Petra abre los ojos y siente que todo el cuerpo le duele. Un par de lágrimas se le quieren escapar, no porque se hubiese enamorado de Piero tras lo que pasó entre los dos, sino porque se siente estúpida al haber caído con un hombre como él.
—Pero es que está tan bueno, el condenado… y esa voz —entierra la cara en su almohada y grita molesta, pero la vibración de su teléfono la saca de su ultraje mental y responde—. ¿Aló?
“Cuñadita, ¿te desperté? —le pregunta Beth al notarle la voz ronca.
—No, estoy despierta desde hace un rato.
“Que bueno… porque te llamo para pedirte un favor. Pero es secreto, solo tú lo sabes y el testigo de Braulio.
—¿Testigo? —se sienta apresurada en la cama—. ¡¿En qué se están metiendo?!
“Vamos a casarnos, solo por lo civil, ya no tiene sentido que nos sigamos esperando.
—Me huele a que ustedes quieren otra cosa…
“También —se ríe Beth—, pero no es lo más importante. Petra, tu hermano y yo llevamos más de una década amándonos, fortaleciendo nuestro amor… ¡Sobrevivimos la adolescencia! Pasamos la prueba de la distancia… ya no necesitamos más pruebas que eso.
—Siendo así, cuentan con todo mi apoyo, ¿qué necesitas de mí?
“¡Gracias! Lo primero, que tú seas mi testigo para ese día. Pero también que busques un vestido especial para usar, te nombro oficialmente mi dama de honor.
—¿Sí sabes que eso es lo que quería Lara?
“Sí y lo lamento, pero ella no guarda secretos. No puedo confiar en que se calle hasta el martes, que será cuando le digamos a nuestros padres.
—Bien… ¿y quién será el testigo de mi hermano?
“No lo sé, no quiso decirme. Supongo que al igual que yo buscará la persona más confiable para él.
Ambas siguen hablando un poco más y Beth la invita a almorzar para ponerse de acuerdo con la boda.
Por su parte, Braulio llama a Piero, quien está somnoliento porque se durmió bastante tarde y lo peor de todo es que por más que quiera dormir, es simplemente imposible.
—Gracias por todo esto, Piero. No pensé que llegarías a ser un buen amigo con quien contar.
“Me alegra que pensaras solo en mí, me habría ofendido de no ser el instigador de esta locura. Nos vemos en una hora. Por cierto, ¿quién será la solapadora de Beth?
—No estoy muy seguro, pero creo que mi hermana, Petra —en ese momento Piero salta de la cama como si fuera un acróbata del Cirque du Soleil y comienza a buscar su mejor atuendo para ir a ese almuerzo.
Corta la llamada tras despedirse y se mete a la ducha con una canción tonta. Él siempre fue más de rock y metal, aunque no lo parezca, pero por alguna razón se le ha venido a la cabeza una canción que solía escuchar su hermanita.
Se alista lo más rápido que puede y sale al departamento de Beth con la emoción de verla nuevamente, tal vez consiga hablar con Petra y aclarar lo que en verdad quiso decir.
Al llegar al edificio le pregunta al conserje si ya llegó Petra mostrándole una fotografía y este niega. Se va hasta el ascensor a esperar, pero la única manera que tiene de comenzar con todo aquel juego es quedarse los dos dentro, por eso cuando se abre para dejar en el primer piso a dos personas que hablan animadas, le marca al último piso y se queda mirando cómo se cierra y se va vacío.
Mira hacia la puerta, ve a Petra que pregunta por el departamento de Beth y se voltea rápidamente hacia el ascensor, con una mano en el bolsillo y temblando como chihuahua en la nieve.
—Me lleva la que me trajo —oye a Petra decir a su lado y la mira como si estuviera sorprendido—. No me digas que tú serás el testigo de mi hermano…
—Entonces mejor cambiamos el tema a uno que a los dos nos interesa mucho más que la boda de esos locos, ¿no crees?
—Y según tú, ¿cuál tema sería ese? Porque yo no tengo nada de qué hablar contigo.
—Petra, por favor, en verdad quiero explicarte lo que pasó anoche, las cosas que dije…
—No aclares que oscurece, Castelli —ella se fija en el ascensor y se queda esperando a que llegue.
—Petra, no eres un desahogo, es que ni siquiera mi dedo chiquito se quedó satisfecho, ¡necesito más de ti! —las puertas se abren, Petra entra riéndose y presiona el botón sin mirarlo.
—Pues no es lo único chiquito que tienes y que se nota no quedó satisfecho —lo mira y consigue ver el puchero que hace. «¡¿Por qué tiene que ser tan sexy el condenado?!», piensa y vuelve a mirar al frente—. Y para que el cuerpo completo del señor quede satisfecho, ¿cuántas veces más necesita hacerlo?
—¿Qué te parece… —le dice acercándose a ella y pegándola a la pared del ascensor—, toda la vida?
Ella abre mucho los ojos, porque eso es algo que definitivamente no se esperaba, pero su parte racional, que es precisamente la que está más dolida, se niega a caer de nuevo. Lo aparta y sale del ascensor cuando las puertas se abren, sin darle una respuesta a Piero.
Es por eso por lo que ella aparece frente a Beth con mala cara, mientras que Piero está desconcertado, porque se supone que aquello debía ser más que suficiente para decirle que la quiere en su vida… de forma permanente, pegadita y anclada.
Beth los saluda, los hace pasar y nota lo que allí ocurre de inmediato.
—Por favor, pasen a la mesa, ya tenemos todo listo —Petra se queda atrás para hacerle notar a Beth lo que ocurre y ella la abraza—. Te juro que no lo sabía… ¿Quieres que después nos juntemos para hablar acerca de ello?
—No te preocupes, soy una mujer fuerte que suele guardarse sus cosas… Además, todo esto es pasajero —Petra solo esboza la mejor de las sonrisas y se sienta a la mesa como si nada pasara e ignora por completo a Piero.
Mientras comen van arreglando las cosas que deben tener para el día siguiente y planificando cada cosa que deben hacer. Cuando ya todo está listo, Piero se ríe y les dice.
—Ustedes están locos. De todas maneras, espero tenerles la información temprano para confirmarles que ese día podrán casarse. ¿Piensas usar algún vestido especial?
—Sí… ¿Cuñadita, me ayudarías a escoger un lindo vestido para la ocasión? Tú tienes un excelente gusto.
—Sí, claro —dice algo despistada y se pone de pie para caminar tras Beth y las dos se encierran en el cuarto.
Braulio ve que las chicas se pierden, toma del cuello de la camisa a Piero por sorpresa y lo lleva hasta el otro extremo del departamento.
—¡¿Me puedes decir qué demonios te pasa con mi hermana?! —susurra molesto y Piero suspira.
—Nada, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque no soy idiota, puedo ver la manera en que ella te mira y estoy casi seguro de que algo le hiciste. ¿Le dijiste algo mientras venían subiendo en el ascensor? —Piero se lo queda viendo a los ojos unos segundos y sabe que no puede mentirle.
—Anoche nos escapamos de tu fiesta… La llevé a mi departamento, y… ya sabes.
—No, no lo sé —le dice Braulio muy molesto.
—¡Me acosté con tu hermana, sí! —dice exasperado y por el tono de angustia Braulio pasa de golpearlo o lanzarlo del sexto piso—. ¡Y te juro que fue la noche más increíble de mi vida, pero no sé por qué le dije una estupidez! Y ella se molestó… Se fue corriendo sin que me dejara explicarle y… ¡Me siento fatal!
—Bueno, con que te sientas así me basta y me sobra. Con golpearte… no saco nada con amenazarte, ni mucho menos con hacerlo, en algún momento mi hermana lo hará por mí.
—¿Aún quieres que sea tu testigo?
—Por supuesto, además, será bastante interesante. Siempre las bodas necesitan algo de tensión y tú junto a ella, será lo suficientemente intenso para darle ese toque.
Piero esboza una sonrisa triste y Braulio le da unas palmadas en el hombro porque sabe que se metió en las patas de los caballos.
Luego de un rato, cuando todo está listo entre ellos, se unen a las chicas en el interior del departamento y ven a Petra que va riéndose junto a Beth, ambas tomadas el brazo y se despiden con un beso en la mejilla. Luego se acerca a Braulio y hace lo mismo para despedirse de su hermano, mientras que a Piero solo lo mira de pies a cabeza y con expresión hosca le dice.
—Nos vemos en unos días, cucaracha.
Tanto Beth como Braulio se miran sorprendidos y tratan de aguantarse la risa, pero Piero solo les dedica una mirada de afligido y sale corriendo tras ella.
Logra alcanzarla en el ascensor y se mete con ella, pero lo detiene nada más se cierran las puertas y la acorrala contra la pared. Ella cierra los ojos, porque su cercanía la intoxica de una manera que no puede explicar. Por más que quiera huirle, no puede…
—Déjame demostrarte que estoy hablando con la verdad, desde el corazón.
—No quiero… —le dice ella con los ojos llorosos y lo aparta para echar a andar el ascensor de nuevo—. Porque sé que, si dejo que me hables bonito, voy a perderme… y no quiero. No estoy dispuesta a perderme por nadie…
Piero se queda con la expresión más triste y cuando las puertas se abren Petra le dice.
—Ni siquiera por un hombre que quiero y que me puede lastimar solo con una mirada.
Piero se queda aturdido, porque no sabe qué puede significar aquello, hasta que cae en cuenta sobre lo de que lo quiere y se da una palmada en la frente.
—Estás lento, Castelli… esa mujer en verdad te pone menso…