Capitulo 19 -Oops

2280 Words
Richard vino corriendo hacia mí. Yo lo estaba esperando en una banca de la plaza, y cuando llegó, se veía jadeante, tomando aire de manera dramática. No pude evitar pensar que lucía un poco chistoso. —Creo que ya envejecí. No estoy para seguirte el paso... —dijo, sentándose y respirando hondo. Entre carcajadas, le respondí: —No es que envejeciste, es que estás oxidado. ¿Hace cuánto no haces ejercicio? —Hace mucho, la verdad... —respondió, extendiendo las piernas con un gesto de rendición. —Deberíamos empezar a entrenar. ¿Qué piensas? Él soltó una risa y me miró con escepticismo. —¿Hablas en serio? —Sí, quiero verme fitness. Escuché ese término entre los chicos de la academia —me reí—, y si vamos a ser famosos, deberíamos estar bien presentables. Me dio una mirada dudosa, pero yo insistí: —¡Anda! Entrenemos juntos. Así nos daremos ánimo cuando uno de los dos no pueda más. Él se echó a reír, y yo lo acompañé. De regreso al auto, estuvimos planeando comenzar desde mañana a las seis de la tarde. Lo haríamos en un parque donde hay máquinas para ejercitarse, y estaba emocionada por esta nueva aventura que compartiríamos. Ya quería que fuese mañana. Al llegar a la residencia, nos despedimos y cada uno entró a su anexo. Me daba curiosidad saber por qué Richard, habiendo sido rico, ahora vivía en un anexo tan pequeño y barato. ¿Tan en bancarrota quedó? Entré a casa y encontré a Melina, que ya había llegado y estaba haciendo algo en su cuaderno. —Al fin llegaste. Estoy muriéndome de aburrimiento. No hay ni una TV para distraerme. —Deberías inscribirte en un curso gratuito. —¿Dónde hay cursos gratuitos? —me preguntó, levantando una ceja con desconfianza. —He visto que hay institutos así. Solo que debes hacer una fila larga para inscribirte. Ella suspiró y recostó la cabeza sobre la mesa. Fui a la habitación y lancé la mochila a la cama, dejándome caer en ella. «El día de hoy fue de muchas emociones alteradas. Pero, al menos terminé feliz con Richard... Me alegra saber que se preocupa por mí. Sin embargo, desearía que le gustase aunque sea un poquito...». Tomé la mochila para sacar mi cuaderno y repasar lo que había dicho la coach. Nos había mandado a realizar unas investigaciones y... —¿Qué es esto? Sorprendida, vi la caja del teléfono en mi mochila. —Ese Richard Anderson... ¡Le dije que no iba a aceptar esto! Qué testarudo. Me va a escuchar... Lo metí nuevamente en la mochila y la ensucié a propósito para hacerle creer a Melina que iría a lavarla a la batea. —Iré a la batea... —le comenté, y pareció no darme mucha importancia. Molesta, fui hasta su anexo y, viendo que no había nadie alrededor, toqué la puerta con fuerza. La puerta se abrió de golpe y él se mostró mucho más sorprendido de verme. Me crucé de brazos y le lancé una mirada fulminante. —Richard Anderson. ¿Qué hace esto... —saqué el teléfono— en mi mochila? —Gail, déjame decirte... En ese instante, me di cuenta de que una mujer venía entrando a la residencia. Era mi madre. Sorprendida y asustada, empujé a Richard y entré rápidamente antes de que mi madre me viera frente al anexo de él. —¿Gail, qué sucede? ¿Por qué entras...? —¡Shhhh! Mi mamá acaba de llegar. No podía verme así, me mata —respondí, con las pulsaciones aceleradas. El miedo a que mi madre me viese con un teléfono nuevo y frente al anexo de un hombre solo me aterraba. El instinto me hizo entrar sin pensarlo dos veces, pero cuando ya estaba adentro, noté que la casa estaba impecable, todo tan conservado y moderno... ¡Y Richard estaba en bata de baño! Mis pupilas se asombraron junto conmigo, y la sangre me subió a la cabeza. Me giré y le di la espalda. —¡Richard! ¿¡Cómo puedes abrir la puerta así!? ¡Estás completamente loco! Lo único que hizo fue reírse... Qué muérgano. —¿¡Y te ríes!? —pregunté, más que perpleja. —¿Cómo no iba a abrir si casi alguien me tumba la puerta? —expresó, alejándose, aunque no sé a dónde porque evité verlo. —Oye, ¿a dónde vas? Solo vine porque iba a devolverte tu teléfono. —Sabía que lo traerías, pero no tan pronto... —murmuró. Me voltee lentamente y lo encontré en la cocina, viniendo con dos tazas de algo. —Ten. Relájate. Lo miré con desconfianza. «Él vive solo aquí... No debería aceptar este café. ¿Y si le echó alguna droga para aprovecharse de mí? Al final, vive solo y yo soy más joven que él... ¡Ay no, Gail! No deberías pensar mal del hombre del que estás enamorada... Bueno, del que te gusta». Suspiré mientras debatía mentalmente si aceptarlo o no. —Gail, se me está durmiendo el brazo. ¿Por qué siempre me dejas con el brazo extendido? Y no, no tiene nada raro, por si lo estás pensando. Hice una expresión de sorpresa y me negué. —No vine de visita, solo toma tu teléfono —se lo entregué casi de un empujón y me giré para abrir la puerta e irme. Pero, de repente, un perro Chihuahua apareció ladrando frente a mí, haciéndome retroceder de la impresión y chocando con Richard, que estaba detrás de mí. Él me sostuvo por los brazos. —¡Ya, Huwi! Tranquilo. Tranquilo, siéntate. Cuando me voltee para verlo a la cara, estábamos tan cerca que sentí un cosquilleo en el estómago. Richard me hacía sentir tan diferente, tan nerviosa y deseosa a la vez. Deseosa por él, por sentir sus brazos respondiendo a mis sentimientos y que pudiera besarme incluso mejor de lo que había soñado. —¿Estás bien? —dijo, mirándome con una mezcla de preocupación y ternura. —¡Ya, cállate! No sabía que tenías un perro... Él se agachó y tomó a su perro Huwi entre sus brazos. —Es mi compañero. No me siento solo gracias a él. Además, es muy obediente e inteligente. —Luego, acercó a Huwi hacia mí— Huwi, conoce a Gail. Algo dudosa, acerqué mi mano y acaricié su pequeña cabecita. No era tan aterrador después de todo. Aunque aún seguía impactada por haber estado tan cerca de él y en esas circunstancias... Debía irme pronto. —Ya me voy... Nos vemos. Me acerqué a la puerta y me aseguré de que no hubiera nadie antes de salir sigilosamente hacia la batea, sin que nadie me viese. Tenía el corazón a mil, latiendo aceleradamente. —Ay, qué calor. Con razón es peligroso que una mujer esté en la casa de un hombre solo... Y más si ese hombre es el que te gusta, claro... Dialogando conmigo misma, rápidamente lavé la mochila para regresar a nuestro anexo. «No debo ir más a casa de Richard. Podría morir de un infarto o qué sé yo...». Entré más calmada y saludé a mamá. —Te tardaste... —observó Melina al verme entrar. —Sí, es que me distraje. Mamá me enseñó que le habían dado una buena propina y que con eso nos compró dos lindas camisas a Melina y a mí. —Ay, gracias, mamá, pero no debiste. Hay otros gastos... —Sí, amor, pero las necesitas. Casi no tienes ropa para ir a tu academia, donde va tanta gente rica y prestigiosa. —Sí, pero eso no es tan importante. Sabes... Quiero trabajar. Lo que necesito urgentemente es un teléfono. Me da vergüenza no tener uno para comunicarme con los demás. El que tenía era tan viejo que ya ni servía para comunicarse; solo lo usaba como despertador y para escuchar música. —Te puedo ayudar a buscar algún trabajo de medio tiempo. ¿Te parece? Que no interfiera con tus clases... —Por favor, lo necesito urgentemente... Durante el resto de la tarde, después de haber pensado en Richard, logré olvidar todo lo mal que me sentí por la princesa Verónika y el resto. Luego de terminar mis tareas pendientes de la academia y repasar, busqué en mi súper gran armario —nótese el sarcasmo— alguna ropa deportiva para empezar a entrenar con mi querido Richard. Pero solo tenía camisones grandes que alguna vez le quité a mi papá y una licra negra que hacía tiempo no usaba. «Qué horror... Pasaré pena otra vez delante de él. Bueno... Soy pobre por ahora, ya después eso cambiará. Eso espero». Me autoanimaba porque, independientemente de la ropa, me fascinaba que él hubiese aceptado entrenar conmigo. Cuando escuché en la academia que Verónika entrenaba en el mismo gimnasio que Vicent, muchos empezaron a hablar de eso... Solo me imaginaba a Richard y a mí haciendo ejercicios juntos, riéndonos el uno del otro por no hacerlo bien, y luego, con el tiempo, viendo los resultados en cada uno, haciéndonos más unidos, compartiendo risas y teniendo algo más en común que solo la academia y nuestro vínculo como cantante y mánager. A veces creía que él podría poner eso de que se preocupa por mí como una excusa de amigo... Pero quizás era mi mente deseando que él me quisiera de la misma manera que yo lo quería a él. Suspiré largamente, deseando que algún día él pudiera sentir lo mismo por mí... Aunque en pequeños momentos creía que eso sería imposible. Ya llegando el viernes, me encontré en la academia con mis nuevos amigos Derain y Merrie, quienes cada vez que me ven tienen algo que darme. —Chicos, me avergüenza que me den siempre cositas lindas y yo no tenga nada para ustedes —dije con pena. —Gail, es solo una inversión. Sabemos que te harás famosa, así que ya luego me pagarás. Y no te olvides de mí, ¿okay? —agregó Derian, dándome una mirada juguetona. —Tonto —le dijo Merrie—. Tranquila, baby. Lo hacemos porque nos caíste de maravilla y ahora los tres seremos el mejor trío. —Uy... —murmuró Derian. —Pervertido —le contestó Merrie con los ojos entrecerrados. Yo solo me reía con ellos. Y aunque pensaba que se les había olvidado lo que había dicho acerca de la persona que me gustaba, me cayeron encima otra vez con preguntas. —¿Quién es? ¿Qué edad tiene? ¿Cómo es físicamente? ¿Es alto? —preguntaba ansiosa Merrie. —Fíjate en los pies, dicen que si tienen los pies grandes también... —¡Cállate, Derian! ¡Qué perverso! Dios, te llevaré a la iglesia... —Merrie le dio una fuerte palmada en la espalda. —Que si tiene los pies grandes, ¿también qué...? —repetí, sin entender. —Olvídalo, amiga. Responde mis preguntas. En ese momento, a mi mente apareció él, e incluso el momento en que lo vi con bata de baño; lucía muy atractivo y sexy... —Es alto, tiene ojos azules chispeantes y brillantes, muy claros... Su sonrisa es deslumbrante, tiene una atractiva barba en forma de candado, se viste muy bien... Tiene un buen sentido de la moda. —Inevitablemente dejé escapar una sonrisa llena de deseo y ternura. —Ay, Gail. Suena encantador. ¿Qué edad tiene? Los miré a ambos a los ojos. —¿A ustedes les importa la edad? —Oh... Bueno, a mí en lo personal me gustan las chicas mayores que yo por seis años de diferencia como máximo —comentó Derian, con la mano en su mentón. —Mmm, yo quizás con unos tres o cuatro años mayores que yo me conformo. —¿Y qué opinan de una diferencia de... —bajé el tono de voz— dieciséis años? Ambos se asombraron al mismo tiempo, dejando escapar exclamaciones. Yo abrí los ojos como platos al ver su reacción. —Gail, ¿pero, dieciséis años mayor que tú? —Si... —respondí, casi en susurros. Luego de un breve silencio, donde parecían pensativos y sorprendidos, ambos hablaron a la vez. —Bueno, no está tan mal. ¿No han visto las modelos como salen con hombres muchísimo más mayores que ellas? Lo de Gail no es tanto... —Eso está de moda. No es tanto, Gail. Está bien. Nah... no tienes de qué preocuparte. Gianluca Vacchi y Sharon Fonseca se llevan veintisiete años de diferencia... Y ambos se ven excelentes. —Sí, exacto —afirmó Derian. Sonreía escuchándolos decir todo eso para no hacerme sentir incómoda, aunque sinceramente a mí no me importaba esa diferencia. Lo que me importaba era lo que él pensaría de eso... ¿Lo aceptaría? No estoy segura. Antes solía hacerme saber que es mucho mayor que yo, y a veces me llama "señorita", como si fuese mucho más joven. No sé qué pensar... Me tiene tan frustrada esta situación. —¿Pero él sabe que le gustas? —me preguntó Merrie. Mi cara se entristeció. —No, solo somos amigos. Ambos me dieron palmaditas en los hombros. —Tranquila, te ayudaremos a que suban de nivel —me aseguró ella. ¿Podría ser así? De ahí les dije que iría al baño, y mientras ellos me esperaban, salí a ver si podía verlo aunque sea de lejos... Así fue, pero en una situación que no me gustó. Lo vi hablando con la señorita Lucre; ella le sostenía las manos y se veían como si estuviesen enamorados... Eso me revolvió el estómago, así que me di la vuelta y me fui al baño cabizbaja, sintiéndome como una perdedora.
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