El funeral de Richard Voss fue un evento masivo. Cientos de personas llenaron la catedral: empresarios, políticos, figuras de la alta sociedad. Todos vinieron a despedir al hombre que había construido un imperio desde cero. Valeria estaba sentada junto a Alexander en la primera fila. Él no había llorado, no había mostrado emoción alguna desde aquella madrugada en el hospital. Se había convertido en una estatua de mármol: frío, impenetrable, distante. Eso la aterraba más que cualquier otra cosa. —¿Estás bien? —susurró durante el servicio. Alexander no respondió. Solo apretó su mano con fuerza suficiente para doler. Cuando llegó el momento de hablar, Alexander subió al podio. El silencio en la catedral era absoluto. —Mi abuelo era muchas cosas —comenzó con voz firme—. Brillante, despia

