Oliver Kasper caminaba de un extremo a otro de su despacho, con la zancada de un animal enjaulado. El contrato con los inversores de Singapur descansaba sobre su escritorio de caoba, una pila de papeles que representaba no solo millones de dólares, sino la expansión definitiva del imperio que él había ayudado a cimentar. Sin embargo, faltaba la firma de Dominic. La firma del hijo que, en un acto de rebeldía sin precedentes, había decidido que el hospital era más importante que el destino de la corporación. Oliver sentía una furia gélida recorriéndole las venas. Para él, lo que Dominic estaba haciendo no era un acto de amor, sino una traición a su propia sangre. "Es ella", pensó con amargura, recordando el rostro de Nina. "Esa mujer lo está desmantelando pieza a pieza. Lo está volviendo

