¿Que se supone que soy para ti?

1702 Words
El hospital central olía a una mezcla estéril de desinfectante y desesperación. Dominic entró en el vestíbulo como un torbellino, con la mandíbula tan apretada que le dolían los músculos del rostro. No se detuvo a mirar a nadie hasta que llegó a la recepción. ​—Nina Valenti. ¿Dónde está? —exigió. Su voz, aunque controlada, vibraba con una autoridad que no admitía demoras. ​La recepcionista tecleó rápidamente, intimidada por la presencia del hombre frente a ella. —Habitación 412, señor. Fue ingresada hace una hora. ​Dominic sacó su tarjeta de crédito antes de que ella terminara de hablar. —Quiero que todos los gastos, absolutamente todos, se carguen a esta cuenta. Habitación privada, los mejores especialistas. Ahora. ​La mujer lo miró con extrañeza y consultó la pantalla. —Lo siento, señor, pero la cuenta de admisión y los gastos iniciales ya han sido cancelados en su totalidad. ​Dominic frunció el ceño. ¿Cancelada? ¿Por quién? No se quedó a preguntar. Giró sobre sus talones y se dirigió a los ascensores. El trayecto hasta el cuarto piso le pareció una eternidad. En su mente se repetía la imagen de Nina sola, asustada, en aquel barrio que él tanto le había insistido en dejar. La culpa le pesaba más que la rabia. ​Al llegar a la habitación 412, abrió la puerta con brusquedad. Lo primero que vio fue a Nina en la cama, pálida y con una vía intravenosa en el brazo. Junto a ella, un hombre le hablaba en voz baja. Dominic, cegado por la urgencia, asumió que era el médico de guardia. ​—¿Cómo está ella? —preguntó Dominic mientras entraba, ignorando al hombre y yendo directo hacia Nina. ​Nina, al escucharlo, agachó la cabeza. La vergüenza la invadió de golpe; no quería que él la viera así, rota y vulnerable, pero sobre todo, no quería que Dominic hiciera preguntas que ella no podría responder. ​Dominic se inclinó sobre la cama, tomando el rostro de Nina entre sus manos con una delicadeza infinita, como si fuera de porcelana fina. —Mírame, Nina —le pidió en voz baja, con una súplica que le rompió el corazón. ​Ella levantó la cabeza lentamente. Al ver el ojo hinchado, el labio partido y los hematomas que empezaban a florecer en su piel, Dominic soltó un suspiro de pura frustración. Sus ojos azules se oscurecieron, cargados de un dolor que apenas podía contener. La atrajo hacia sus brazos, envolviéndola en un abrazo protector, hundiendo el rostro en su cabello mientras intentaba calmar sus propios latidos. ​Tras unos segundos, Dominic enfocó su mirada en el hombre que seguía allí de pie. Gabriel estaba rígido, con los brazos cruzados y una expresión de hostilidad que no intentaba ocultar. El aire en la habitación se volvió pesado de inmediato. ​—¿Cuál es su condición exacta, doctor? —preguntó Dominic, manteniendo a Nina contra su pecho. ​Gabriel soltó una risa seca, desprovista de humor. —No soy el doctor que la atendió. Soy su amigo —respondió, enfatizando la última palabra con una propiedad que hizo que Dominic entornara los ojos—. Pero según me informan, está estable. Una fisura en la mano y golpes superficiales. Debe descansar. ​Dominic notó el tono tosco, la aspereza en la voz de aquel desconocido. Lo observó detenidamente, analizando la forma en que el hombre miraba a Nina: no era la mirada de un simple amigo, era la mirada de alguien que se sentía dueño de una parte de ella que Dominic desconocía. ​—Su amigo... —repitió Dominic, separándose ligeramente de Nina pero sin soltar su mano—. Entonces supongo que es a ti a quien debo devolver el dinero de la admisión. ​Gabriel dio un paso al frente, desafiante. —¿Y quién eres tú para hacerte responsable de eso? ​Nina notó la tensión escalando rápidamente. Dominic se puso de pie, irguiéndose en toda su estatura, recuperando esa aura de poder que solía intimidar a cualquiera en la junta directiva. Extendió su mano en un gesto formal pero gélido. ​—Dominic Kasper. ​Gabriel estrechó la mano, pero el apretón fue breve y cargado de fricción. —No veo por qué su jefe deba encargarse de pagar la admisión de Nina —soltó Gabriel con reproche. ​Nina suspiró, observando a Gabriel con una mezcla de ruego y advertencia, pero él la ignoró por completo, manteniendo su duelo de miradas con Dominic. ​Dominic soltó una risa sin gracia, una que no llegaba a sus ojos. Ya había notado que Gabriel no era un simple conocido. Había una historia ahí, una lealtad que lo excluía a él. —No soy solo su jefe —respondió Dominic con voz gélida—. Nina y yo tenemos una relación. Y ya que no eres su médico, te agradezco que nos dejes solos. ​Gabriel apretó los dientes. Miró a Nina, esperando que ella negara esas palabras, que pusiera una distancia. Pero Nina guardó silencio, observando a Dominic con una devoción que a Gabriel le resultó insoportable. Ella tomó la mano de Dominic y le pidió en un susurro: —Dom, por favor, cálmate. ​Gabriel ignoró la petición de Dominic de salir y se acercó más a la cama, ignorando la presencia de Dominic por completo, como si él fuera solo un mueble más en la habitación. —Nina, no puedes volver a ese lugar. Es peligroso, ya lo viste —le dijo Gabriel con autoridad—. No te dejaré volver allí. El doctor dijo que puedes irte en cuanto estén los resultados de la radiografía. En mi casa hay una habitación disponible; la usarás hasta que pueda conseguirte otro lugar. ​Dominic caminó unos pasos y se recostó contra la pared, cruzándose de brazos. Su mirada era una mezcla de incredulidad y furia contenida mientras observaba a Gabriel disponer de la vida de Nina frente a él. Estaba esperando la respuesta de Nina, esperando que ella pusiera el límite que él esperaba. ​—Te lo agradezco, Gabriel —respondió Nina con voz suave—, pero no puedo quedarme en tu casa. ​—Vamos, Nina, conmigo estarás segura —insistió Gabriel, ignorando el rechazo—. No acepto negativas. Te vas conmigo. ​Dominic dejó escapar una risa burlona. No era una burla hacia Gabriel, sino una reacción amarga ante el silencio de Nina. —Mañana te encontraré un buen lugar y podrás mudarte cuando mejores —continuó Gabriel. ​—Te lo agradezco mucho, Gabriel. Acepto que me ayudes a encontrar un lugar, pero no me puedo quedar contigo mientras tanto —concluyó ella. ​Dominic frunció el ceño. El corazón le dio un vuelco. A él, Nina siempre le había negado rotundamente cualquier ayuda con el departamento, se había peleado por su independencia, pero ahora aceptaba que ese "amigo" le buscara un hogar. El golpe a su orgullo fue certero. ​—¿Y a dónde irás esta noche, Nina? —preguntó Gabriel. ​Dominic intervino antes de que ella pudiera hablar, su voz cortando el aire como un cuchillo. —Conmigo. ¿O no escuchaste cuando dije que somos pareja? Y en cuanto a lo de buscar un lugar seguro, no hace falta. Yo lo resolveré. ​—No lo has hecho hasta ahora —escupió Gabriel, girándose hacia él—. No creo que te importe mucho si dejas que viva en un lugar donde la atacaron de este modo. ​—Gabriel, por favor —intervino Nina, viendo que Dominic estaba a punto de perder los estribos—. Me iré con Dominic. Muchas gracias por todo. ​Dominic no esperó más. Caminó hacia la puerta, la abrió de par en par y le indicó a Gabriel que saliera con un gesto que no admitía réplica. Gabriel pasó a su lado, hombro con hombro, echando una última mirada de advertencia a Nina antes de desaparecer por el pasillo. ​Ya solos, el silencio en la habitación se volvió asfixiante. Dominic no dijo nada. Ayudó a Nina a levantarse cuando el médico finalmente les dio el alta, moviéndose con una eficiencia fría. La ayudó a vestirse, con cuidado de no lastimar su mano vendada, pero sus ojos evitaban los de ella. ​El trayecto al auto fue un calvario de palabras no dichas. Nina sentía la tensión emanando de Dominic en oleadas. Una vez que estuvieron en el vehículo y él arrancó, ella decidió romper el hielo. ​—Dom... no te enojes. ​Dominic mantuvo la vista al frente, sus manos apretando el volante hasta que sus nudillos blanquearon. —Te dije que era un sitio peligroso, Nina. Te lo advertí una y otra vez. ​—Lo sé —murmuró ella, bajando la vista—. Buscaré otro lugar. Gabriel me ayudará con eso. ​—Gabriel —repitió Dominic, y el nombre sonó como un insulto en su boca—. No soy este tipo de hombre, Nina. Siempre trato de llevar las cosas lo más calmado posible. Pero... —hizo una pausa, su voz rompiéndose por la rabia contenida—... he intentado por días convencerte de mudarte. Te ofrecí opciones, te ofrecí seguridad, y en cada una de esas ocasiones me rechazaste como si te estuviera ofreciendo veneno. Pero hoy llega un "amigo", te propone exactamente lo mismo, y a él sí le aceptas la ayuda. ​—No lo tomes de ese modo, Dominic —respondió Nina, tratando de alcanzar su brazo. ​Dominic frenó el auto bruscamente a un lado de la carretera y se giró hacia ella. Sus ojos ardían con una mezcla de herida y exigencia. —¿De qué modo se supone que lo tome, Nina? ¿Qué se supone que soy para ti? ¿Un pasatiempo? ¿El jefe con el que te acuestas? ¿Qué es lo que tenemos realmente, si no confías en mí para protegerte pero sí en él? ​La pregunta quedó suspendida en el aire del auto, pesada y letal, exigiendo una verdad que Nina no estaba segura de poder dar sin destruirlos a ambos.
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