VI Un sueño hecho realidad

1860 Words
No sé cuántos coches nos rodean en un momento, me sacan de un tirón de donde estoy y veo que rodean a Nero, me dejan allí de pie, con el frio de la noche. Alguien tira mi bolso fuera del coche y lo recojo, me siento como una mierda y creo que lo mejor es que llame a un Uber, pero no tengo móvil, Nero me lo quitó. Miro hacia el camino por el que entramos, creo que será mejor que me ponga en marcha si quiero llegar a algún sitio donde pueda encontrar un taxi, pero de repente veo a uno de los hombres manipulando mi móvil, corro a por él y se lo trato de arrebatar, solo para que me dé un empujón y me aparte, mientras sigue manipulando mi móvil. No me he dado cuenta, pero Nero ya ha salido del coche y se monta en otro. Le miro y creo que en estos momentos ya no me parece tan amable y sexy como hace un rato. Dice algo a uno de los hombres y me empujan a otro coche, entro y me sientan junto al que está toqueteando mi móvil. La comitiva de coches se pone en marcha y veo que el conductor del coche en el que voy es Eduard, tararea al son de la música del reproductor. El hombre que estaba manipulando mi móvil le dice algo en italiano que entiendo que es para que se calle y me devuelve el móvil, mientras saca el suyo y veo que en la pantalla sale mi propia foto de fondo. - ¿Qué coño has hecho? - Le grito cabreada. – Asegurarnos que no haces nada que no debes. - Responde, tan fríamente y de un modo tranquilo que solo puedo bajar la vista a mi móvil y callar el resto del viaje. Atravesamos la ciudad y llegamos a un edificio rodeado de arbustos, con una puerta grande que tiene acceso por escalera y por rampa. Veo bajar a Nero de otro coche y entrar en el edificio. Me quedo quieta y callada, “lo mismo con un poco de suerte me llevan a casa”. Pasan los minutos y Eduard, el conductor cantarín baja del coche y abre mi puerta. – Baje, puede entrar, la esperan. - Creo que ha sido el único amable conmigo desde que nos brutos estos nos recogieron en las cocheras del metro. Entro y una enfermera me saluda y me lleva por pasillos blancos. Así que es una especie de clínica fantasma o clandestina. Llegamos a una puerta cerrada y la abre. En una cama con cables por todo el cuerpo está Andrea. Abre los ojos cuando nota que entro, sonríe y sube la mano, no sé si saluda o trata de decir que está bien. Mi rostro refleja todo lo que estoy sintiendo, miedo, tristeza, rabia. Siento jaleo a mi espalda y veo por la puerta abierta de la habitación como Nero pasa, seguido de sus hombres. Andrea también lo ha visto, pero vuelve su mirada al techo. El jaleo se desplaza ahora a la calle, me asomo a la ventana de la habitación y veo como la comitiva de Nero sale de la zona de arbustos y no queda nadie. Vuelvo al lado de la cama de Andrea y me siento en el sillón, mientras busco mi móvil para pedir un Uber. “Parece que tendré que esperar, el coche más cercano está a casi media hora y además no me recogen en esta calle, tendré que salir a una calle más amplia”. –Lo siento mucho, espero que te recuperes pronto. - Le acaricio el pelo y me voy de la clínica en busca de mi Uber. Son las cinco de la mañana cuando llego a casa, todo está en silencio y me acuesto. Cuando me giro sobre la almohada noto el dolor en la cara y tengo que buscar una posición cómoda para poder dormir, pensé que tardaría mucho rato en quedar dormida, pero no es así. Me despierta un fuerte ruido y un grito. Es mi madre. La luz entra por todas partes. Tras unos segundos que tardo en centrar mi pensamiento, corro a la entrada del piso y veo a mi madre apoyada en la pared con una herida en la cara. “¿Qué ha pasado?” Tomo a mi madre por los codos y la meto en casa, sentándola en salón. Corro a la cocina a por un paño húmedo con el que la limpio la herida. - ¿Qué ha pasado mama? - Le pregunto mientras me mira sin fijar la vista. - No, no lo sé. Llamaron a la puerta, abrí, había dos hombres y lo siguiente que recuerdo es estar sujetando mi cabeza porque me dolía mucho. - La noto contrariada, me visto y me la llevo al hospital. Allí la meten en urgencias y llamo a mis hermanos para avisar de lo que está pasando. Cuando llegan deciden que hay que hablar con la policía y se van a la comisaría a denunciar que habína asaltado a mi madre, mientras yo rezo para que no tenga relación con mis “nuevos amigos”. Está unas horas en observación y el domingo por la noche, por fin, podemos volver a casa. Suena mi despertador, es lunes, seis de la mañana y tengo que ir a mi horrible trabajo. Desayuno, me arreglo para ir a trabajar y salgo de casa para coger mi coche. Llevo una jarra con café y al cruzarme con un hombre, chocamos y casi me la tira encima. El tipo ni se inmuta, sigue su camino como si nada, pero yo me he quedado sin mi café de la mañana. Me monto en el coche de mal humor y voy a trabajar. Paso irritada todo el día y deseando salir del trabajo, cuando por fin lo hago, casi hubiera preferido seguir en el trabajo. Mi coche tiene un golpe y parece serio. Tras llamar a la grúa y llevarlo al taller me dan la peor de las noticias, mi coche no tiene arreglo. Mi albondiguilla roja, la que ha pasado conmigo buenos y malos momentos, ahora pasa a mejor vida y yo me quedaba sin medio de transporte para llegar a mitad de Mordor, donde trabajo. Vuelvo a casa pensando que me debido mirar un tuerto por toda la mala suerte, como se dice cuando todo te va mal. Mi tarde consiste en visitar varios concesionarios de vehículos. Encontré un par que podría pagar con mis ahorros y me he decidido por uno blanco, es casi nuevo, apenas tiene 10 kilómetros, es un chollazo. Esa semana tengo que ir al trabajo en transporte público y puedo jurar que me pareció ver a Nero en un par de ocasiones, pero se me quito de la cabeza cuando ni se acercó después de llegar sus hombres y ni volví a saber de él. Al revés, he retomado mi vida y el viernes siguiente recogí mi coche nuevo. Me he quedado sin ahorros, pero ya no tengo una pelotilla de coche. Es un poco mejor y decido quedar con Bea y con Carol. Haremos una ruta por los bares, aunque no podré beber alcohol, seré divertido. Las chicas han bebido cerveza como alemanes en el oktoverfest, y yo les tengo un poco de envidia. Les propongo ir al último bar, es uno de nuestro barrio, El Trastevere. Es un bar nuevo, ambientado en Roma y me parece bien ahogar mis penas en un sitio que me recuerda a Nero, pero al entrar no fue a Nero a quien vi, allí está Raul con un grupo de chicos y chicas, comiendo y bebiendo. No soy capaz de mirarle, ahora menos que antes. Nosotras entramos a la mesa más alejada, al fondo, al lado de una pequeña fuente que mana agua y tiene luces blancas en el fondo. El bar está relativamente cerca de mi casa, de la de ellas no, pero mi vida era lo suficientemente mierdosa como para no intentar olvidarme un poco de todo, así que me uní a las cervezas, con una tabla de quesos y ahumados entra sola. Noto que a la cuarta el suelo no está plano y necesito ir al baño. Levantandome con un poco de dificultar paso al lado de la barra en dirección al baño. Bea baja conmigo, pero sube más rápido y ágil, creo que está más acostumbrada a beber que yo. Al salir del baño de señoras Raul está apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre su pecho y me miraba como si no me reconociera. – Has bebido mucho, te acompaño a casa. – “¿Me está hablando como si nada?” Le devuelvo la misma mira que me da, lo ignoro y comenzo a subir la escalera, pero me tropiezo en el segundo escalón, y antes de caer él ya me ha agarrado por la cintura. Intento zafarme, pero me agarra más firmemente y me sube las escaleras llevándome hasta mi mesa. Cuando Bea lo ve se queda petrificada, creo que podía oír los engranajes de su cabeza recomponiendo todo lo que le había contado durante todos estos años dándose cuenta que hablaba de él. Carol está tan hasta arriba que solo pone un pulgar arriba y vuelve a la tabla de quesos. Raul coge mi bolso y salimos del bar. Él busca las llaves de mi coche dentro de mi bolso y las saca. Miró alrededor, creo que buscaba mi pelotilla roja, y cuando me acerco a mi nuevo coche, le doy al botón de apertura del mando y se abre me pregunta. - ¿Dónde está tu coche rojo? – “Anda, sabía que tenía un coche rojo. c*****o”. –Murió. –Digo, notándome un poco borracha. –Ahora tengo un coche nuevo y no lo vas a conducir. – Intento quitarle las llaves, pero no puedo, abre la puerta del copiloto de mi coche y me mete dentro. Luego monta en la parte del conductor y me lleva a casa. “Joder, si hasta sabe dónde vivo”. El viaje me ha despejado un poco. Salgo del coche y él me sigue a mi portal. Al llegar, me doy la vuelta y le pido las llaves de mi coche. Raul pone su mano en mi espalda y me acompaña hasta dentro del portal. “Había soñado mil veces con esto, pero ahora, ¿lo quiero?” Le miro fijamente a los ojos y él sonríe acercándose. “No hay nada que perder”. Cierro el espacio entre nosotros y le pongo mis labios sobre los suyos. No me reconozco ni yo misma cuando hago esto, está el alcohol. Parece que él no lo esperaba, pero al momento me devuelve el beso, pero no tan casto como el mío, el inunda la boca con su lengua y yo por fin cumplo un sueño de adolescencia. En ese momento un coche encendió sus luces enfocando al portal y paso a toda velocidad cerca de la puerta. Eso nos hace separar y aprovecho para entrar a casa.
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