Mabel pasó tal vez una hora sentada bajo el árbol que se alzaba como un guardián centenario en medio del jardín. Sus ramas retorcidas y pesadas parecían abrazar el cielo, y desde allí, bajo su sombra, ella contemplaba en silencio las fuentes de aguas cristalinas. El sonido del agua corriendo era como un canto que le acariciaba el alma y, por un momento, la calma la envolvió… hasta que la quietud fue quebrada. Primero fue un susurro entre los arbustos. Luego, un chillido agudo en el aire, y después, la pisada firme y salvaje de algo que no era del todo humano. Animales. O al menos, eso creía. Mabel se tensó. Sentía una energía densa acercarse desde la tierra y descender desde el cielo como si la naturaleza misma estuviera advirtiéndole algo. Se quedó inmóvil, intentando identificar de dónd

