Emily
Al salir del auditorio me sorprendo al ver a Abigail, Karisa y mi pequeño Jack, quienes me reciben con aplausos y felicitaciones.
—El señor André envió un auto por nosotros —dice Karisa antes de que yo pueda generar una pregunta.
—Muchas gracias —digo, sin poder resistirme a abrazar al señor André.
—Estoy muy orgulloso de ti, hija. Ahora mismo debo ir a otro lugar, pero pueden ir en el auto adonde ustedes quieran.
Karisa y Abigail se emocionan ante la sugerencia del señor André. Decidimos ir a casa de Abigail, donde nos esperaba Dani con un almuerzo listo, justo lo que necesitaba, ya que me moría de hambre.
Jack y Grace se lo pasaron jugando el resto del día, mientras los adultos platicábamos y tomábamos un par de copas para celebrar, aunque yo solo tomé dos.
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Octavio
Estoy apenas despertando. Hoy es uno de esos días donde no deseo hacer absolutamente nada. Diez años ya, y el cuerpo sigue teniendo memoria. Lo que me pesa no es solo que ella no esté, sino recordar cómo se fue apagando. Me enfurece pensar que sus últimos años se los regaló a la tristeza por un hombre que no la merecía. Me duele su ausencia, pero me molesta más el recuerdo de su derrota.
Son las 11:30 de la mañana cuando la puerta de entrada se abre. Solo ella entraría así, como si el mundo le perteneciera.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras más —digo cuando la tengo frente a mí, con un par de bolsas en sus manos.
—¡No! Dijiste que no lo hiciera cuando no estás aquí, eso es muy diferente —dice como si nada, como si no le afectaran mis palabras... a veces me gustaría ser tan fuerte como ella.
—¿Y por lo menos hiciste caso a eso?
—No, pero si no te enteras de que estuve aquí, es como si no pasara.
—Eres una sucia, claro que me doy cuenta cuando vienes a invadir mi privacidad —le digo, refiriéndome al desorden que siempre deja a su paso.
—¡Cállate ya! O no te voy a dar tu pastel favorito —dice mientras saca un montón de comida de las bolsas.
No me gusta la intrusión de mi pequeña hermana, pero tampoco me atrevo a echarla de mi casa. El timbre de la casa suena y ella se levanta de un brinco mientras yo continúo recostado en el sofá.
—¿Esperas a alguien? —pregunta la muy cínica mientras camina hacia la entrada.
—Yo no, ¿y tú? —respondo molesto. ¿Acaso nadie entiende que quiero estar solo?
Por la puerta entran Santiago y Mauricio.
—¿Qué diablos hacen aquí? —pregunto cuando entran en la sala y se acomodan.
—Pasábamos por aquí y quisimos pasar a verte.
—Y para que nos invites a desayunar.
—¡Qué bien! Yo traje mucha comida —añade Penélope.
Todos ignoran mi molestia, comienzan a comer y conversar. Estoy a punto de estallar y echarlos a todos de mi casa, pero en ese momento una figura más aparece en escena.
—Buenas tardes —saluda la voz anciana de mi abuelo—. ¿Puedo acompañarlos?
—¡Adelante, señor André! —dice mi hermana emocionada.
—¿Qué haces aquí, abuelo? —pregunto cuando se sienta a mi lado.
—Solo quería verte y que me invitaras a tomar una taza de café.
—No me digas que me extrañaste mucho, abuelo. Te veo diario en el despacho.
—Jamás le digo que no a una buena rebanada de pastel —responde él.
Ahora no tengo la menor duda de que Penélope lo ha planeado todo.
Penélope pone un plato con pastel en mi mano y le entrega una taza de café a mi abuelo.
—¿Qué les parece si vemos una película? —propone mi hermana. Todos acceden. Entre ella, Santiago y Mauricio comienzan a discutir sobre qué película sería buena, mientras mi abuelo permanece a mi lado, comiendo pastel y bebiendo café.
—¡Pruébalo, está muy bueno!
—¡Tú no deberías comer eso, viejo, se te va a subir el azúcar!
—Es solo un poco, no me va a pasar nada. Además, no tiene nada de malo endulzar tu vida de vez en cuando.
Me quedo observando por un rato el trozo de pastel, mientras esas tres personas causan un completo alboroto en la sala de mi casa... tomo la cuchara y como un pedazo. Siento un ligero cosquilleo en la boca, mis dientes se aprietan mientras un nudo comienza a formarse en mi garganta y, sin poder evitarlo, el llanto comienza a salir. Cubro mis ojos con mi mano intentando detenerlo, pero es imposible. De pronto, el caos que me rodeaba desaparece de golpe. No miro nada ni a nadie, solo siento los brazos de mi abuelo que me cubren y consuelan.
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Emily
Es lunes por la mañana. Después de todo el caos y felicidad del fin de semana, ahora vuelvo a mi realidad, levantarme a las cinco de la mañana para preparar el desayuno, bañarme y buscar un taxi, ya que mi auto se ha descompuesto. Después de todos estos días a su lado, me siento triste de volver a llevar a Jack a la guardería.
Mientras voy en el taxi, no paro de pensar en cómo debo comportarme hoy en el despacho. Abigail me ha dicho que lo trate lo menos posible, mientras que Karisa dice que lo desprecie como él lo hizo conmigo... y sí, voy decidida a dejar todo atrás, a hacer como si nada hubiera pasado. Pero no lo hago por él, no es para castigarlo con el "látigo de mi desprecio" como dice Karisa o para lastimarlo, aunque dudo que pueda hacerlo, lo hago por mí, porque no quiero que nadie me vuelva a lastimar.
Tengo prioridades y un hombre no va a venir a descontrolar mi vida... bueno, solo uno: mi pequeño Jack.
Al entrar en el edificio, acelero el paso al ver que el ascensor está por llegar, pero me detengo en seco cuando las puertas se abren y lo veo a él. Me quedo inmóvil por unos segundos cuando nuestras miradas se encuentran, definitivamente esto no estaba en mis planes. Pienso rápido en qué hacer e intento retroceder, pero soy empujada hacia adentro por el resto de la gente que viene tras de mí.
Volteo el rostro cuando quedo justo al lado de él, aunque aun así alcanzo a percibir el aroma de su perfume, el cual es inigualable.
El ascensor se vuelve a abrir y, en vez de bajar gente, entra más, haciendo el espacio aún más reducido. Nuestras manos se rozan por un breve instante, provocando que intente alejarme de él, buscando refugio frente a un hombre alto. En ese momento las puertas se vuelven a abrir y soy bruscamente empujada contra el pecho de aquel hombre.
—¿Estás bien? —pregunta con amabilidad mientras despeja un espacio para que me pueda recargar nuevamente en la pared.
—Sí, muchas gracias.
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Octavio
Llego al trabajo un poco tarde. Mi fin de semana fue pesado y creo que aún no recupero mi energía del todo.
Camino por el silencioso estacionamiento hasta que llego al ascensor. Solo tres personas estamos dentro, pero cuando la puerta se abre en el siguiente piso, lo primero que veo es a ella. En ese momento vuelve a mi memoria el día que la acorralé entre las paredes de esta caja de metal.
Ella me sostiene la mirada, aunque permanece ahí parada, evitando la entrada del resto de la gente. Sin embargo, es empujada por la multitud, quedando justo a mi lado. No había notado lo alta que era, con tacones logra rebasar mi hombro. Desvía la mirada cuando está junto a mí, pero mis ojos no se despegan de la forma delicada de su cuello y pienso en lo satisfactorio que fue besar ese lunar debajo de su oreja.
Más gente entra, obligándonos a estar tan cerca que nuestras manos se rozan; es algo fugaz, pero arde en mi piel. Ella intenta alejarse de mí, escondiéndose delante de un hombre alto. Mis ojos no se despegan de la escena: Emily siendo protegida por un completo extraño que la mira con deseo.