Está masturbándose

1199 Words
LOGAN Esa no era la misma mujer que conocí en la clase de Jasper hace varios años. No me digas… Estaba parada ahí, empapada bajo la lluvia, con la camiseta pegada al cuerpo haciendo que se le resaltaran sus atributos. Las curvas... el tipo de curvas que uno solo ve cuando cierra los ojos y se permite pensar con la mano en el pantalón. Y sí, había cambiado. Demasiado. No sabía que podía ponerse más difícil mantenerla lejos, pero ahí estaba, rompiendo todas mis defensas sin siquiera intentarlo. No soy bueno para ella. Ni de cerca. Lo que hay en mi cabeza no se lo deseo ni a mi peor enemigo, y ella no merece ver eso. No merece cargar con ese peso. —Sube —le solté, dando un paso más. Una movida arriesgada, lo sabía—. Al auto. Me miró con esos ojazos, sabiendo lo que me provocaba y le encantara jugar con fuego. No podía dejar de mirarla. Momentos así eran contados. El único chance que tenía de admirarla sin miedo a mostrar de más. Era raro sentir algo bueno últimamente. Ella era lo único que me lo recordaba. Tuve que hacer un esfuerzo de verdad para no mirar su pecho otra vez. Lo hice antes y casi se me va la mano. Las puntas de sus pezones bajo esa camiseta mojada estaban para perder la cabeza y si, estaba perdiendo la cabeza. Así que giré sobre mis talones. Lo único que sabía hacer con ella cerca: hacerme el idiota. —Deja de hacerte la estúpida y sube. Abrió la boca para decir algo, pero no le di chance. —Te vine a sacar de la comisaría a las tres de la mañana por una cagada que ni siquiera sé cuál fue, y me aseguré de borrar el mensaje que dejaron para que Jasper no se entere. ¿Y así me pagas? Se movió, incómoda. Y por un segundo, vi a la Avery de antes. Mordiéndose el labio, con la mirada baja. —Y deja de hacer eso —le dije. No lo hacía a propósito, pero me mataba igual. —Perdón —murmuró. Y me parecia extraño viniendo de ella: La reina de los tercos. No era la respuesta que esperaba. Ni de cerca. —Vamos a casa. * El viaje fue un silencio incómodo. Ella no dijo nada. Yo tampoco. Para qué. Ya en casa, ella entró bastante mal. Tambaleándose un poco, se quitó los zapatos y fue a buscar agua como si yo no existiera. La miré… El pelo chorreándole por la cara, la camiseta aún pegada, el maquillaje corrido. No era la primera vez que notaba que se le iba la mano con el alcohol. Y después de lo que escuché la semana pasada... no pude evitar pensar lo peor. —¿Qué? —me ladró, notando que la miraba. Fijé la vista en su cara. Tenía marcas rojas. ¿Cómo no lo vi antes? Dio un respingo cuando me acerqué. Mis ojos estaban fijos en su mejilla. —Logan... —susurró, y me temblaron las piernas. La agarré del mentón, firme pero suave, y le giré la cara. —Estás lastimada. —Estoy bien —dijo. Pero algo en su mirada cambió. Se aflojó. Me tocó la muñeca, y ese contacto me sacudió. No como otras veces. Esta vez me llegó hondo. ¿Tanto efecto tiene esta mujer en mi? —Logan —repitió, bajito—. Estoy bien. La solté. Sus brazos cayeron como si ya no tuviera fuerza para pelear. —Vamos —le hice seña con la cabeza. Abrió la boca para decir algo, pero no le di chance. Subí las escaleras, fui al baño, busqué el botiquín. —Sientate —le dije cuando se apareció. Y por primera vez en mucho tiempo, me hizo caso. Aparté su pelo, intentando no pensar de más. —No deberías... —susurró cuando el algodón tocó su piel. Le limpié el maquillaje y la sangre. Despacio. Y aproveché para mirarla bien. Esos ojos enmarcados por las pestañas mojadas, la piel marcada pero hermosa igual. Y no, no creo que supiera lo que provocaba viéndome así. Y eso lo hacía más dificil todavia. Pensé en todo lo que me imaginé durante años. Ese pijama estaba provocandome demasiado, pero los shorts... esos malditos shorts... me habían hecho soñar despierto más de una vez. Me tragué el deseo de hacerselo de manera salvaje acá y ahora mismo. Pero no sé cuánto más voy a aguantar. —Logan—. Su voz me sacó del trance que me encontraba. La miré y tenía los ojos llenos de duda. La verdad, yo tampoco tenía ni idea de lo que estaba haciendo. —¿Estás bien?— pregunté mientras me giraba y tiraba la bolita de algodón. Le pasé un trapo húmedo para que se limpiara la cara... porque yo no podía hacerlo. Me temblaban hasta los dedos. Ella parpadeó. Me quitó el trapo de un jalón, y fue ahí, justo cuando nuestras manos se rozaron, que sentí como si mi cuerpo tenia voluntad propia. Estaba sintiendome caliente. Un toque, y mi cuerpo ya estaba encendido. No aguanté. Salí del baño volando y azoté la puerta. Me dejé caer de cara en la cama, con la esperanza de volver al sueño donde nada pasaba. Antes de que sonara ese maldito teléfono y todo se fuera al carajo. * La alarma chilló de nuevo con ese molesto sonido. Me quería morir. Casi ni había dormido, y lo poco que logré fue con la mente clavada en una sola persona. Avery. No tenía por qué seguir ahí, ocupando espacio en mi cabeza. Pero cuatro años pensando en ella no se borran en una noche, ¿no? Me senté en la cama con un gruñido. Todavía tenía puesta la ropa de ayer. Sin zapatos y con la chamarra tirada, pero los jeans seguían ahí, puestos y todo incómodos. Me quité los boxers y caminé rumbo a la regadera. Agarré el celular, me puse a buscar mi playlist, buscando algo que no me hiciera pensar en ella. Justo cuando iba a darle play y abrir la puerta del baño... me congelé. Estaba cerrada con llave. Se oía el agua correr. Suspiré. Avery se me había adelantado. No puede ser… Pero justo cuando me iba a dar la vuelta, escuché algo más. Sonidos suaves, mojados... íntimos. Se me pusieron los pelos de punta. Y no solo eso. Mi ropa interior empezó a sufrir las consecuencias. Mi m*****o estaba poniendose duro, con ganas de salir de mi bóxer. —No puede ser, eso no... Otro gemido. Más claro. Más fuerte. Me tragué el aire. Ella estaba... mierda. Estaba masturbandose. Yo debería haberme largado. Dejar de hacerme ideas. Pero me quedé parado, clavado en el piso como un idiota. Escuchando. Sabía que estaba mal, pero el cuerpo no me obedecía. Y entonces, pasó. —¡Oh, por favor no pares, dame mas, Logan...! Su voz, jadeando mi nombre. Como si lo saboreara. Me salió una sonrisa torcida sin querer. Corrí a mi cuarto y cerré la puerta de un portazo. El corazón me latía en las orejas. El deseo, en todo el cuerpo.
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