7. Cordero.
La temblorosa encargada hace lo que pide. Le entrega todo el efectivo que hay en las cajas en una bolsa de papel y yo, desde afuera me quedo viendo todo lo que pasa dentro, con la boca abierta,
Ya me doy cuenta de lo que ocurre.
En qué lío me metí esta vez.
Entre los globos, los niños, y nosotras de payasos hacemos una barrera, una distracción para que los de seguridad no puedan ver lo que pasa dentro y funciona. En ese momento nadie sospecha lo que está pasando dentro del local, el payaso, con mucha gracia le dice a la encargada:
—Bien. Hiciste tu parte. Salvaste a toda esta gente. Ahora hago mi parte, me marcharé y aquí no ha pasado nada.
El payaso le manda un beso volador y le hace una reverencia, luego sale del local haciendo monerías.
Cuando nos ve afuera, nos jace un OK con las manos.
—Es hora —me dice la chica.
¿Hora de qué?
La miro sin saber qué se espera de mi.
Ella se impacienta.
—¿No te lo he dicho como cien veces? Vete por la puerta de la izquierda. Nos encontramos en el punto acordado, si es que quieres tu parte.
Gruñe de impaciencia al ver que ni me muevo.
—El baño de hace rato, tarada —chilla—. Ahora desaparece o estarás en problemas...
Ella se va repartiendo globos por la derecha y yo me dirijo hacia la izquierda.
Voy hacia las escaleras eléctricas, cerca, un grupito de chicos de escuela, con pinta de metaleros me rodea.
—¿Vieron este payaso...?
—Cool.
—¡Parece IT!
—Nada que ver...
—Pero está bien heavy.
Me cierran el paso para tomarse unas selfies conmigo, hacen sus poses más cool que tienen para salir en las fotos. Sé que debo alejarme de los de seguridad y me aparto de los metaleros.
—Hey... ¡No te vayas!
Al fin bajo por las escaleras, desde la altura puedo ver a la chica entrando al baño, pero ahora que me fijo, no somos los únicos payasos, ya vi como cinco mientras baja la escalera. Los niños se acercan sin miedo a los payasos, y los padres no sienten recelo de ellos.
Me queda un solo globo. Payaso de terror con un globo rojo. Claro que debo verme como IT.
Entro al fin, al punto de encuentro.
Ahí, está el payaso asaltante. Me quedo tiesa al verle dentro del baño de mujeres.
La chica se interpone entre él y yo, y me da un fajo grueso de billetes.
—Ahora vete. No te conozco, y sobretodo, no nos conoces.
Irónicamente es la verdad.
Recibo el dinero sin decir no pio.
Alguien jala de la cadena y el ruido del agua llenando el tanque nos sobresalta. Hay alguien más aquí y nos ha estado escuchando.
Sale una chica y robusta de uno de los baños
—Un momento, Cordero—le dice a él—. Si pensaban dejarme afuera debieron cambiar el punto de encuentro, ¿no les parece?
Ambos de quedan pasmados, y yo estoy frita.
La chica saca sus conclusiones al ver que es tal cual la descripción que tenía de ella.
—Si tu eres Regina... —le dice la chica— ¿Quien diablos eres tú? —me señala, estupefacta.
Los tres me miran con desconfianza. Comienzo a sudar.
—Yo solo... estaba por aquí... y... —trato de explicarles y miro a cada uno de ellos, y ya no puedo decir más nada.
Cordero interrumpe.
—Priscila. Entrégale tu parte.
—Pero... —ella objeta.
—¿No fuiste la que se confundió de persona?
La chica que ahora sé que se llama Priscila se resigna y lo hace. Le entrega su parte a la Verdad Regina Debe estar odiándome, ahora mismo. Yo lo haría si estuviera en su lugar.
Cordero me mira.
—No importa. Sea quien sea, lo ha hecho bien.
Eso es una novedad para mí, jamás de los jamases me han dicho tal cosa.
Cordero le dice a la verdadera Regina.
—Mantén la boca cerrada, te llamaré para otro trabajo.
—Cuando quieras.
Regina se ve satisfecha con haberse ganado el dinero sin haber movido un solo dedo.
—Ahora vete —le dice Cordero.
Quedamos solo Priscilla, él y yo. Ambos me miran como si estuvieran decidiendo qué es lo que harán conmigo. Estoy en problemas.
—Oigan, yo solo... —trato de explicarlo, incluso saco el fajo de billetes para devolverlo—. No quiero verme envuelta en líos.
Cordero estudia la situación, detenidamente.
—¿Por qué rechazas esa plata? ¿Piensas que te voy a lastimar?
—No. Sí. No lo sé.
Solo quiero irme y olvidarme de lo que ví.
—Sea quien seas lo hiciste bien. Te ganaste tu plata —mira a Priscila— ¿No estás se acuerdo?
Ella afirma con la cabeza.
—Quédatelo, te lo ganaste —insiste él.
Lo guardo de nuevo en mi mochila.
—Gracias —les digo, ellos no saben lo que me hace falta este dinero
Me dirijo hacia la puerta, con la intención de marcharme, debo aprovechar este disfraz por si la gente de Carmelo está afuera.
—Si yo fuera tu —me dice, Cordero—, me sacaría el disfraz. Afuera la policía ya deben estar buscando al payaso que irrumpió en el Mcdonald's.
Priscilla y él comienzan a sacarse las pelucas, lavarse la cara y a eliminar todo indicio de su cuerpo, pero yo... no puedo hacerlo.
—¿No lo harás? Pasarás un mal momento con la policía.
Entre la policía y la gente de Carmelo, no sé cuál es peor. Solo sé que no quiero volver a usar el vestido que ya huele y está roto. La gente de Carmelo sabe cómo ando vestida, y seré fácil de reconocer, pero no tengo otra opción, asi que me saco la peluca, y luego lavo la cara lo más rápido que puedo. Voy a sacarme el disfraz a uno de los baños.
Cuando salgo, los dos están irreconocibles.
Veo en la mejilla de Cordero una gran cicatriz. Es moreno, tiene un aire de ser alguien que siempre aprovecha el momento.Hay algo en él que asusta. Tiene los ojos fijos en mi, como si estuviera frente a una gran revelación.
—¿Pero de dónde saliste? —me dice.
En cambio Priscilla tiene el pelo corto y los ojos verdes, y se ve que está claramente molesta conmigo. Me mira de pies a cabeza.
—Es una pueblerina —deduce por mi pinta.
—Dale tu ropa —le ordena él. Eso la molesta. No quiere hacerlo. Cordero le explica.
—No puede salir así, llamará la atención.
Con todo su pesar, Priscilla saca de entre sus cosas un par de mudas y me las da.
—Gracias —le digo, aunque sé que jamás lo habría hecho por voluntad propia.
Vuelvo al baño y me visto.
Es un pantalón oscuro y una camisa a cuadros. Me quedan grandes pero es mejor que el vestido. Tomo el vestido del suelo y lo meto en el tacho de basura.
Salgo.
—A movernos... —dice él, y en ese momento es interrumpido por la puerta.
Van llegando cada vez más mujeres de toda clase y edad. Al ver que hay un hombre en el baño de mujeres llamarán a seguridad.
Cordero no espera ni un segundo y se larga, Priscilla lo sigue y yo, que no tengo a dónde ir, tomo mi mochila y me voy tras de ellos.