No puedo destruirlo así

1636 Words
Después de las palabras ponzoñosas de Oliver, el silencio en la oficina de Dominic se volvió un ente físico, pesado y asfixiante. Dominic permanecía inmóvil tras su escritorio, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. Oliver, saboreando el caos que acababa de sembrar, rompió la quietud con una voz impregnada de una falsa compasión que resultaba insultante. ​—Soy tu padre, Dominic —dijo, ajustándose el nudo de la corbata con parsimonia—. Y aunque lo dudes, me preocupo por ti. No puedo permitir que caigas en una trampa tan burda. ​—Solo mientes —respondió Dominic, aunque su voz no tenía la seguridad de antes—. No sé qué quieres conseguir con esto, Oliver. Pero no es justo que inventes una infamia así solo para alejarme de Nina. Te conozco, sé de lo que eres capaz para mantener el control. ​Oliver soltó una risa seca, desprovista de humor. —¿Miento? Pregúntale a ella. Que te vea a los ojos y te diga que no estuvo en ese club, que no se ofreció por dinero. Otra cosa... —Oliver caminó hacia la salida, pero se detuvo antes de tocar el pomo—. Tu madre planeó una cena este sábado. Cumples treinta años, Dominic. Ella está muy ilusionada por celebrarlo después de años de no verte en esta fecha. Espero que asistas... y espero que no lleves a esa mujer contigo. No rompas el corazón de Mariam metiendo a una cualquiera en nuestra mesa. ​Oliver abrió la puerta con un gesto triunfal y se encontró de frente con Nina. Ella estaba pálida, con la mirada perdida y el cuerpo rígido. Oliver se detuvo apenas a unos centímetros de su rostro y, con una sonrisa de victoria absoluta, le susurró en voz muy baja, solo para sus oídos: ​—Quiero ver cómo te libras de esto. Te lo advertí, Nina... no soy alguien a quien puedas amenazar. Bienvenida a la realidad de los Kasper. ​Oliver se alejó por el pasillo con paso firme, dejando a Nina frente a un Dominic que la observaba con una atención que quemaba. Ella, vacilante, dio unos pasos y entró a la oficina. El espacio que antes se sentía como un refugio, ahora le parecía una sala de ejecución. No decía nada; no sabía qué decir. Quería defenderse, quería gritar que Oliver era un monstruo, pero las palabras se le quedaban atravesadas en una garganta cerrada por el nudo del pánico. ​—Lo escuchaste —no fue una pregunta, sino una sentencia. Dominic estaba serio, con los ojos inyectados en una mezcla de irritación y miedo. ​—Lo hice —respondió Nina apenas en un hilo de voz. ​—¿No tienes nada que decir? —insistió él, levantándose lentamente de su silla. Cada paso que daba hacia ella se sentía como un trueno en el silencio de la habitación. ​—¿Qué puedo decir, Dominic? —Nina sintió que las lágrimas empezaban a agolparse tras sus párpados. ​Dominic sonrió con una tristeza que le partió el alma. Fue directo al punto, sin rodeos, buscando la única verdad que necesitaba para derrumbarse o sostenerse. —¿Has estado en ese club, Nina? ¿Es cierto lo que dijo mi padre sobre ese lugar? ​Nina tragó con dificultad. En su mente, el tiempo se detuvo. Podía decir que no; podía mentir y dejar a Oliver como un mentiroso resentido. O podía decir que sí, y revelar que el hombre que la había comprado por una noche era el propio padre de Dominic. Pero al ver los ojos de él... vio la incertidumbre, vio la necesidad y, sobre todo, vio una súplica silenciosa. Dominic le estaba rogando con la mirada que le dijera que todo era una mentira. ​"¿Cómo podría decirle que estuve con su padre esa noche?", se gritó a sí misma en el santuario de su mente. "No puedes hacerle eso, Nina. No puedes destruirlo de esa manera". La imagen de Dominic cuidándola, bañándola y amándola con devoción pasó frente a ella. Destruir a Oliver significaba destruir a Dominic, y ella se dio cuenta, con un dolor lacerante, de que lo amaba demasiado para ser su verdugo. ​—Nina —insistió Dominic ante su prolongado silencio. ​—No puedo mentirte, Dominic —dijo ella, y cada palabra se sintió como si estuviera tragando cristales rotos—. Sí... sí he estado en ese bar. ​Dominic cerró los ojos con fuerza y apretó sus manos en puños. Al volver a abrirlos, Nina vio algo que la quemó más que cualquier insulto: decepción. Una decepción pura, profunda y fría. Se sintió sucia, avergonzada, como si la camisa de seda que llevaba puesta le pesara toneladas. ​Dominic no dijo nada más. Se quedó allí, buscándola, esperando quizás una explicación que ella no estaba dispuesta a dar para no herirlo con la verdad sobre Oliver. Nina no pudo soportar el peso de esa mirada que antes la adoraba y ahora la cuestionaba. Se dio la vuelta con rapidez, queriendo escapar de la oficina antes de desmoronarse por completo. ​—¡Detente, Nina! —le exigió Dominic con una voz cargada de demanda y dolor. ​Ella puso la mano en el pomo de la puerta, pero no se giró. —No soy buena para ti, Dominic. De hecho... no soy buena para nadie —su voz salió rota, arrastrando un sollozo que ya no pudo contener. El pecho le ardía. En ese momento, solo quería desaparecer, fundirse con el asfalto, dejar de existir para no tener que ver el daño que su presencia le causaba. ​Abrió la puerta y salió casi corriendo, ignorando los llamados de Dominic que resonaban en el pasillo. ​El trayecto al hospital fue un borrón de luces y sonidos distorsionados. Nina caminaba como un autómata. Al llegar, pasó por delante de Gabriel en los pasillos; él la llamó, preocupado por su aspecto desaliñado y su rostro bañado en lágrimas, pero ella no lo vio. No veía a nadie. Su mundo se había reducido a una habitación blanca y al sonido rítmico de un monitor. ​Llegó a la habitación de Alina y se dejó caer en la silla junto a la cama con una pesadez absoluta. Tomó la mano fría de su hermana, la apretó contra su mejilla y empezó a llorar de una manera que nunca se había permitido: un llanto destrozado, animal, que nacía desde lo más profundo de sus entrañas. ​—No sé qué hacer, Alina —sollozó, hundiendo el rostro en las sábanas—. Dominic lo sabe... sabe que fui a ese lugar. Pero yo... no pude, hermana. No pude verlo a los ojos y decirle que fue su propio padre el hombre de esa noche. ​Se detuvo un momento, el silencio de la habitación solo roto por sus hipos de dolor. —No pude romperlo. No fui capaz de destruirlo de ese modo, porque Dominic no lo merece. Él es la única persona que me ha amado de verdad y yo... no fui capaz de causarle esa decepción sobre su propia sangre. Prefiero que me odie a mí, antes de que sepa que su padre es un monstruo que me usó. ​Nina apretó los ojos, sintiendo que su plan de venganza se le escurría entre los dedos, transformado en un sacrificio amargo. —¡Cómo quisiera que te despertaras! —gritó en un susurro desesperado—. Quisiera que abrieras los ojos y poder desaparecer las dos de este lugar, irnos lejos donde el apellido Kasper no signifique nada. Me duele mucho, Alina... Me duele porque estoy enamorada de él. Lo amo con cada fibra de mi ser, y amarlo es mi mayor castigo. ​Pasaron las horas. El sol se ocultó y la habitación quedó sumida en la penumbra. Nina se quedó allí, vacía, sintiendo que había muerto un poco por dentro. ​Cerca de las diez de la noche, Nina salió finalmente del hospital. El aire nocturno la golpeó, frío y despiadado. Se quedó junto a la carretera, con la mirada perdida, esperando un taxi que no llegaba. Gabriel, que la había estado esperando afuera, se acercó lentamente en su auto y bajó la ventanilla. ​—Sube, Nina. Te llevaré a casa —dijo él con voz suave. ​—No, Gabriel. Quiero estar sola —respondió ella sin mirarlo. ​Gabriel apagó el motor y bajó del auto. Se paró frente a ella, obligándola a conectar con la realidad. —No tienes que seguir sufriendo así, Nina. Has pasado por mucho tú sola, cargando con el peso del mundo. Es hora de que intentes ser feliz, aunque sea un poco. No puedes seguir protegiendo a todos y dejándote a ti para el final. Solo dime qué quieres hacer... qué necesitas para terminar con esto, y te ayudaré. Mereces mucho más de lo que la vida te está dando. ​Nina lo miró, y por un momento, la tentación de rendirse y dejar que Gabriel tomara el control fue inmensa. Pero la imagen de los ojos decepcionados de Dominic volvió a su mente. Se dio cuenta de que, por mucho que intentara huir, su corazón ya pertenecía a ese hombre, y el dolor de haberlo perdido era un incendio que nayuda podría apagar. ​—Lo que quiero, Gabriel... es que nada de esto hubiera pasado —susurró ella, mientras un taxi finalmente se detenía frente a ellos—. Pero ya es tarde para los deseos. ​Se subió al auto sin mirar atrás, dejando a Gabriel en la acera y llevándose consigo el secreto que, irónicamente, la alejaba del único hombre que le había dado una razón para vivir.
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