8. La Cama Rota.
Salimos con bastante facilidad del centro comercial, a pesar de las patrullas que vienen llegando. Quien diría que robar un negocio fuera tan sencillo.
Priscila se da cuenta que voy con ellos.
—¿Por qué nos sigue?—protesta—. Ya vete.
Cordero no dice nada, y yo continúo con ellos, sin importar lo que me diga. Llegan a un coche estacionado a dos cuadras.
—Aquí nos separamos—me dice Cordero —¿Como te llamas?
—Luna.
—Bien, Luna. Ha sido un placer. Si nos das tu número, puede que te llamemos en un futuro, para trabajar. Claro, si esto te interesa.
—Es que no tengo celular.
—Bien. Lo entiendo. Pues, de aquí cada uno se va para su casa. ¿Está bien? —con su mirada, trata de leerme la mente.
—Espera—le digo— ¿Puedo ir con ustedes?
Priscilla se mete.
—Cordero ya te dijo que cada uno se va para su casa.
—Lo sé —lo malo es que yo no tengo casa, y no se me sale decirlo— ¿Puedo ir con ustedes? —insisto de vuelta.
—Eres una rara —suelta ella y suben al coche y arrancan. No han querido llevarme. Me hubiera portado bien, al menos lo intentaría. Pues que se vayan al infierno. Mejor sola que mal acompañada. Qué se han creído.
En realidad me ha dolido bastante que no quieran que vaya con ellos, igual soy una desconocida para ellos, pero me habría gustado no quedarme sola.
Veo que estoy cerca de una parada de bus. Me quedo ahí, hasta que recuerdo que no tengo tarjeta para pagar. No creo que vaya a tener la misma suerte que la otra vez. Desisto del bus, ya veré lo que hago. Me voy caminando, tratando de disfrutar del paisaje. No hay mucho que ver; casas y asfalto, unos cuántos árboles apagados, embotellamientos, y el mal clima, al menos llevo ropa nueva, nueva para mí.
Como lo único que tengo está en esta mochila, no tengo motivos para regresar al motel.
Buscaré otro, y veré cómo lo resuelvo.
"Tienes que usar el cerebro" Eso me decía a diario Clemen.
Me detengo frente a una tienda de celulares. Siguiendo un impulso entro.
Veo las vitrinas. Hay de todos los colores. Ahora sé que tengo que comprar uno.
La que atiende se me acerca.
—¿Buscas algún modelo en específico?
—No... Pero necesito el mío. ¿Cuál es el mejor de todos?
—Tenemos los de alta gama —son los de la derecha.
Me señala una vitrina con seguro. Son todos hermosos.
—Quiero el rojo.
—Es una buena desicion. Ese acaba de salir hace un mes.
—Pues lo quiero.
—Sígame. ¿Cómo lo abonarás? ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo.
—En efectivo le hacemos un descuento del veinte porciento de la compra. ¿Desea algo más?
—Sí. Un chip de cualquier empresa.
—Tenemos. Aquí puedes elegir el número.
Me acerco a la pantalla táctil y presiono el que tiene tres veces seguido el tres.
¡Qué suerte!
Es mi número favorito.
—Listo. Ya puede abonar.
Veo la cifra de varios ceros. Solo espero que me alcance.
Por fortuna, hasta sobra más de la mitad.
Salgo del local con un celular solo para mí, aunque... nadie me vaya a hacer una llamada.
Mientras voy paseando por la calle, activo la línea y ya tengo internet.
Me detengo en una tienda de ropa, algo más fina que lo que llevo. Me gustaría comprar todo, llevada una vez más por mi impulso entro y compro todo. A un principio la señora que me atiende se muestra renuente y apenas me deja probarme un conjunto de un jeans ajustado y un top de cuello elevado, que me quedan tan bien, que se ve interesada por mi.
—¿Me hace un descuento si llevo este conjunto y unos cuántos más?
—No hacemos descuentos.
—¿Y si llevo todo lo que tiene en exposición?
Salgo de la tienda con muchas bolsas. Al final, me ha hecho un buen descuento. Me siento afortunada. Capaz Carmelo me ha encontrado, estoy muerta y en el cielo, me siento tan afortunada...
Con todas estas bolsas es difícil caminar. Hago parar un taxi.
—¿A dónde?
—Solo avance —le digo—. Saco mi celular nuevo y busco hoteles en el Google maps, elijo el más lejano y le digo a dónde llevarme.
Media hora después, el taxi se detiene.
—Sin seiscientos pesos, señorita.
Saxo un billete de a mil y se lo doy, me bajo.
—Su vuelto.
—Quédeselo —le digo. Se siente bien dar propina.
El taxista se va agradecido. Entro al Almirante, un hotel de dos estrellas.
Con mis bolsas de compra entro.
—¿Tiene reserva?
—No.
—Sin reserva la noche le sale mil.
Eso es mucha plata, pero es un mejor lugar que el motel en el que he pasado los últimos días.
—Me quedaré una semana. Pago en efectivo.
—Necesito su documento de identidad.
—Se me ha extraviado.
—¿Eres mayor de edad?
—Sí, sí —río nerviosa—. Claro que soy mayor de edad. Tengo veinte, aunque mis amigas y mi novio dicen que parezco de dieciséis —miento desesperadamente. Parece que se lo cree.
—Con decirme su número está bien.
Okey, a esto yo le llamo un golpe de suerte. Le dicto números aleatorios.
Me entrega una llave con el número 103
—Si la extravía. Debe reponerla — y me señala el letrero "Copia de llave 200 pesos" y agrega—. El establecimiento no se hace cargo por objetos perdidos.
—Entendido. ¿Dónde qued...?
—Al fondo a la derecha —se adelanta.
Cargo mis bolsas hasta la puerta 103.
Entro.
El cuarto es un poco más grande. Al menos tiene baño privado y la cama es... menos dura. Tengo una ventana por dónde puedo ver a la calle.
No es elegante, será por ser solo de dos estrellas Está bien. Estoy contenta y agradecida.
Me lanzo a la cama, y esta se rompe.