Capítulo 18 - Risas en medio del caos

1759 Words
El mundo está corrompido, lleno de maldad y desconfianza. Es triste que, cuando alguien hace algo bueno por ti, sientas la necesidad de dudar y preocuparte. Se supone que no debería ser así. Tenía tanta desesperación y frustración acumulada. Mi mente se llenó de recuerdos dolorosos: las veces que mi padre lastimaba a mi mamá, las noches en que el miedo y la tristeza nos mantenían despiertas. Después de todo lo que pasamos al mudarnos solas, sin apoyo, soportando abusos de un miserable, y ahora las humillaciones de una ricachona como Verónika... Dudar de Richard era un golpe más. Caminé a paso acelerado, sintiendo las miradas de la gente, pero ya nada me importaba. Estaba cansada de vivir escondida, deseando mostrarme tal como soy, sin temor al rechazo o las burlas. —¡Gail, espera! —me llamó Richard, tirando suavemente de mi mano. Al mirarlo, el cielo parecía aplastarme. Era una sensación extraña porque... Este hombre me preocupa, me gusta, y con cada gesto amable, mi corazón se aceleraba aún más. Eso me desesperaba. Sin negarme, decidí hablar con él. Tal vez fuera el momento de abrirme y contarle lo que realmente me sucedía. Me llevó a un parque tranquilo, donde pocos niños y perritos corrían libres. Era un pequeño refugio de felicidad; en esos lugares solo se escuchan risas y se ven sonrisas... Me reconfortaba. Richard sacó un pañuelo y me lo entregó para que limpiara mi cara empapada de lágrimas. Después de un breve silencio, fue él quien rompió la tensión. —Quiero pedirte perdón por haberte hecho sentir insegura, Gail. —¿Por qué te disculpas? No tienes nada de qué disculparte. Solo deseo escuchar todo lo contrario a lo que ella dijo... —murmuré, recordando las palabras hirientes de Verónika. —¿De lo que ella dijo? —repitió, pero me quedé en silencio—. Sabes, puedes desahogarte conmigo. Necesitas un hombro para llorar, y aquí estoy para eso. Siempre lo estaré. «Sí... Así dicen, pero nunca cumplen». —Creo que sería mejor que dejemos esta amistad y seamos solo vecinos. Sus ojos claros se abrieron con sorpresa. No podía sostener su mirada por más tiempo. —¿Por qué? Gail, dime qué te sucede. ¿Por qué estás así? Sea lo que sea, solo te pido que te desahogues conmigo. Escuchando su tono preocupado, no tuve más opción que abrirme. —Richard, lo que pasa es que tú no sabes por qué mi mamá, Melina y yo vivimos en ese anexo tan pequeño. Tuvimos una vida de infierno, llena de discusiones, agresiones físicas y psicológicas por parte de mi padre hacia mi mamá. Crecí escuchando sus gritos y lágrimas, sintiendo el miedo que me paralizaba. Hasta que se presentó la oportunidad de escapar de ese infierno. Juramos no dejarnos engañar por nadie más. Y entonces apareces tú, con tu aura y tu sonrisa perfecta, intacta todos los días. —Él escuchaba atento, sorprendido—. Traté de evitarte, pero insistías en cruzarte en mi camino. Luego me salvaste la vida, y por eso me siento tan agradecida, pero no puedo aceptar más regalos. ¿Por qué haces todo esto por mí? Hizo silencio, sus ojos parecían enrojecerse un poco. —¿Es porque solo seré tu seguro de ganancias? ¿Por eso me tratas tan bien? —volví a preguntar, conteniendo el nudo en mi garganta. Desvió la mirada antes de hablar. —Sabía que había una razón detrás de tu reserva. Me alegra que hayan salido de ese infierno, lo digo en serio. Pero, Gail... No quiero que pienses que te estoy usando para mi propio beneficio. Si te soy sincero, al principio te vi como una oportunidad para relanzar mi carrera, pero a medida que nos acercamos, esa idea desapareció. Verte ilusionada, con esos ojos que brillan cada vez que te digo algo que te emociona, me hace querer darte siempre algo que te alegre, solo por verte feliz. Me parece triste que con tu talento te niegues a luchar, rindiéndote... —lentamente acercó su mano para quitar una lágrima que caía, pero lo detuve—. Por eso quise ser tu amigo y ayudarte a superarte. Perdón, sé que fui un idiota al principio. Ambos quedamos en silencio, sumidos en nuestros pensamientos. —Pero no me digas que no seremos más amigos, porque ahí sí te molestaré intensamente hasta que vuelvas a hablarme. Gail, no hay un día en que no piense en ti —corrigió rápidamente—. No me malinterpretes, lo digo en el sentido de que te has vuelto alguien especial para mí y solo quiero ayudarte, ¿okay? Por un momento, pensé que podría gustarle a Richard, pero me di cuenta de que solo me veía como una buena chica a la que quería ayudar. —Es bueno haber escuchado la verdad, supongo. —¿Supones? —repitió, un poco confundido. «Supongo, sí. Porque me hubiese encantado escuchar que sientes algo por mí, y que no soy la única». —Gail, no quiero que dudes de mí, por favor. Si algo no te gusta, dímelo. Si estás enojada, grítame, insúltame si quieres, patéame, pero no tan fuerte —susurró, provocando una sonrisa en mí—. Solo no te guardes nada. Si hablamos, encontraremos una solución. En ese momento, mis ojos se llenaron de lágrimas. No podía enojarme con él, no podía dudar de él. —Está bien. Nos pusimos de pie para irnos al auto, pero nos quedamos frente a frente. Entonces, ambos nos dimos un fuerte y cálido abrazo. Un abrazo que parecía curar mis heridas, que me protegía y calmaba mi corazón agitado, llevándome a un lugar de felicidad. —Ahora vamos a un lugar —dijo, rompiendo el momento. En el auto, le pedí que me enseñara a conducir, y él respondió con una sonrisa que iluminó su rostro. —Por supuesto que sí, aunque... No lo necesitarás. Seré yo quien te lleve a donde quieras a la hora que sea. Como tu mánager, debo estar al pendiente, aunque luego tendremos uno mejor que este viejo cacharro. —Quiero aprender de igual modo. ¿Y si un día estás enfermo? Él sonrió. —Te enseñaré a manejar, para que no dependas de nadie. Sus palabras me llenaron de alegría. Puso música y comenzó a cantar como un loco, haciendo gestos y payasadas. Me animó a que cantara con él. Y allí íbamos, cantando los dos. Él sin saber cuánto me gustaba, y yo feliz de saber que quería estar conmigo, al menos como amiga. Llegamos a una heladería infantil, y no pude evitar reírme al ver el lugar. —¿Una heladería infantil? —dije entre risas. —¿Qué tiene? Es un lugar encantador, y dicen que los helados son exquisitos, casi milagrosos —se acercó y susurró—. Dicen que al comerte uno te volverás feliz. —¿No es mucho para un simple helado? —pregunté, balanceando la cabeza. —En lo simple está lo grandioso, ¿no lo sabías? Richard me dejó elegir el sabor que quisiera. Estaba ansiosa; jamás me habían invitado a algo tan simple como ir a comer helado, y mucho menos la persona que hacía latir mi corazón a un ritmo frenético. Cuando regresé con mi helado, sonriendo de oreja a oreja, me dirigí hacia la mesa donde estaba Richard, quien manipulaba su teléfono. —¡Este helado está riquísimo! —exclamé, probando un poco. —Sí, se nota que lo estás disfrutando. ¿Volverías a venir? —Por supuesto, creo que es cierto eso que dijiste. Ya me siento feliz —sonreí, tapándome la boca con la mano. Luego noté algo—. ¿¡Me estás grabando!? —Él soltó unas carcajadas que me afirmaron que sí—. ¡Ya deja de grabar! ¡Qué pena! —¿Pena por qué? Ve acostumbrándote a las cámaras, porque serás una cantante mundialmente famosa... —No estoy arreglada y mi cara está fea por haber llorado. —¿Qué dices? Estás perfecta, señorita Gail. Tienes una belleza natural muy linda, delicada, que transmite paz. Mientras probaba del helado, me sonrojé, sintiendo el calor en mi rostro. Volteé la mirada, tratando de disimular. —¿Gail? —me buscó con la mirada—. Está bien, te dejaré comer tu helado tranquila, je, je. Traté de respirar; era difícil quitarme esa sensación, pero estaba feliz, así que empecé a reírme porque no podía seguir sosteniéndolo. Me reía libremente. Después de una tarde triste y opresiva, se convirtió en una llena de sonrisas y helados de colores, dulces como la sonrisa del hombre de mirada azul cielo que me acompañaba. —Me alegra verte así —dijo, bajando un poco la mirada—. Me sentí terrible cuando me miraste de esa manera tan triste, como si te hubiese decepcionado. Me sentí fatal. Y yo me sentía ahora muy feliz de que me acompañara, de que fuera mi vecino, mi representante y mi amigo. Aunque... deseando que fuera algo más. —Gracias, y perdón por haberme alterado hace rato... Solo no aguantaba más. —No te preocupes, ya te dije que puedes hacerlo para liberarte —asintió—. Por cierto... Acerca del regalo que quería darte, es decir, el teléfono... ¿No lo vas a aceptar? Negué con la cabeza. —No puedo aceptar eso, Richard. Es demasiado. —Escucha. Míralo de esta manera: tú, como artista, debes tener un teléfono de trabajo y otro personal. Puedes tomar ese como uno del trabajo... Es muy común en las agencias tener un número de empresa —se levantó de la silla, sin dejarme decir nada—. Espérame, ya vuelvo. Se fue de prisa y volvió con un pequeño bolso. Sacó la caja con el teléfono y la destapó. —A veces la vida te da oportunidades y las dejamos pasar creyendo que son ofertas engañosas. No hay que dudar; si se pierde, ganas experiencia... ¿No te parece? Aún así, no estás perdiendo. Cuando sacó el teléfono, era tan impecable y moderno que mis ojos se agrandaron. —Está muy lindo... —Más lindo se vería en tus manos. No me lo rechaces; sería un desperdicio, y no pareces ser de esas chicas que desperdician todo. Estuve pensando, pero era demasiado. Así que lo ignoré y me levanté. —Ya vámonos. ¿Qué te parece si vamos a la pista? —¡Gail! Lo dejé atrás, exclamando mi nombre mientras me iba corriendo, riéndome de él, disfrutando de cambiar de tema drásticamente.
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