores los reconocía, todos eran inversionistas y millonarios, había entablado conversación con ellos un par de veces. Pero a la mujer junto al hombre no, eran desconocidos para mí.
— ¿El que parece una versión más joven de Donal Trump? —pregunté, medio en broma, medio en serio.
Ella golpeó mi estomago disimuladamente y bufé una maldición, había dolido, aunque era cómico. Ver a Savannah perder el control de esa manera.
—No es gracioso —regañó efusivamente, lucia más seria de lo normal, si es que eso era posible. — Es mi exesposo, nos divorciamos hace poco.
Le di una mirada. Esta vez, mucho más detenidamente. Parecía entre los treinta y poco y treinta mucho, probablemente era algún empresario, pero no lo suficientemente importante como para hacerlo conocido, además, su traje no costaba lo suficiente para ganar más de cien mil dólares al año. Ahora, viéndolo bien, no lucia como el tipo de Savannah, me había imaginado a su exesposo mucho más mayor, no como un treintañero con una chica lo suficientemente joven para ser su hija al lado.
—¿Y cuál es el problema? —pregunté, encogiéndome de hombros.
—No quiero verlo —gimió con pesar, en serio, este tipo la trastornaba, porque la siempre serena y fría Savannah no se hubiese comportado así. — Además, la morena a su lado estoy bastante segura de que es una de sus amantes.
—¿Y eso a quien demonios le importa? ¿Sigues enamorada de él? —pregunté, porque me parecía bastante ilógico. Le eché otra mirada más a la morena, era bonita, y con ese vestido corto lograba ser sexy, pero no era como Savannah, ni siquiera un poco. La mujer a mi lado era mayor, pero su cuerpo a pesar de no mostrar mucha piel era perfecto. Además, no conocía ninguna mujer que pudiera competir con ese rostro, con la nariz pequeña y puntiaguda que tenía y los pómulos altos y sonrojados, además de unos increíbles ojos verde esmeralda que siempre llamaban la atención.
—No, solo no quiero verlo —respondió, apartando la mirada, como cuando mentías.
—Eres una cobarde —regañé.
—¡Y tu un cerdo!
Puse los ojos en blanco ante su insulto, me habían dicho eso más de un centenar de veces en mi vida, una más no iba a matarme.
—Vamos, deja de lloriquear sobre el imbécil que te dejó ir, la morena a su lado no es ni la mitad de sexy y hermosa que tú ¿Por qué deberías esconderte?
Ella abrió la boca para darme una respuesta, pero no encontró una lo suficientemente buena, porque la cerró de nuevo. D irguió en una postura sus solo pude describir como jodidamente sexy y candente, su expresión se endureció y juro que mi pene se despertó. Aparté mi mirada, sorprendido de mí mismo. ¿En qué momento comencé a detallar así a las mujeres? Para mí, lo único importante era que bien se veía en un vestido apretado y cómo podía utilizar su boca para fines meramente egoístas y poco recatados.
—Bien —murmuró un segundo después, casi con resignación. — Solo finjamos que no existe y ya.
Negué con la cabeza.
—Oh no, hagamos algo mejor que eso —respondí, guiñándole el ojo. Justo en ese momento y antes de que pudiera negarse, una de las organizadoras se acercó a nosotros. La reconocía de algunos otros eventos en los que había sido invitado, cuando llevabas tantos años siendo parte de la élite social de la ciudad, era difícil que no conocieras a nadie, o que no te conocieran a ti.
—Señor Price, es un placer tenerlo aquí —saludó, una enorme sonrisa en sus labios pintados de carmesí. – ¿Desea algo para tomar?
Savannah hizo una mueca de desaprobación, podía entenderla, Miranda no le había dedicado ni siquiera una mirada y mucho menos un saludo, pero así era ella, iba a su objetivo y nada más. Sin embargo, no pude evitar ser nada menos que encantador, después de todo, era parte de mi personalidad.
—¿Una copa de vino estaría bien para ti? —pregunté a Savannah, que asintió distraídamente, tratando de disimular que seguía mirando a su ex. Volví mi mirada a Miranda y le di una sonrisa amable. — Una copa del mejor vino blanco que tengas. ¿Puedes decirme donde está el baño de damas?
Miranda asintió, señalándome al final de la sala. — A la izquierda hay uno. Te traigo la copa enseguida.
Después de que se fuera apresuradamente a buscarla la copa, tomé a Savannah de la mano, llevándola lejos de su exesposo. Aun no la había visto, lo que era bueno. Me detuve una vez que llegué a los baños de damas, había pocas personas alrededor, la mayoría se encontraba en la sala principal donde estaba los aperitivos y el baile.
—¿Qué demonios estamos haciendo aquí? —preguntó Savannah. No era conocida por ser la más carismática, pero su humor había empeorado desde que llegó.
—Entra al baño y suéltate el cabello —ordené. — ¿Tienes pintalabios rojo? —pregunté.
Ella me frunció el ceño, confundida.
—Tengo uno en mi bolso —respondió.
—Perfecto, píntate los labios también y desabrocha dos botones a tu camisa, necesitas mostrar algo más que el cuello —aseguré.
Su ceño se frunció, — No estoy segura de que eso importe ahora.
—Solo haz lo que te digo, me lo agradecerás más tarde, te lo aseguro —prometí.
Tuvo que haber visto que hablaba en serio, porque un segundo después asintió y se metió en el baño, cerrando la puerta detrás de ella. Me apoyé sobre la pared y me quedé esperarla. Un grupo de tres mujeres pasó por allí y me dieron sonrisitas coquetas, en otra ocasión, hubiese ido detrás de alguna presa, pero ahora tenía otro objetivo en mente y por primera vez, no se trataba de mí.
Miranda me entregó la copa y le agradecí, antes de que se fiera de nuevo, dándose cuenta de que no tenía ganas de charlar. Diez minutos después, cuando estaba a punto de tocar la puerta y preguntarle a Savannah si estaba bien, ella abrió la puerta y salió por sí misma.
La sonrisa de burla y las palabras sarcásticas que tenía preparada en la punta de mi lengua murieron en cuanto la vi. Sabía que lo que le estaba pidiendo haría un cambio, pero no pensé que se las arreglara para verse aún más hermosa. Su cabello rubio era más largo de lo que había creído, le llegaba por la espalda, con algunos tonos más claro que la iluminaban.
Sus labios se veían más llenos por el labial y carraspeé un poco cuando me fijé en su escote. Era una mujer con pechos, definitivamente la camisa no le hacía justicia a su cuerpo. me obligué a mí mismo a volver a sus ojos, ellos me gustaban casi tanto como todo lo demás.
—¿Cómo estoy? —preguntó, mordiéndose el labio inferior. Por primera vez, vi un destello de inseguridad en sus ojos, así que no pude ser tan imbécil de burlarme de aquello.
—Estás… —no encontraba las palabras adecuadas, así que opté por ser simplemente yo. — Luces jodidamente sexy y follable.
Pensé que se ofendería, pero sus ojos brillaron y poco a poco una sonrisa orgullosa apareció en sus labios. Le entregué la copa de vino, instándola a que bebiera un par de tragos fuertes para tomar fuerzas y relajarse mucho más. Cuando terminó con la copa, vaciándola, se la dimos a uno de los meseros que pasaba cerca y la tomé del brazo para que lo entrelazara con el mío.
Una pareja de inversores me vio y se acercó hablar conmigo. Les presenté a Savannah como una amiga y pronto le hicieron conversación. Ella era muy inteligente así que supo sobrellevarlos, a pesar de que estaban comiéndosela con la mirada y le habían ofrecido muy buenos trabajos, después de que se fueron, ella pudo volver a respirar con normalidad. No pasaron ni siquiera cinco minutos cuando escuché a alguien llamarla.
—¿Savannah? —preguntó el hombre, mirándola de arriba abajo. — ¿Qué haces aquí?
—Solo estoy de paso —respondió, con serenidad, como si no le interesara. Tenía que admitir que era tan buena como yo ocultando sus sentimientos.
El idiota asintió, dándome una mirada, evaluándome como si estuviéramos en algún tipo de competencia. La morena a su lado carraspeó y él pareció darse cuenta de que estaba con ella.
—Ella es Gretchen, una… vieja amiga —dijo, después de una pausa sospechosa para buscar las palabras adecuadas.
La chica era todo sonrisas.
—Es un placer conocerte —dijo Savannah, casi con demasiado entusiasmo. — Ese vestido te luce genial. —Reprimí las ganas de reírme, esperando a que Savannah terminara, cuando lo hizo, me presentó por fin. — Él es Car…
—¡Carter Price! —exclamó, sonriendo y mirándome con ojos hipnotizados. — Vi tu pene en una revista mientras tenías sexo con Samantha Crawford —dijo sin tapujos. Savannah se ahogó con su trago de vino, tosiendo un poco para aclarar su garganta. Le di algunas palmaditas para ayudarla y me pillé que su exmarido hervía de rabia. Gretchen ni siquiera le importó, continúo hablando, — Dicen que demandaste al reportero que se coló en la habitación del hotel por diez millones de dólares y que Samantha tuvo que ir al hospital adolorida. ¿Es verdad?
Ni siquiera fingí que no me estaba divirtiendo con esto. No intenté sentirme avergonzado o algo parecido, le sonreí como de costumbre, como si solo me estuviera preguntando sobre mi signo.
—¿Cuál de las dos? ¿La de la demanda o las lesiones de Samantha por mi pene?
Me sonrió descaradamente, sus ojos iluminándose con coquetería. No estaba intentado ocultarla ni un poco, ni siquiera por el hombre a su lado. Mark carraspeó incomodo, dándole una mirada de advertencia bastante severa, supongo que el hecho de que me coqueteara delante de su exesposa no lo ponía de muy buen humor.
—¿Puedes tomarte una foto conmigo? —siguió diciendo Gretchen. — Mis amigan enloquecerán.
Me encogí de hombros, como si de verdad lo sintiera, era pura basura.
—Mas tarde seguro, ahora tengo que bailar con esta hermosa mujer y no puedo hacerla esperar —respondí. Para acentuar mis palabras, la tomé de la mano y deposité un suave beso allí. Savannah sonrió, aunque podía apostar mis testículos a que solo quería salir corriendo lo más lejos de mí, después de lo que Gretchen había dicho.
Justo cuando estábamos por darnos la vuelta para irnos, Mark la llamó. — Savannah, luces bien —dijo rápidamente, casi con nerviosismo. — ¿Puedo pasar a ver a Brianna esta noche?
Ella asintió con dulzura, demasiada. — Por supuesto, le diré a la señora Murphy que te reciba, yo no estaré en casa esta noche —aseguró, aunque eran patrañas y ambos lo sabíamos. — Fue bueno verlos.
Él selló sus labios y asintió. No estaba conforme me di cuenta, y no había que ser muy inteligente para darse cuenta de que a quien en realidad había querido ir a ver no era a esa tal Brianna, si no a ella. Puse mi mano en la cintura de Savannah, muy cerca de su trasero, solo porque sabía que él estaba mirándola aún.
Cuando llegamos a la pista de baile, ella envolvió sus brazos alrededor de mi cintura y sonrió. — ¿Qué tal estuve?
—Impresionante, fue una buena jugada la de no aceptar verlo esta noche —aseguré, con una pequeña sonrisa de reconocimiento. — Tal vez un poco exagerada con lo de Gretchen.
Ella se río un poco y mi corazón dio un salto. Casi me tropecé, escucharla reír me había gustado, demasiado. Cuando comenzamos a movernos, la acerqué más a mi cuerpo, esta vez, no era porque su exesposo estuviera mirándonos, sino porque quería sentirla más cerca. Nuestros ojos se encontraron y una chispa de química y deseo pasó a través de nosotros.
Era difícil no sentirla, aún más difícil ignorarla.
—Gracias Carter —susurró, inclinándose para besarme en la mejilla.
Fue todo para mí, estuve un poco acabado después de eso. Un jodido beso en la mejilla como dos niños, como dos jodidos niños, y lo peor era que me había encantado.
Estaba doblemente jodido.