La cena había sido un desfile de formalidades, aromas y sonrisas, pero lo que más me llamó la atención fue cómo Genoveva y Héctor, con esa naturalidad que solo los años compartidos pueden otorgar, se tomaron de la mano y comenzaron a bailar. Una melodía suave llenó la sala, envolviéndonos en una burbuja de tranquilidad. Verlos bailar me generó paz. Sus movimientos eran delicados, medidos, y reflejaban una complicidad que solo el tiempo podía forjar. Genoveva nos miró con una sonrisa, como invitándonos a seguir su ejemplo. —Hagan lo mismo —dijo con una amabilidad contagiosa. Miré a Jack, y él me devolvió la mirada con esa serenidad. Tomé su mano y comenzamos a movernos con suavidad, adaptándonos al ritmo de la música. La sensación de sus dedos entrelazados con los míos era extrañam

