Mientras Mabel lo buscaba con el corazón palpitante y la rabia contenida palpitando en sus venas, Bastian permanecía en una esquina del salón, ajeno a la tormenta que su sola presencia despertaba en ella. La música encantada flotaba como una bruma seductora en el aire, y las sombras danzaban entre los estandartes de guerra, las antorchas y los jarrones de vino que chispeaban con colores imposibles. Derek, descansaba sobre su hombro, emitiendo graznidos de aprobación ante todo lo que sucedía a su alrededor. Los ojos rojos del ave brillaban con cierta picardía, como si supiera algo que su amo aún no comprendía del todo. A su alrededor, sus primos conversaban animadamente. Julio, el menor de los guerreros, aún imberbe y temerario, rompió el silencio con una pregunta desmedida. —Primo —dijo

